En los cielos

Prólogo: Tándem

Día 1 del 1er Nexo del año 534 DLS

Las aglomeraciones de personas solían ser comunes en festivales como el Buitanna o el Dartha, pero nada se comparaba con la multitud del Tándem.

La gente, impaciente, se alzaba sobre la punta de los pies y estiraba el cuello, decidida a no perderse ni un solo instante.

Era casi mediodía, el momento en que el sol alcanzaba su punto más alto y bañaba con su luz a todos los presentes, como si los bendijera. Una metáfora perfecta, cuidadosamente escogida, dada la figura pública, casi divina que estaba a punto de aparecer tras aquellas majestuosas puertas blancas.

Lo que más llamaba la atención entre toda aquella gente eran, sin duda, las largas túnicas amarillas que los Gard —coloquialmente llamados guardias reales— usaban como uniforme. En el centro del traje se podía encontrar el símbolo del palacio: una forma geométrica de diamante dorado con un elemento circular en el centro y cuatro extensiones puntiagudas que forman un diseño similar a una cruz. El fondo general era de un color dorado.

Los Gard se alineaban a lo largo del palacio y en los bordes de la multitud. Desde lejos, bien podrían parecer maniquíes. Sin embargo, eran personas de carne y hueso, tan estáticas como las estatuas que adornaban los impecables jardines circundantes. Y, al igual que las estatuas, nadie les prestaba atención.

Nora y su madre intentaban abrirse paso entre la muchedumbre, buscando acercarse, aunque fuera unos centímetros más, a la imponente entrada del palacio. A Nora, como al resto de la población, le fascinaba el Tándem. Era el único día del año en que podía ver en persona y con sus propios ojos, a El Har.

—No te alejes de mí —le susurró a Nora, atrayéndola hacia sí, como si temiera que un descuido suyo pudiera hacerla desaparecer entre la multitud.

Vera siempre hacía lo mismo, al menos desde que su hija tenía memoria. Era como un ritual, tan repetitivo y majestuoso como la ceremonia a la que asistían.

De repente, un simple crujido de la gran puerta bastó para imponer el silencio. Segundos después, se abrieron de par en par, dando paso a El Har. Los vítores y halagos estallaron al instante, llenando el aire con una explosión de júbilo.

El Har deslumbraba con su traje carmesí oscuro, tan intenso como el sol que estallaba sobre sus cabezas y realzaba su cabello plateado. Su imponente estatura no solo reforzaba su presencia, sino que parecía engrandecer aún más la importancia que ya emanaba de manera natural. Su apariencia, como bien comentaban algunos de los presentes, era de una hermosura cegadora, casi irreal. Sus ojos, de un azul profundo, observaban a sus seguidores con una expresión neutral pero innegablemente admirable. Cuando sonrió levemente, lo suficiente para que todos lo notaran, los estallidos de emoción crecieron aún más. Y, como ocurría con los Gard, Los Hansa —los dos gemelos que flanqueaban a El Har— eran casi invisibles.

Los Hansa vestían trajes a juego de un color anaranjado, tan vibrante como el atardecer, y sus cabellos oscuros contrastaban con la intensidad del color de sus ropas.

Kael, el mayor de los gemelos por apenas unos segundos, proyectaba una imagen de dureza y solemnidad. Su presencia resultaba imponente, casi intimidante, como si llevara consigo una amenaza silenciosa, no solo por su gran altura, un rasgo que compartía con su hermano. Rylis, en cambio, mostraba una expresión más suave, casi acogedora, como si buscara inspirar confianza donde Kael imponía respeto. Desde detrás de El Har, ambos observaban en silencio, sus ojos grisáceos y calculadores escudriñando cada movimiento con una precisión inquietante.

Los presentes guardaron silencio una vez más, expectantes, aguardando con reverencia las palabras de El Har. Sin duda, un privilegio inmenso.

—Bienvenidos al humilde palacio de Taivaassa, pueblo aéreo de CoNexus —comenzó a hablar El Har con tono autoritario—. Feliz año 535. Espero que este nuevo año podamos seleccionar a muchas más personas para formar parte de los Nard o los Gard. Estoy seguro de que muchos de los que estáis aquí serán elegidos durante este año —hizo una breve pausa antes de continuar con el comunicado especial—. Me alegra anunciar, en el día de hoy, a las dos familias seleccionadas al azar para el intercambio de NCT.

Vera contuvo la respiración y apretó con nerviosismo el brazo de Nora.

El Har observó durante segundos a sus esperanzados oyentes hasta hacer contacto visual con uno de ellos. Levantó el antebrazo y el HoloCom, dispuesto en su muñeca, hizo todo el trabajo.

—La familia de Ciro Varysta, con 700 NCT anuales. Felicidades, eres uno de los elegidos.

El chico, de unos treinta y pocos años, junto con su mujer y su hija, lloraron al unísono.

Los Varysta habían vivido desde su Alianza con 700 NCT, una cantidad suficiente para garantizarles una vida sin privaciones. Por eso, cuando nació su hija, decidieron dedicarse plenamente a su cuidado. Dejar sus empleos en el restaurante donde trabajaban no les supuso un problema, ya que seguirían recibiendo la misma cantidad de NCT, incluso sin trabajar.

Ahora que sabían que el próximo seleccionado sería una familia con al menos 200 NCT para cumplir con la diferencia de 500 NCT que estipulaba la ley, su modo de vida iba a estar más ajustado. Sin embargo, no por ello dejaban de sentirse orgullosos de haber sido elegidos por El Har.

Hubo unos segundos más hasta que El Har eligió el próximo afortunado de pronunciar su nombre. Se detuvo en Vera y su hija. Las dos estaban a punto de estallar en lágrimas de alegría como la familia anterior, pero en el último momento su mirada se desvió y, acto seguido, movió de nuevo el antebrazo.

—La familia de Larka Polson, con 200 NCT anuales. Felicidades, eres el último de los elegidos —dijo El Har—. Ambas familias recibirán ayuda para la mudanza a sus respectivos nuevos domicilios.

La señora de la familia seleccionada, de cierta edad, abrazó, entre agradecimientos, a sus hijos y nietos.




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