En los cielos

Capítulo 4: Primeros pasos

Día 26 del 1er nexo del año 534 DLS

Si Nora tuviera que elegir una palabra para describir cómo se sentía, sería “arrepentida”.

Le palpitaba la cabeza, y notaba el rostro hinchado y adolorido. Los recuerdos de lo sucedido la golpearon de repente, como aquellos fragmentos de memoria robados por el flux.

Primero, sintió una ira que nunca antes había experimentado: un impulso abrasador de enfrentarse al Teniente, de gritarle por lo que había hecho. Pero esa emoción se desvaneció tan rápido como llegó, reemplazada por una profunda vergüenza.

Vergüenza de haberse desplomado inconsciente frente a los demás. ¿Cómo había podido mostrarse tan vulnerable? Pero, ¿qué más podía haber hecho? Ni el Teniente ni nadie, la había advertido de que el primer día de entrenamiento comenzaría de esa manera.

Aun con estos pensamientos rondándole la mente, la puerta se abrió de golpe, y Emilie entró como si tuviera prisa.

—¿Ya estás despierta? Perfecto, a seguir entrenando.

—¿Qué? —Nora abrió los ojos de par en par, sintiendo un agudo pinchazo atravesarle la cabeza. Instintivamente, alargó la mano hacia su HoloCom y comprobó la fecha. Todo el día anterior había transcurrido entre la inconsciencia y un dolor insoportable. Su voz salió cargada de incredulidad—. No estarás hablando en serio... ¿Entrenar después de lo que pasó?

—Todos en La Unidad han pasado por ello. No es nada personal.

Con esas últimas palabras, la General salió por la puerta, sin dejar espacio para réplicas.

Nora apretó los dientes, sintiendo cómo la frustración le quemaba por dentro. Si volvía a escuchar esas palabras una vez más, estaba segura de que acabarían siendo muy personales.

Resignada y sin atreverse a quejarse más, se levantó tambaleándose. Se iba a vestir, sin preocuparse demasiado por los colores esta vez; los dolores eclipsaban cualquier otra cosa, pero entonces se dio cuenta de que seguía con la ropa puesta del anterior día.

Después de pasar rápidamente por el baño, Nora se dirigió al lugar donde estaban los demás.

—¿Cómo te encuentras? —le susurró una voz femenina, suave pero cercana.

A Nora le costó unos segundos darse cuenta de que se dirigían a ella. Giró la cabeza y reconoció a la chica que el día anterior le había comentado que le quedaba bien la ropa.

—Como si estuviera pasando otra vez por el mal de altura —confesó, esforzándose por sonar graciosa.

Para su alivio, lo consiguió. La chica se rió, una risa breve pero genuina que alivió un poco la tensión en el aire.

—Soy Seraphina, pero puedes llamarme Sera —se presentó con una sonrisa cálida, haciendo que sus ojos verdes contrastaran perfectamente con el rubio de su cabello.

—Nora. Aunque supongo que ya lo sabrás —respondió, girando la cabeza hacia donde se acercaban el Teniente, Emilie y Leo.

Un leve dolor le recorrió la cabeza de nuevo y cerró los ojos con fuerza.

—¿Qué tal te llevas con la General Emilie? —preguntó Sera, con una curiosidad cautelosa —. Ella suele cuidar de las nuevas incorporaciones. Al principio, creí que sería como una segunda madre para mí, pero pronto me di cuenta de que hay que no tenerle mucha estima. Es tan dura en los entrenamientos como el Teniente y el Comandante Leo juntos.

—Está bien saberlo —comentó Nora, con una ligera sonrisa—. Casi la tomo cariño.

Esta vez, el Teniente no dijo su nombre, sino que comenzó a entrenar con dos personas a la vez, mostrando su habilidad para adaptarse rápidamente.

—Esos de ahí —señaló Sera hacia dos figuras que entrenaban cerca—, son los hermanos Han. Suelen luchar juntos, se complementan a la perfección. La chica se llama Kaia. Si estuviera en una Alianza con alguien, ella sería la que llevaría los pantalones.

Nada más pronunciar esas palabras, Kaia ejecutó una patada alta con una rapidez impresionante, haciendo que su cabello negro y liso danzara con el movimiento. El Teniente la detuvo con una precisión perfecta, pero el sonido del impacto resonó con fuerza, como si la patada pudiera haber causado un daño irreparable de no haberse detenido a tiempo.

Los vellos de sus brazos se erizaron al instante.

—Su hermano se llama Aksel —continuó Sera, con una sonrisa que sugería cierta complicidad—. Es ágil, como el viento, pero a veces se confía demasiado en sus destrezas y eso lo lleva a cometer imprudencias.

Justo en ese momento, como si estuviera pactado para la demostración, Aksel cometió el error de distraerse un segundo, y el Teniente aprovechó la oportunidad para hacerle un barrido con la pierna. Aksel cayó de espaldas al suelo con un golpe sordo.

Si tenía que llegar al nivel de ellos dos, o incluso al del Teniente, lo veía como una tarea difícil, casi imposible de alcanzar.

Ambos hermanos se inclinaron levemente en señal de agradecimiento por el combate. Ahora que los veía de frente, el parentesco entre ellos era inconfundible: piel blanquecina, ojos rasgados y oscuros, cabello negro y una forma de cara levemente redondeada. Los dos rondaban el metro setenta, con Kaia siendo unos centímetros más alta que Aksel. Suponía que ambos debían tener algunos años más que Nora.




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