Mi parada apareció entre la bruma nocturna. Toqué el timbre y, como es costumbre en esta ciudad, el chofer abrió las puertas antes de frenar. La impaciencia me ganó: salté al asfalto con el bus aún en marcha. La inercia me obligó a soltar las piernas en una carrera frenética para no besar el cemento. Cambié de dirección bruscamente mientras el rugido del motor se perdía a mis espaldas; el último vestigio de la Jaula se iba con él.
La brisa marina me azotó el rostro. Corrí las tres cuadras de bajada con la mochila golpeando rítmicamente contra mi columna. De pronto, un perro de la zona salió a mi encuentro, ladrando con una saña que me obligó a meter quinta marcha. Sentía sus pisadas pegadas a mis talones, casi podía percibir su aliento en mis tobillos. En un movimiento desesperado, sujeté la mochila por un asa y, usando el impulso de mi propio giro, la revoleé como un martillo olímpico. El golpe alcanzó al can de lleno en el hocico. No me detuve a ver el daño; me colgué el bolso al hombro y seguí corriendo, dejando atrás los aullidos de protesta.
Al doblar la esquina, una mancha de gravilla me traicionó. Perdí el equilibrio y caí apoyando la palma herida. El roce con el suelo me recordó, con un ardor eléctrico, que mis heridas seguían vivas. Me incorporé de un salto. Frente a mí, el terreno eriazo que servía de estacionamiento anunciaba la casa de Esteban. Las luces del tercer piso centellaban con ese brillo azulado y frenético de un notebook de alta gama.
—¡Esteban! ¡Abre la puerta! —grité, con el aire quemándome los pulmones.
La reja se abrió al instante. Entré de un salto, deslizándome por la cerámica pulida del porche.
—¡A salvo! —exclamó Esteban, haciendo el gesto de safe del béisbol.
Cerró la puerta y avanzó hacia las escaleras; sus piernas largas devoraban los escalones con una facilidad que yo, con los cuádriceps ardiendo, envidiaba. En el camino, pescó una energética de una mesa y me la lanzó. El metal sudado de la lata brilló bajo la luz antes de que yo la atrapara en el aire. La abrí de un tirón, escuchando el siseo del gas, y lo seguí hasta su cuarto.
—Apura la causa —dijo Esteban mientras se desplomaba en su silla gamer—. Estamos por sortear las llaves del torneo. Solo falta el «Príncipe Carlos» para empezar.
Su habitación era el monumento al caos que yo recordaba. La cama era un túmulo de sábanas sepultado bajo botellas de bebida light y varios packs de seis. El suelo era un campo minado de papeles y ropa sucia. Lo único sagrado, lo único impecablemente limpio, era su escritorio. Tiré mi mochila sobre la ruma de botellas, saqué mi equipo y me instalé en el pequeño rincón que me tenía reservado.
—Ya estoy dentro —anuncié cuando la pantalla de inicio iluminó mi rostro—. ¿Teamspeak o RaidCall?
—RaidCall, sala de siempre —respondió, destapando otra botella—. Por ahí debe haber una caja de pizza. Si la encuentras, avísame, me muero de hambre.
Busqué con la mirada hasta verla en la repisa, justo sobre su cabeza. Una carcajada amarga me escapó del pecho.
—Está sobre tu cabeza, genio —me burlé—. Bájala y tírame un trozo. ¿Hay más energéticas?
—Detrás de la puerta. Compré siete packs —dijo, estirando el brazo para bajar la caja.
En cuanto levantó la tapa, un olor a materia orgánica en descomposición invadió el cuarto. La cara de asco de Esteban fue un poema; cerró la caja de un golpe y la lanzó hacia la puerta como si fuera una granada.
—Tendré que pedir algo —dijo con una sonrisa de disculpa—, a menos que quieras comerte a los Pitufos que están colonizando esa pizza.
El sonido de conexión en el canal captó mi atención de golpe. Revisé la pantalla: mis tres amigos ya estaban allí. Peter, Fabián y Esteban.
—¿El torneo lo haremos solo entre nosotros cuatro? —preguntó Fabián.
—Sí, seremos nosotros. Esteban no consiguió más participantes y mis otros conocidos estarán disponibles más tarde —agregó Peter.
—Ya se conectó Brand, es hora del sorteo —sentenció Esteban—. Ya saben: el premio para el ganador será un pack de energéticas, chocolates o puntos para el juego. El que gane elige.
Abrió una página con una ruleta donde figuraban nuestros cuatro nombres. La hizo girar: el primer contendiente sería Fabián; en la segunda vuelta salió Peter. El segundo encuentro quedó definido entre Esteban y yo. Las reglas eran simples: un duelo uno contra uno en el carril central; ganaría quien sumara cien súbditos, derribara la primera torre o lograra tres asesinatos.
Mientras se preparaban las salas para los combatientes y observadores, Esteban llamó a la pizzería. Me sorprendió lo breve del trámite; duró menos de cinco minutos y la frase «lo de siempre» me quedó dando vueltas. Hacía tanto que no venía a su casa que había olvidado cuántas pizzas pedía por semana.
La primera partida inició. Fabián eligió un asesino, personajes de daño explosivo en poco tiempo, mientras que Peter optó por un mago, que requiere escalar niveles para ser letal. Por clase, Fabián tenía la ventaja inicial, pero Peter contaba con la experiencia. Él se especializaba en magos y conocía las mecánicas al detalle.
Fabián comenzó agresivo, hostigando a distancia y buscando el asesinato rápido para sacar ventaja. Peter, en cambio, se mantuvo en calma, centrado en farmear oro y subir de nivel. La conducta pasiva terminó por desesperar a Fabián, quien se arriesgó bajo la torre enemiga buscando un dive letal. Sus mecánicas fueron lentas frente a las de Peter, quien con una contra jugada lo eliminó rápidamente.