Día 16 y 17 del 6º Nexo
Khalima había desaparecido, y nadie comprendía cómo podía haber sucedido.
—Cuéntanos qué ha pasado —ordenó el Teniente, con la mirada fija en Sera, quien aún sollozaba en el suelo.
Ella intentó recuperar el aliento antes de responder:
—Estábamos explorando, como nos ordenaste, cuando empezamos a escuchar ruidos —comenzó a explicar con voz temblorosa—. Eran lejanos, apenas perceptibles, así que no pensamos que nos emboscarían por detrás. Intentamos pelear, pero cada vez eran más. Logré escapar a duras penas… pero Khalima no tuvo la misma suerte.
—¿Cuántos eran?
—Unos quince.
El Teniente entrecerró los ojos y cruzó los brazos. Luego, dirigió una mirada a Emilie y Leo.
—Investigad la zona del suceso —ordenó con voz seca—. Si Khalima sigue con vida, lo traeremos de vuelta.
Emilie asintió en silencio, y Leo hizo lo mismo.
Sin perder tiempo, cada uno se aseguró de que sus pistolas y subfusiles estuvieran cargados y listos para cualquier altercado, ajustándolos en las fundas colgadas de sus cinturas y espaldas.
—Sera, déjame tu HoloCom para registrar las zonas que has explorado —dijo la General, tendiéndole la mano.
Sera, aún temblorosa, le entregó el dispositivo sin objeción.
Cuando todo estuvo listo, Emilie y Leo desaparecieron por el pasillo, dejando tras ellos un silencio pesado, casi asfixiante.
—¿Y si a ellos les sucede lo mismo? —murmuró Sera de pronto, rompiendo la tensión con su inquietud.
Las palabras flotaron en el aire, y poco a poco, el murmullo de los presentes comenzó a crecer.
Nora aún no podía creer que alguien cercano pudiera estar en peligro. Nunca había tenido que pensar en ello, pero desde la eliminación de su madre, comenzaba a darse cuenta de que, en CoNexus, todo era posible.
—Están mejor preparados que vosotros —respondió el Teniente con frialdad.
Aunque doliera, era la verdad.
Entonces, su mirada se clavó en Sera con dureza.
—Tendrás que esforzarte más si no quieres que la siguiente en desaparecer o en ser eliminada seas tú.
Sera se quedó helada ante aquellas palabras, tan frías y carentes de cualquier atisbo de compasión. Pero no dijo nada. Se puso de pie con rigidez, se secó las lágrimas y asintió en silencio.
Nora tampoco intervino. Sabía que el Teniente tenía razón, aunque también creía que podría haberlo dicho con más tacto. Pero eso… eso era pedir demasiado.
—Bien. Dejémonos de perder el tiempo. Vamos a entrenar.
—¿Ahora? ¿Acabamos de perder a un miembro y prefieres entrenar? —se quejó Aksel, dando un paso al frente, la indignación reflejada en su rostro.
El Teniente hinchó el pecho y se acercó lentamente a él hasta quedar a centímetros de distancia, mirándolo desde su altura con una expresión imperturbable.
—Muy bien —dijo con una calma que heló el ambiente—. Si tan preparado crees que estás, derrótame en un combate.
El desafío flotó en el aire, cargado de tensión. Un escalofrío recorrió a varios de los presentes.
Hasta Nora sabía que contradecir las palabras del Teniente solo llevaba a una cosa: el arrepentimiento.
Aksel abrió la boca, pero ninguna respuesta salió. Si se negaba, admitiría que no era tan fuerte como pretendía. Si aceptaba, sabía que el Teniente no se lo pondría fácil.
El Teniente se alejó un paso sin apartar la mirada y, con un simple gesto de la mano, lo incitó a atacarlo.
Aksel apretó los dientes. No tenía elección.
Respiró hondo y dio un paso adelante, preparándose para el combate.
Los presentes se alejaron unos pasos, dejando espacio para el enfrentamiento. El ambiente estaba cargado de tensión.
Aksel flexionó los dedos y ajustó su postura. Sabía que enfrentarse al Teniente sin su hermana no era una idea brillante, pero ya no podía echarse atrás.
El Teniente, por su parte, permaneció impasible, con las manos relajadas y una leve sonrisa en la comisura de los labios, como si aquello no fuera más que un simple juego.
—Cuando quieras —dijo con voz neutra.
Aksel no se hizo esperar. Se lanzó hacia adelante con rapidez, buscando sorprenderlo con un golpe directo al rostro.
El Teniente esquivó sin esfuerzo, inclinando la cabeza a un lado. Aksel giró sobre sus talones e intentó una patada baja, pero el Teniente saltó hacia atrás con la misma facilidad.
—¿Eso es todo? —se burló, cruzándose de brazos.
La mandíbula de Aksel se tensó. Se movió con más agresividad, encadenando golpes con velocidad. Uno de sus puñetazos rozó la mejilla del Teniente, y en ese instante, algo cambió.
El Teniente retrocedió unos pasos, con una expresión más seria. Aksel vio su oportunidad. Confiado, redobló sus ataques, lanzando una combinación de golpes y patadas que, para sorpresa de todos, lograron arrinconar al Teniente.