En los cielos

Capítulo 11: Túneles subterráneos

Día 17 del 5º Nexo al 17 del 6º Nexo.

Nora no tenía percepción del tiempo, ni quería tenerla. No sabía cuánto tiempo había pasado sollozando la pérdida de su madre. Cuántas veces había recreado en su mente aquella escena, el instante exacto en que sus ojos perdieron el color antes de desplomarse, totalmente eliminada.

Si hubiera sido más fuerte. Fue mi culpa. Se repetía una y otra vez.

De vez en cuando, escuchaba voces detrás de la puerta, pero no lograba distinguirlas ni entender lo que decían.

—Emilie ha preparado el cuerpo para incinerarlo en los túneles subterráneos. Cuando estés preparada, ve con Leo —Nora apenas logró escuchar a Sera al otro lado de la puerta.

No tuvo otra opción que salir. Sin mirar a nadie ni a nada, siguió a Leo en silencio. Durante todo el trayecto, no intercambiaron una sola palabra. Aunque, en realidad, Leo siempre había sido un chico de pocas palabras. Lo único que rompía el silencio era el eco de sus propios pasos, propagándose por todo el túnel.

Era la primera vez que Nora caminaba por aquellos pasadizos, pero no le importaba en absoluto fijarse en su alrededor ni tratar de ubicarse. Tampoco entendía cómo Leo sabía por dónde ir, cuando se suponía que solo Emilie podía recorrer esos túneles sin perderse.

El tiempo parecía haberse detenido. Cada paso se sentía pesado, y los sonidos llegaban a sus oídos lejanos, amortiguados. Apenas podía contener las lágrimas que amenazaban con escapar, pero al final lo hicieron cuando vio el cuerpo tendido junto al fuego. Las llamas crepitaban, anhelando consumirlo hasta no dejar nada.

Le había arrebatado muchos años de vida a su madre y, para colmo, el final de su cuerpo iba a ser aquel lugar espantoso donde los Oscuros eliminaban a la gente, en lugar de permitirle una despedida tranquila en una habitación del Fürr.

Nunca se lo perdonaría.

Emilie se encontraba en una esquina casi sin pestañear. Seguramente ni siquiera Nora había tenido ocasión de percatarse de su presencia.

Nora no lo sabía, pero Emilie sentía como si estuviera reviviendo aquel episodio en el que, incapaz de contenerse más, había estallado en una sala idéntica a aquella. Luego, se había puesto nuevamente la capucha y el cubrebocas, fingiendo que nada había sucedido. Conocía bien esa impotencia de no poder hacer nada, de no poder cambiar nada. Comprendía, mejor que nadie, el dolor de Nora.

Emilie esperó pacientemente a que Nora estuviera lista para proceder con la incineración, mientras Leo aguardaba en la entrada, escoltándolos en silencio.

Un largo rato después, bastó una rápida mirada de Nora para que Emilie comprendiera que estaba preparada para dejar ir a su madre. Con cuidado, deslizó el cuerpo dentro del gran horno abierto, y las llamas lo devoraron al instante, consumiendo la materia sólida y orgánica sin piedad.

Sin mirar atrás, dejaron que el fuego hiciera su trabajo y emprendieron el regreso a La Unidad. Al llegar, Nora se encerró de nuevo en su dormitorio, sumida en su dolor.

Un día, alguien entró y se quedó junto al borde de la cama, haciéndole compañía mientras hablaba sobre su día. Luego, otro día, ocurrió lo mismo, pero con otra persona.

Al cuarto día, Nora se giró en la cama, apartándose de la posición en la que había estado todo ese tiempo, y echó un vistazo al rostro de Sera.

—No me dan ganas de salir de la cama si me hablas de lo mal que lo has pasado en los entrenamientos, ¿sabes? —dijo con voz ronca, producto de tanto tiempo sin hablar y sollozar.

Sera sonrió al ver que su amiga, al fin, daba señales de vida.

—¿Cómo te encuentras?

—¿En serio lo preguntas? —respondió molesta, volviendo a taparse con la sábana.

Sera intentó disculparse, pero fue en vano.

Unos días después, Nora se levantó por primera vez de la cama y paseó por su habitación, esforzándose por no derrumbarse cada vez que pensaba en su madre.

Ese día, la visitó la General Emilie, adoptando más el papel de madre que de amiga. Fue demasiado para Nora, que no pudo contenerse más y rompió a llorar en sus brazos.

Una semana después del incidente, se puso su ropa de entrenamiento y salió en plena noche, como solía hacerlo antes. Le resultaba familiar, casi reconfortante. Comenzó a lanzar puñetazos y patadas al aire, dejando que su cuerpo se moviera por instinto.

—Khalima —dijo con voz seca al notar que su compañero se acercaba sigilosamente—. ¿Qué sentido tiene la muerte?

Aquella palabra pesaba. Nunca antes la había pronunciado, pero sonaba más certera que eliminación.

—Es el destino inevitable de toda existencia: el ciclo final que nada ni nadie puede evitar. Incluso lo más perdurable acabará por desmoronarse algún día. Hasta el cielo, vasto y eterno en apariencia, llegará el momento en que no pueda sostenerse más.

—Supongo que tienes razón. Incluso el mismísimo El Har no es inmortal, por mucho que la gente lo proclame.

—Solo queda crecer y forjar la mejor versión de ti misma. El lamento es un eco estéril en el tiempo, pues aquello por lo que lloras no regresará.




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