En los cielos

Capítulo 1: El demente

Día 15 del 1er Nexo del año 534 DLS

El líquido azul, casi celeste, entró lentamente por las venas del brazo de Nora. Al instante, una sensación de rejuvenecimiento recorrió su cuerpo, como si cada célula despertara con nueva energía. Sin embargo, a sus apenas 18 años, era absurdo siquiera pensar en ese término, reservado para quienes habían cruzado el umbral de los 100 años, siempre buscando parecer más jóvenes de lo que realmente eran.

Levantó el antebrazo y observó la pantalla casi transparente e inmaterial proyectada frente a sus ojos desde el HoloCom en su muñeca. Su diseño mostraba un logo minimalista compuesto por seis hexágonos conectados, que recordaban a un panal de abejas y que se correspondía a la marca de Holo. En la pantalla un mensaje se leía con precisión: Próxima dosis de flux en 23 horas, 59 minutos y 59 segundos.

Nora abrió el armario junto a su cama y escogió su atuendo habitual: una camisa de manga larga y unos pantalones largos que se ajustaban a su figura, ambos de un blanco impecable. Dejó sobre la cama su pijama, perfectamente doblado, también de un tono mármol puro, y se dirigió a donde se encontraba su madre. La cocina perfectamente abierta, se extendía ante ella, sin paredes que limitaran la vista.

—Buenos días, cielo —cantó Vera, plantándole un beso en la frente.

—Buenos días, madre.

Su madre ya estaba vestida con ese tono tan puro. Con movimientos gráciles, colocó sobre la encimera de la cocina dos platos de desayuno, cuyos colores vibrantes de la comida contrastaban con la blancura impoluta de la casa. Luego, ambas se sentaron en los taburetes cercanos para comenzar a desayunar.

—¿Cuántas horas tienes que ir hoy a la Escuela Superior? —preguntó Vera, mientras masticaba un trozo de aguacate.

—Solo tres.

—Bueno, cada vez te queda menos para ir a la Escuela de Maestría —le dio un suave golpe con el codo—. ¿Nerviosa?

—Más que nerviosa, estoy ansiosa. La Escuela Superior está bien para curiosear sobre nuestro pasado, pero lo que de verdad me emociona es poder dedicarme por completo al desarrollo de los HoloCom —dijo, mirando su muñeca con una expresión soñadora.

Su madre sonrió con ternura y le acarició la espalda.

Desde pequeña, Nora había demostrado una asombrosa habilidad para trastear con el HoloCom. Le fascinaba la cantidad de cosas que podía hacer aquella tecnología, todo en un objeto tan pequeño como una pulsera de metal. Incluso Fendrik, un viejo conocido de una tienda HoloCom, le daba de vez en cuando una beta con el nuevo software para que la probara antes que nadie.

—Hoy estaré en Lumine unas cinco horas. Hay mucho trabajo con la campaña de los nuevos HoloCom —explicó su madre, haciendo girar el vaso de zumo entre los dedos con un aire distraído.

Vera trabajaba en Lumine Creative, una empresa de publicidad que diseñaba los próximos anuncios para los productos de toda la isla flotante de CoNexus.

—Deberíamos irnos —dijo Vera mientras consultaba su HoloCom, donde aparecía la hora en la pantalla—, que llegamos tarde.

Nora terminó la tostada, apuró el vaso de zumo de un trago y se levantó de un salto, dejando los platos vacíos en el fregadero. En la entrada, ambas se calzaron rápidamente antes de salir, y Nora esperó unos segundos a que su madre guardara la jeringuilla con su dosis diaria de flux, que debía administrarse en unas horas. La puerta quedó cerrándose lentamente tras ellas, hasta que un leve clic metálico marcó su cierre definitivo. Nora se despidió de su madre con un beso en la mejilla y tomó el camino opuesto. A su madre le encantaba caminar hasta su trabajo, que se encontraba al este de la isla, y, además, así ahorraba NCT.

Eran las diez de la mañana, y una brisa fresca revolvió el cabello castaño de Nora, obligándola a apartar unos mechones de su rostro. Siendo el primer nexo del año, el frío era más intenso de lo habitual. El camino hacia la escuela superior era considerablemente largo, especialmente porque su casa se encontraba entre las más alejadas dentro del Distrito, la zona residencial de la mayoría de la población de CoNexus, al otro lado del río Haul y, por ende, lejos de la zona de ocio y el palacio, ya que sus NCT anuales eran de apenas 200, el penúltimo más bajo de toda la isla.

Mientras caminaba, las calles rectas y las casas idénticas a su alrededor formaban un paisaje monótono y uniforme. Todo parecía meticulosamente calculado: ni un árbol sobresalía en altura y cada vivienda lucía el color predominante asignado al Distrito y a sus habitantes: el blanco.

Al llegar a las casas de 1000 NCT, Nora supo que estaba cerca. Cruzando el río Haul y el Ferro, alcanzaría finalmente la zona de ocio y la escuela superior.

En la estación del Ferro reinaba la calma; apenas había personas esperando. Nora accedió a la estación, pagando la entrada con su HoloCom mientras pasaba por las puertas automáticas. En la pantalla holográfica del dispositivo se leía: 190 NCT restantes. No solía tomar el Ferro debido a sus limitados NCT, pero hoy no tenía ganas de caminar con aquel frío que hacía.

Tomó asiento y, tras unos breves minutos, divisó el tren blanco, casi platino, deslizándose suavemente, suspendido sobre los raíles que se extendían cuatro metros sobre el río antes de descender a nivel del suelo y detenerse en la parada designada.

El Ferro era el único medio de transporte en CoNexus. Aun así, nunca llegaba a estar abarrotado, no solo porque quienes tenían un NCT por debajo de los 500 no solían usarlo, sino porque cada dos minutos llegaba uno nuevo.

Nora se sentó en uno de los asientos vacíos del tren, tan impolutos como todo lo demás. Frente a ella, un hombre se administraba su dosis de flux, mientras que una chica de su edad, apoyada cerca de las puertas automáticas y casi transparentes, miraba un vídeo holográfico en su HoloCom sobre un resumen del Tándem. Nora no pudo evitar admirar las vistas que se extendían bajo sus pies, ya que el suelo era de cristal y se podían ver paisajes perfectos a través de él.




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