En los cielos

Capítulo 7: Eliminaciones y armas

Día 9 del 3er nexo al día 13 del 5to nexo del año 534 DLS. (2 nexos y medio)

El Teniente no mentía cuando dijo que debían estar frescos para el día siguiente. Desde las primeras luces del alba, los puso a prueba enfrentándoles a él una y otra vez. Y, como era de esperarse, siempre ganaba.

No había duda de que aquello era un castigo por su incursión al Buitanna a sus espaldas. Aunque Emilie nos había elogiado en cierto modo, reconociendo el valor de nuestra acción, Leo no había sido tan indulgente. Su advertencia resonaba en la mente de Nora: habían sido todo menos discretos. Sus expresiones lo habían dicho todo, mostrando a cualquiera con ojos atentos no solo la emoción, sino también el plan y el objetivo detrás de ella.

Cada vez que se caían al suelo, exhaustos y frustrados, entendían mejor lo que quería decir. No bastaba con ser audaz; la disciplina y el control eran igual de cruciales. Y el Teniente, con su dureza, parecía decidido a inculcárselo a golpes.

—Ya basta de tonterías —espetó de pronto el Teniente, su voz cortando el aire como un látigo.

Por un instante, su tono hacía parecer que todo aquel entrenamiento no había sido más que una pérdida de tiempo—. Seguidme.

Sin cuestionarlo, todos lo siguieron en silencio, incluidos Emilie y Leo, quienes, con calma, se unieron al grupo detrás de él.

Mientras avanzaban, Sera rompió el silencio con un murmullo lleno de emoción contenida.

—Creo que sé lo que quiere enseñarnos —dijo, sus ojos brillando con una mezcla de anticipación y entusiasmo.

Nora, sin embargo, no entendía, y mucho menos compartía, esa emoción.

—Ya era hora —se unió Kaia, esbozando una media sonrisa que parecía saber más de lo que estaba dispuesta a decir.

—¿De qué habláis? —preguntó Nora finalmente, incapaz de contener su curiosidad y frustración.

Elya, que había permanecido callado hasta entonces, le dedicó una mirada tranquila y reconfortante.

—Ya lo verás —respondió, dejando entrever una chispa de complicidad en su voz—. Te va a encantar.

Pero Nora no estaba tan segura.

Aunque intentaba concentrarse en el presente, su mente divagaba inevitablemente hacia lo ocurrido en el Skyer. Solo había pasado un día, pero el recuerdo seguía fresco, como esas heridas sin cicatrizar que solían ser comunes antaño, cuando la lucha y el peligro eran parte constante de la vida. Ahora, por la forma de vida de CoNexus, lo máximo que uno podía hacerse eran moratones y pequeños cortes, heridas insignificantes en comparación con las del pasado. No quería pensar demasiado en ello; sabía que le distraería del entrenamiento, y con el Teniente no podía permitirse errores. Aun así, había algo en aquellos instantes vividos que se resistía a desvanecerse de su mente.

Pasaron por el pasillo. A la izquierda las puertas de sus habitaciones y las escaleras misteriosas al fondo. El Teniente se dirigió a la puerta de la derecha, la que también era un enigma y la abrió. No sabía que se esperaba encontrar, pero esos objetos que no identificaba no era uno de ellos. Estaban por toda la sala, que no era precisamente pequeña. Se ubicaban en grandes mesas perfectamente colocados por tipos y en las paredes colgados.

—Vamos a practicar con armas —susurró Nora más para sí misma que para los demás.

Recordaba que, en su primer día, le había mencionado el Teniente que practicarían con armas, pero aún no estaba mentalmente preparada para enfrentarse a esa realidad.

Los demás ya estaban toqueteando todo lo que encontraban, como si fuera lo más natural. Nora supuso que ya habían impartido clases con esas armas y que estaban especializados en su uso.

—Ten —dijo el Teniente, entregándole un arma que Nora no se dio cuenta de cuándo había tomado—. Vas a comenzar con una pistola.

Luego, hizo un gesto con la mano para llamar al Comandante.

—Leo, enséñale.

El chico se acercó a una de las múltiples mesas para elegir una pistola idéntica a la que tenía Nora y sin decir palabra fue hacia el fondo de la sala, donde habían dispuestos en distintas alturas, formas y colores unos hologramas en forma de silueta de persona. En ellas, había dianas marcadas en la cabeza, los brazos, las piernas y el pecho.

Leo se acercó a Nora con pasos firmes pero relajados. Sus movimientos eran metódicos, y su presencia irradiaba las vibras de alguien que había repetido esa lección decenas de veces. Nora, por el contrario, estaba rígida, con los dedos aferrados al arma como si fuera a dispararse sola en cualquier momento.

—Primero te voy a enseñar la postura —comenzó el Comandante.

Se colocó frente a la diana, con una pierna ligeramente adelantada y ambas flexionadas. Estiró los brazos y sujetó la pistola con la naturalidad de quien lo hacía a diario. Apuntó. El disparo fue rápido, seco, y el estruendo hizo que Nora diera un leve respingo.

—Tu turno —dijo, guardando la pistola aún humeante en el cinturón de su traje con un hábil juego de manos—. Primero, respira —su voz era grave pero tranquila, inclinándose ligeramente para estar a su altura—. Si estás tensa, tus manos van a temblar, y eso es lo peor que puedes hacer.

Nora asintió y trató de aflojar los hombros, soltando un suspiro tembloroso. Leo observó su postura con ojo crítico y se colocó detrás de ella, ajustando sus brazos con cuidado.




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