La General Emilie observaba cada detalle a su alrededor. Si hubiera podido implantarse ojos en la nuca mediante alguna mejora tecnológica, lo habría hecho sin dudarlo, aunque en realidad no los necesitaba. Siempre había sido excepcionalmente observadora, analizando el entorno, las personas, el clima, cada movimiento y cada gesto, tanto al hablar como en silencio. Con los años, había perfeccionado esa habilidad.
El Comandante Leo la seguía de cerca, igualmente analítico, pero su mente trabajaba a toda velocidad, barajando infinitas posibilidades: escapar, reaccionar o incluso negociar.
Ambos llevaban armas ocultas en sus trajes, ya fuera bajo la tela o en fundas discretas en sus caderas. Habían optado por pistolas, fáciles de transportar y de esconder, asegurándose de que los Nard no detectaran de inmediato que llevaban algo más que puños y patadas como arma.
—Nunca había visto estos conductos. Ni siquiera nos habían hablado de ellos —susurró Emilie, casi inaudiblemente.
—¿Tal vez sean nuevos? —preguntó Leo, mirándola de reojo.
—Eso parece… Aunque el palacio también luce como recién construido y lleva más de 500 años en pie —explicó.
Hizo una pausa, afinando el oído ante cualquier sonido, y luego añadió en voz baja:
—Si me hubiera quedado siendo un Nard, quizás me habrían traído aquí. Lo que sea que hagan en este lugar, tengo el presentimiento de que va mucho más allá de simplemente deshacerse de las personas en hornos.
El blanco de las paredes y las luces del techo, tan brillantes como todo lo demás, hacían que su ropa oscura fuera un blanco fácil para cualquier francotirador oculto al final de un pasillo o en una bifurcación. Sin embargo, dudaban que usaran un arma así en un espacio cerrado, sin una vista decente para analizar el entorno.
Aunque existía la posibilidad de que Khalima aún estuviera con vida, usado como rehén para atraerlos a su rescate, también cabía la opción de que ya no estuviera entre ellos, eliminado brutalmente por los Nard.
Emilie sabía que algunos eran egocéntricos y carecían por completo de tacto. Aunque había otros menos autoritarios y más dóciles, no eran lo habitual.
Entonces, ambos escucharon un ruido. Fue ínfimo, pero suficiente para alertarlos y hacer que sacaran sus armas de un solo movimiento.
Frente a ellos, el pasillo se bifurcaba en dos. Intercambiaron una mirada, asintieron y, tras contar hasta tres, salieron rápidamente, encontrándose con un grupo de tres Nard a cada lado.
Estos ni siquiera se habían percatado de su presencia hasta ese momento. Pasaron varios segundos en los que parecían procesar la situación antes de reaccionar, alzando sus armas y desenfundando sus datos.
Nadie se movió ni un milímetro. Los Nard apuntaban a los intrusos, y ellos, a los Nard.
—¿Nos buscabais? —preguntó Emilie con ironía.
—No tendríais que haber venido. ¿No fue suficiente con perder a uno de los vuestros? —respondió uno de ellos, un hombre de rostro alargado y ojos pequeños. No parecía el líder del grupo, pero sí el que más labia tenía.
Aquel comentario bien podía ser cierto o un simple farol, pero decidió ignorarlo.
—Somos seis contra dos. Supongo que ya conocéis el resultado —continuó diciendo el Nard con una sonrisa de suficiencia.
Emilie entrecerró los ojos, estudiando la situación.
El Nard de rostro alargado iba a decir algo más, pero su compañero, el que estaba a su lado, se adelantó antes de que pudiera continuar.
—¡Traidora! —gritó con tanta fuerza que su voz retumbó en todo el pasillo, resonando en un eco amenazante.
Emilie fijó la mirada en aquel Nard. Al principio, no supo de dónde le resultaba familiar aquellos ojos y el poco rostro que mostraba debajo de la capucha y el cubrebocas.
Entonces, lo recordó.
La imagen de un adolescente indefenso, acorralado por Nard novatos, surgió en su mente. Ella, con apenas catorce años, había intervenido, golpeando a los agresores con la misma facilidad con la que se arranca la mala hierba. El chico le había agradecido entre jadeos, pero Emilie, con frialdad, le advirtió que cualquier muestra de amabilidad sería aplastada como una flor intentando abrirse paso entre el cemento.
Ese recuerdo se desvaneció, dejando en su lugar el rostro endurecido por la rabia y la ira de un hombre de más de treinta años.
—Veo que decidiste seguir mis consejos al pie de la letra… o quizá los que otros querían que siguieras…
Antes de que pudiera responder, él se lanzó sobre ella con furia desatada. Emilie esquivó el ataque con una facilidad pasmosa. Los demás no tardaron en seguir el ejemplo de su frustrado compañero, y así comenzó la danza: patadas, puñetazos y algún que otro intento desesperado de perforar la carne con una bala.
Leo se movió con precisión, como si estuviera ejecutando una coreografía ensayada. Atrajo la atención de tres de ellos con fintas y golpes rápidos, obligándolos a retroceder mientras Emilie se encargaba del antiguo conocido y los otros dos.
El chico intentó alcanzarla con un puñetazo directo al rostro, pero Emilie giró sobre su eje, esquivándolo con la facilidad de una brisa sorteando obstáculos. Antes de que pudiera reaccionar, le propinó una patada en el estómago que lo hizo doblarse sobre sí mismo. No tuvo tiempo de recuperarse cuando su codo impactó en su nariz, dejándolo aturdido.