La mañana siguiente a mi llegada se sintió extraña. Mi Jaula se encontraba en completo silencio; una brisa fría ingresaba por la ventana haciendo que las cortinas bailaran tímidamente. Un débil rayo de luz cruzaba la habitación, pero el calor del sol se ausentaba de mi pieza. Las sábanas ásperas se pegaban a mi piel; no sé si fue una pesadilla o la misma pesadez del ambiente lo que me hizo sudar durante la noche. Era temprano, antes de las siete, cuando sin necesidad de alarma mi cuerpo, por puro hábito, se activó listo para un nuevo día. Aparté el pesado cobertor que aprisionaba mi pecho como si de una serpiente se tratara.
Me incorporé con dificultad hasta lograr sentarme en el borde de la cama. Refregué mis ojos con fuerza, deseando que al abrirlos me encontrara en cualquier otro lugar; esa esperanza me abandonó rápidamente en cuanto se despejó la débil niebla de mi vista. El mismo piso de madera plástica, las paredes de un color damasco desteñido, el mismo viejo futón frente al televisor. En mi ausencia, nada había sido modificado. Miré la pared frente a mi cama, observando la pequeña ventana con atención, buscando las fuerzas para iniciar la jornada. La emoción por el primer día de vacaciones fue opacada de golpe al recordar las palabras de mi hermana y la actitud de mis padres al recibirme.
Corrí las cortinas y me apoyé en el marco de la ventana, aún sin polera, con el pantalón del pijama afirmado a mis caderas. Si fuera más alto o mejor parecido, quizás atraería la mirada de mis vecinos, pero mis rasgos y estatura no acompañaban el físico que había trabajado durante años. El sol se asomaba detrás de las montañas y los tonos cálidos de un tímido amanecer teñían el cielo. Entonces, el recuerdo de mis problemas recientes me abordó como si de un asalto pirata se tratara. Decidí poner orden a lo ocurrido para abarcarlo con calma y tomar decisiones coherentes. No pensaba dejar que esto me siguiera afectando; de lo contrario, el sueño de un hogar en calma y funcional se vería truncado por heridas pasadas.
Pensé detenidamente en lo de Dayan. No sería honesto negar que me afectó; sería hipócrita no admitirlo. Pero lo que realmente dolió fue la ruptura de la ilusión que tenía depositada en ella al ser alguien de mi infancia, alguien con quien compartía una historia. Por un momento, sentí que ese sería el último romance antes de conformar una familia, pero la realidad era otra y lo escrito en nuestra historia ya estaba grabado en piedra. Lo haría de la manera más sana posible: ya estaba apartada de mi vida. No pensaba darle una nueva oportunidad, aunque me demostrara que había cambiado. y Prefería no esperar nada y, simplemente, dar vuelta la página.
Con mis padres la situación es más compleja, por mucho que pueda renegar, enojarme o pelear. La realidad es que siempre serán mis padres y yo su hijo; la diferencia radica en el tipo de vínculo que nos une. Hace años siento que esta casa se divide en dos: la familia constituida por mis padres con Mía, y la mía en solitario. Sentirse ajeno, como el hijo invisible, es doloroso, pero lo sería aún más ver a mi hermana en la misma situación. Aplicaré lo enseñado por Faramir: nunca podré ser el Boromir que ellos esperan, nunca seré perfecto. Mientras siga este camino, es cosa de tiempo antes de que todo acabe mal, así que seguiré la senda del hijo menor de Denethor, omitiendo, claro, lo de cargar contra una ciudad plagada de orcos.
Necesito independizarme lo antes posible. Buscaré un empleo a medio tiempo por ahora y, en cuanto pueda, haré el cambio a uno de jornada completa. Debo mantener la universidad lo mejor posible para que no tengan excusas para interferir en mis planes. Por otro lado, ante la situación actual, llevaré las cosas en paz, pero no me someteré a sus deseos. Una playa no se forma por fuerza bruta, sino por la acción constante del viento; eso seré yo a partir de ahora.
Tras concluir el análisis de mis problemas principales, tomé la remera negra lisa que estaba sobre la silla del escritorio. Abrí la puerta de mi pieza y escuché el movimiento habitual: mi padre hablaba por teléfono, probablemente cerrando un gran negocio con algún cliente importante, mientras mi madre ordenaba los documentos que había dejado sobre el comedor el día anterior. Pese a tener una oficina, a ambos les encantaba trabajar en la mesa principal; era espaciosa y les permitía una mejor visual de sus papeles. Mía estaba en su puesto, observando cómo desarrollaban su mañana mientras jugaba con los cereales del desayuno.
Bajé la escalera lentamente, como si cada peldaño estuviera minado o fuera a abrirse una trampa oculta bajo mis pies. Mis padres me vieron bajar y apartaron sus cosas para despejarme un sitio, intentando actuar con una naturalidad forzada. El sonido de las hojas, las teclas del computador y el choque de los cubiertos contra la vajilla reinaban en el espacio. Cada intercambio de miradas se sentía como el preludio de la Tercera Guerra Mundial. Si los científicos del Reloj del Fin del Mundo evaluaran esta cocina, marcarían las once con cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. El ambiente era tan tenso que casi se podría componer música con solo agitar los brazos en el aire.
Mía, al notar la lucha de miradas silenciosas, terminó de comer lo más rápido que pudo.
—Muchas gracias, con permiso —dijo con la boca aún llena.
Se levantó de prisa, dejó la loza sucia en la cocina y subió a su pieza a paso acelerado. Hoy, al ser el inicio de sus vacaciones, se iría a casa de una amiga por una semana completa. Tras el portazo de su habitación, el ruido de cajones y cierres anunció que preparaba sus cosas para la pronta salida de esta prisión. Mi padre me dedicaba una mirada de soslayo de vez en cuando, como si esperara que le dijera cómo subiría la nota o alguna disculpa por mis palabras de la última vez; no obtendría ninguna de las dos. Mi madre, por su parte, clavaba sus ojos en mí como si fueran miles de lanzas. Si fuera Supergirl, ya me habría fulminado con su visión láser.