En los cielos

Capítulo 13: Aleksei Andreev Valentis

Año 510 DLS.

Aleksei vivía con sus padres y llevaba una vida normal. A sus dieciséis años, asistía a la Escuela Superior con la certeza de que quería seguir los pasos de sus padres y convertirse en profesor. Se le daba bien explicar y mantener el orden cuando era necesario. Sin embargo, a veces sus padres y conocidos le sugerían que fuera más flexible al enseñar, ya que parecía transformarse por completo, perdiendo la sonrisa y el sentido del humor que solía compartir con los demás.

Apenas habían pasado dos años desde que el nuevo El Har, con tan solo 20 años, sustituyó a su padre. Como era tradición, esto solo ocurría cuando el anterior El Har era eliminado naturalmente al cumplir 150 años.

Este nuevo El Har era prácticamente idéntico a su predecesor, no solo por el parentesco, sino también en personalidad y liderazgo, probablemente debido a su adoctrinamiento.

Por su parte, los actuales Hansa habían ocupado el puesto durante cuatro años, desempeñando su función desde los 16, la edad mínima a la que todos podían convertirse en Nard o Gard o en este caso, Hansa. Ahora, con 21, ya se habían habituado al puesto y todo el mundo ya reconocía los nombres de Los Hansa: Kael y Rylis. Según se dijo, los antiguos Hansa se acercaban a la edad de eliminación natural, por lo que fueron reemplazados antes de que llegara ese momento, conservando sus privilegios hasta su último día en la llamada “El Descenso de los Hansa”. Lo que fuera que aquello significara, porque ni si quiera los ciudadanos ni ellos mismos tenían una idea clara.

Una noche, después de reunirse con sus amigos en la zona comercial, Aleksei regresaba a casa justo a tiempo para no incumplir el toque de queda. Su familia contaba con 600 NCT, lo que les permitía vivir en una casa situada casi en la mitad del Distrito.

La oscuridad ya cubría las calles, y pocas personas caminaban con paso apresurado hacia sus hogares. Al girar en una esquina, se encontró de frente con un Guardia del Distrito. Instintivamente, dio unos pasos atrás teniendo en mente tomar otra calle.

Desde pequeño, le habían inculcado lo que todos creían fielmente: los Nard eran las extremidades de El Har y, como tal, se les debía respeto. Sin embargo, con el tiempo, Aleksei había empezado a sentir un rechazo natural hacia ellos. Sus auras y personalidades le generaban desconfianza, por lo que siempre evitaba cualquier encuentro.

Pero esta vez fue distinto. Algo —una corazonada, tal vez— le impidió dar media vuelta como de costumbre. Permaneció en el sitio, observando con el corazón acelerado cómo aquel Oscuro hundía una daga en el pecho de un inocente.

El destino quiso que viera aquello… tanto que, en ese instante, también selló su propia perdición.

Corrió. Corrió sin mirar atrás, huyendo de aquella escena surrealista.

Tenía que haberse equivocado, ¿verdad? Tal vez su mente le había jugado una mala pasada. Pero no… Había visto con claridad cómo aquella daga se hundía en el cuerpo del hombre.

Su única certeza en ese momento era que debía llegar a casa lo antes posible.

Nada más abrir la puerta con el HoloCom, Aleksei les contó a sus padres lo que había vivido.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó su madre, casi burlona.

—No volveré a admitir tal falta de respeto hacia los Nard —le gritó su padre.

—Pero… sé lo que vi —insistió Aleksei, desesperado.

Durante los días siguientes, sus padres lo ignoraron. Para entonces, sus recuerdos de aquella noche comenzaron a volverse borrosos. Llegó a preguntarse si realmente había ocurrido o si solo lo había soñado. Sin embargo, algo dentro de él le decía que algo no encajaba.

Intentó volver a su vida normal, pero ya no podía concentrarse en la Escuela. Ni siquiera cuando salía con sus amigos lograba prestar atención a sus conversaciones por más de unos segundos.

Fue entonces cuando tomó una decisión: acudir a los Oscuros.

Eran los sabelotodo, los protectores de un mundo que, en realidad, no tenía nada que proteger. Como los Guardias Reales, cuya existencia parecía más simbólica que funcional en la defensa contra maleantes ahora inexistentes en esa época.

Aleksei aún sentía rechazo hacia ellos, pero se las ingenió para convencerse de que podían ayudarlo.

—Siento como si tuviera recuerdos difusos. Como si hubiera soñado algo tan real que llegara a creer que había pasado, pero al mismo tiempo no logro recordarlo con claridad —les explicó a dos Oscuros que encontró en la zona comercial.

Estos se miraron entre sí y, como si se comunicaran telepáticamente, asintieron levemente.

—Acompáñanos —dijo uno de ellos.

Obedeció sin rechistar, preguntándose adónde lo llevarían.

Poco después, sin saber cómo, una puerta apareció ante él, perfectamente camuflada. Al cruzarla, uno de los Nard comenzó a reírse, mientras el otro lo empujaba con fuerza contra la pared, haciéndole daño en la espalda.

—¿Quién fue el imbécil que se dejó ver tan fácilmente eliminando a alguien? —preguntó el primero, como si Aleksei tuviera la respuesta.

Pero él estaba en shock. Sabía que algunos Nard podían ser arrogantes, pero aquellos dos se estaban pasando. Apenas había procesado sus palabras cuando su mente repitió aquella palabra en particular: eliminar.

El miedo recorrió su cuerpo.

El Nard lo tenía inmovilizado contra la pared, impidiéndole moverse o incluso respirar con normalidad. Esto pintaba muy mal. No tenía idea de qué hacer o decir, pero antes de que pudiera reaccionar, el Oscuro sacó una daga de su túnica y se la clavó en el hombro.

Aleksei soltó un grito desgarrador, horrorizado por lo que acababa de suceder. El dolor le atravesó el cuerpo, pero no fue solo eso lo que lo hizo temblar. De repente, los recuerdos de aquella noche irrumpieron en su mente con brutal claridad. La imagen de la daga, la sangre, el cuerpo desplomándose…

Sintió un nudo en el estómago. Quiso vomitar.

El Nard le arrancó la daga sin ningún cuidado, y la sangre comenzó a brotar de la herida. Antes de que pudiera reaccionar, el otro le golpeó en la cabeza con el pomo de su propia daga con tal fuerza que casi perdió el conocimiento.




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