En los cielos

Capítulo 8: Seraphina Everhart

Cele Everhart y Veron Everhart presenciaron el nacimiento de su hija en el 514 DLS, cuando ambos rondaban los treinta años. En ese entonces, aún no sabían de la existencia de La Unidad. Fue cinco años después, en el 519 DLS, cuando la vida de ambos cambió para siempre.

Año 519 DLS.

Era una noche común en el Terra, cuando ya no había personas a las que atender, y Cele se disponía a cerrar la cafetería cuando un Guardia del Distrito entró. Cele ya estaba acostumbrada a que algún Oscuro se presentara de vez en cuando en el Terra para tomar algo, aunque no podía evitar seguir conteniendo la respiración al ver uno. Ella era una mujer que no solía gustarle los cambios bruscos en su vida, excepto, claro, el nacimiento de Seraphina. La idea de ser seleccionada para ir al palacio no le había atraído desde que Sera entró en su vida, aparte de estar más que satisfecha con sus 500 NCT anuales. Aunque sabía que esa posibilidad era remota, prefería guardarse ese pensamiento para sí misma, o, a lo sumo, compartirlo con su marido, Veron.

La presencia de aquel Oscuro era tan perfecta como inquietante, un contraste extraño con el cansancio que reflejaba su rostro. Al principio, Cele pensó que se trataba de alguien exhausto después de una larga jornada, pero algo no encajaba. Al acercarse, notó que su piel era mucho más pálida de lo normal, casi desprovista de color, y su rostro, demacrado, parecía como si no hubiera dormido en días.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre se desplomó frente a ella, cayendo sobre la barra con un ruido sordo. El corazón de Cele dio un vuelco. Fue entonces cuando vio la enorme herida en su costado, sangrando profundamente. No era un simple corte; era algo mucho más grave. Cele, aunque asustada, actuó rápidamente, llevándolo al almacén y sala de descanso del Terra para tratar de estabilizarlo. El rostro del hombre seguía pálido, y su respiración era débil, como si la vida misma se le escapara de entre los dedos.

Con manos temblorosas, Cele avisó a Veron por el HoloCom. La preocupación se reflejaba en sus ojos, pero sabía que no podía esperar mucho más. La situación era demasiado grave. Veron se dirigió al Terra de inmediato, a diez minutos del toque de queda, sin pensárselo dos veces.

Para entonces, Seraphina se encontraba jugando con una pantalla holográfica en la sala de descanso. Al ver lo que sucedía, la niña comenzó a llorar desconsoladamente. Cele intentó calmarla, pero sus esfuerzos no parecían surtir efecto.

Poco después, Veron irrumpió en la cafetería, jadeando tras haber corrido hasta el lugar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con la voz cargada de preocupación al ver al Nard tendido en el suelo y a su hija llorando.

—¡Está herido! No sé qué le habrá hecho esto —respondió Cele, mientras seguía intentando calmar a Seraphina, cuya angustia no hacía más que aumentar.

Veron se inclinó para examinarlo más de cerca. Su cabello marrón estaba despeinado, la frente cubierta de sudor, y respiraba con dificultad. Encontrar a alguien al borde de la eliminación antes de cumplir los 150 años era tan improbable que parecía una burla de la realidad.

Ninguno de los Everhart había curado jamás una herida de esa gravedad, pero aun así lo intentaron.

Vendaron al Oscuro con una prenda improvisada y le colocaron una toalla húmeda en su frente.

—Parece que se está estabilizando —comentó Veron después de inspeccionar la herida, que ya no sangraba.

Las horas se arrastraron lentamente mientras aguardaban sin poder hacer más que esperar a que aquel hombre despertara. Regresar a casa no era una opción: el toque de queda estaba vigente.

Cuando finalmente el Nard abrió los ojos, Seraphina dormitaba en el sofá, exhausta después de tanto llorar.

—¿Me escucha, Nard? —preguntó Veron con cautela.

—Llámenme Stuart —respondió el herido con una voz áspera y quebrada.

—Está bien, Sir Stuart. —Veron asintió, tratando de infundir calma.

—¿Dónde estoy?

—En un Terra —respondió Cele rápidamente—. ¿Qué le ha pasado?

Con un esfuerzo evidente, Sir Stuart intentó incorporarse, ignorando las advertencias de los Everhart para que no se moviera. Su cuerpo temblaba, pero fue su rostro lo que llamó la atención: una súbita ola de emociones pareció invadirlo. Sus ojos se humedecieron, y en ellos se reflejó un peso que parecía imposible de sostener.

—Estoy condenado… —balbuceó Stuart, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas—. Estoy acabado.

Un Nard no dudaba, no expresaba emociones, no se arrepentía. Eran perfectos. Eso era lo que todos sabían, lo que se les inculcaba durante los nueve meses de arduo entrenamiento. Sin embargo, allí estaba él: vulnerable, roto, mostrando un torrente de emociones que contradecía todo lo que los Everhart habían escuchado sobre ellos.

Cele y Veron se miraron, perplejos. Aquella escena era tan irreal como perturbadora. ¿Cómo podía alguien tan perfecto, supuestamente infalible, derrumbarse de aquella manera?

—Sir Stuart… —repitió Veron, eligiendo las palabras con cuidado—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está herido?

El hombre apartó la mirada, como si enfrentarse a sus recuerdos fuese peor que la herida que amenazaba con consumirlo.




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