En los cielos

Capítulo 9: Desgracias

Día 14 al 16 del 5º nexo del año 534.

Día 14.

Nora no podía verificar la identidad de los veteranos ni de los infiltrados en el palacio de La Unidad. Los primeros porque, al igual que ella, tenían un perfil falso vinculado a otra persona. Los segundos porque las personas dentro del palacio eran inaccesibles; su perfil estaba bloqueado. Los registros de esas personas estaban diseñados para no ser rastreados, como una medida de seguridad.

Iba a ser una verdadera aventura intentar conseguir información sobre su padre, especialmente cuando ni siquiera recordaba su nombre. O quizás su madre nunca se lo había dicho… No solían hablar de ese tema. Para ellos, una persona seleccionada tenía que ser borrada de tu vida, como si nunca hubiera existido.

Pero entonces, una idea cruzó su mente. Recordó cuando la General Emilie le asignó el perfil de Hestagh González. Antes de seleccionarlo, había visto una lista con otros nombres. Tal vez Emilie tenía algún tipo de acceso a esos perfiles, o al menos, alguna forma de ver más allá de lo que le permitían a ella…

Nora decidió llamarla a su despacho bien entrada la mañana del siguiente día, antes del entrenamiento. Un adelante amortiguado resonó al otro lado de la puerta, y Nora entró.

—¿Necesitas algo? —preguntó Emilie, sosteniendo una taza blanca con un pequeño hilillo de vapor que se alzaba. Destacaba entre la oscuridad que dominaba su oficina.

Nora se detuvo un momento, dándole vueltas a cómo plantear su pregunta.

—¿Por casualidad tienes todos los perfiles de las personas infiltradas en el palacio? —preguntó, con una ligera chispa de duda en la voz.

Emilie la miró, sorprendida por la inesperada pregunta. La General dejó la taza sobre la mesa con suavidad.

—¿Por qué lo preguntas? —inquirió, reclinándose en su silla y colocando la mano sobre su mentón, como si estuviera considerando cuidadosamente la pregunta.

—Tengo que buscar a una persona...

—¿Cómo se llama?

Nora se quedó en silencio de repente, maldiciéndose por no saberlo.

—No lo sé...

—Entonces no puedo ayudarte.

Nora, apenada, se inclinó brevemente en señal de agradecimiento y despedida, antes de girarse hacia la puerta.

—Y aunque me hubieras dado un nombre, tampoco podría haber hecho mucho —la voz de Emilie la alcanzó antes de que pudiera salir—. Solo tengo algunos nombres para usarlos como perfiles falsos. Más allá de eso, no sé nada sobre su apariencia, ni su edad… —la General hizo una pausa, dejando que el silencio se alargara antes de continuar—. A no ser que los agregue a un HoloCom.

—Gracias, General Emilie —respondió Nora, mientras cruzaba el umbral de la puerta.

—Si te consuela, no hay nadie que se apellide Viksen —dijo Emilie en voz baja, como si estuviera lanzando una última pieza de información.

Esa frase detuvo a Nora en seco, justo en el umbral. No sabía cómo lo había adivinado. Tal vez su rostro había traicionado sus intenciones, o quizás la General era más inteligente de lo que aparentaba.

Durante el entrenamiento, la emparejaron con Kaia. Las pocas veces que había luchado contra ella, había terminado con moratones por todo el cuerpo. Sin duda, tenía más fuerza de la que aparentaba.

—¡Concéntrate! —exclamó Kaia antes de barrerle las piernas.

Nora cayó de espaldas y soltó un quejido. Con una mueca de dolor, se incorporó de nuevo, lista para continuar.

—Lo estoy —replicó Nora, lanzando una serie de puñetazos. Kaia los bloqueó con facilidad.

—No mientas, Viksen. Peleas peor que otras veces… y mira que eso ya es difícil —se burló Kaia, paseándose en círculos a su alrededor.

—Se te olvida que la última vez os gané a ti y a tu hermano —le recordó Nora con una sonrisa desafiante.

—Eso fue culpa suya. Se distrae con cualquier cosa.

—¡Te estoy escuchando! —protestó su hermano desde donde entrenaba con Elya.

—Me da igual —Kaia se giró para lanzarle una mirada amenazante.

Nora aprovechó la distracción. En un instante, le encajó un gancho y la inmovilizó contra el suelo.

—Primera regla: nunca le des la espalda a tu enemigo —dijo, triunfal.

—Segunda regla… —susurró Kaia antes de darle la vuelta a la situación y atraparla con una llave—. Nunca des por ganada una batalla antes de haber acabado con tu enemigo.

Nora intentaba zafarse de Kaia sin éxito, con su brazo rodeándole el cuello, más apretado de lo que debería en un simple entrenamiento. Kaia, como si hubiera leído sus pensamientos, aflojó el agarre y Nora pudo volver a enfocar la vista. Entonces se dio cuenta de la cicatriz de la mano izquierda de Kaia: era demasiado grande, demasiado fea para pasar desapercibida.

Kaia notó su mirada y la soltó de forma brusca, casi violenta.

Con el tiempo, Nora se dio cuenta de que Kaia no le caía mal; simplemente, esa era su forma de ser: desafiante, desconfiada y orgullosa. Ahora, se lanzaban puyas siempre que podían, como si eso definiera su amistad.




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