Año 508 DLS (veintiséis años antes)
Emilie tenía apenas nueve años cuando una Nard mujer se presentó en su casa y pronunció la mítica frase de la selección. Aunque era pequeña, sabía perfectamente lo que aquello significaba. Las lágrimas brotaron de su rostro mientras sus padres lo celebraban con entusiasmo.
Ya habían seleccionado a Kristoff, su hermano, dos años atrás, cuando tenía quince. Así que, que eligieran también a su segundo hijo no solo era un honor para ellos, sino que era como ganar la lotería de antaño.
Sin otra opción más que seguir a aquella mujer desconocida, se despidió de sus padres con un profundo pesar.
No era común que seleccionaran a un niño tan pequeño, pero tampoco era imposible. Las razones variaban según el Oscuro; a veces, se basaban en criterios específicos, y otras, simplemente en pura aleatoriedad.
A Emilie siempre le había fascinado la inmensidad del palacio en los pocos Tándem a los que había asistido y logrado recordar. Pero esta vez, al pisarlo como seleccionada, aquella admiración se transformó en un profundo malestar.
Atravesaron los jardines principales, donde los Guardias reales solían pasear y entraron por la entrada principal, aquella que solo había visto abierta alguna vez, cuando El Har y Los Hansa salían en el Tándem para saludar y elegir a dos familias para el intercambio de NCT. Ahora que cruzaba el umbral, la imponencia del lugar superaba cualquier expectativa: techos altos con majestuosas bóvedas, lámparas elegantes que destellaban con una luz cálida, escaleras en cada rincón. Todo resplandecía, superficies pulidas donde su reflejo se dibujaba con nitidez, como si el tiempo no hubiera dejado huella y todo acabara de ser construido. Todo era de un blanco puro, un contraste irónico considerando que albergaba a las personas con más poder. Las personas con los atuendos mas oscuros y con colores.
Incluso a su corta edad, Emilie no pudo evitar pensar que aquel color inmaculado era una burla para los habitantes del Distrito, quienes, desprovistos de poder, estaban obligados a vivir alrededor del blanco.
Atravesaron la primera estancia y llegaron a un patio interior, donde el suelo de mármol blanco exhibía un intrincado patrón de forma geométrica de diamante dorado con un elemento circular en el centro y cuatro extensiones puntiagudas que forman un diseño similar a una cruz que representaba el símbolo del palacio Taivaassa. A los lados, un estallido de flores amarillas, naranjas y rojas añadía un vibrante contraste, probablemente simbolizando los tres poderes que residían allí. Al final del patio, el sonido del agua fluyendo de una fuente añadía un aire de serenidad. Allí aguardaban más jóvenes, seguramente seleccionados ese mismo día. Emilie se dio cuenta de que era la más joven del grupo.
La frecuencia con la que se seleccionaba a las personas era incierta, pero se rumoraba que debían cumplir una cuota diaria, la cual podía variar según la cantidad de nuevas personas requeridas.
—Espera aquí junto a los demás —ordenó la mujer.
Ella obedeció y se colocó al extremo derecho de una fila de unos diez jóvenes. A su alrededor, todos parecían emocionados, ansiosos por lo que estaba por venir. Pero Emilie no compartía su entusiasmo. Lo único que deseaba era volver con su familia.
Esperaron un rato más hasta que dos hombres jóvenes, casi idénticos, entraron en el patio, imponiendo su presencia con una autoridad que pareció cortar el aire. Sus trajes naranjas intrínsicamente detallados con bordados dorados, fueron bañados por la luz del sol, adquiriendo un tono aún más intenso, casi resplandeciente. Se detuvieron en el centro del patio y recorrieron con la mirada a cada joven, observándolos por encima del hombro, como si incluso un grupo de adolescentes pudiera representar una amenaza para su orgullo.
Con una sincronización impecable, ambos levantaron los antebrazos al unísono y comenzaron a revisar en silencio los perfiles de cada joven en el HoloCom. Una vez terminaron, rompieron el mutismo para anunciar en voz alta los nombres, decidiendo quién sería Nard y quién Gard. Kael seleccionaba a los primeros, mientras que Rylis designaba a los segundos.
Emilie se preguntó cómo podían recordar con tanta precisión cada nombre tras haberlos visto solo una vez. No solo los memorizaban al instante, sino que tampoco repetían ninguno entre sí, como si hubieran decidido de antemano quién se quedaba con quién.
—Emilie Katerina Svensson —pronunció Kael, marcando su destino como Nard.
La voz del Hansa al pronunciar su nombre la hizo dar un respingo; durante un instante casi fugaz, lo vio mirarla con sus ojos grises.
—A partir de mañana, todos los que he seleccionado estarán bajo mi tutela y mando para comenzar su entrenamiento como futuros Nard —anunció Kael con una voz firme y monótona, desprovista de cualquier emoción.
—Y los que yo he seleccionado serán futuros Gard —añadió su hermano gemelo, Rylis, con una sonrisa apenas perceptible.
Ni siquiera inclinaron la cabeza en señal de despedida, y simplemente se retiraron en silencio. Al instante, dos aprendices aparecieron en el patio con su característico atuendo gris claro de entrenamiento y ordenaron a los jóvenes alinearse según la selección de Los Hansa.
Emilie se colocó detrás de un chico, con el estómago encogido por la incertidumbre de lo que vendría y cómo sería su vida a partir de ese momento. Su fila siguió a la aprendiza a través del laberíntico palacio, perdiendo la cuenta de las esquinas que doblaban y las escaleras que subían.