En los cielos

Capítulo 15: Elya Fischer

Año 533 DLS.

Antes, el papel provenía de los árboles y se utilizaba en miles de millones de libros para que la gente pudiera leer su contenido. Con el tiempo, los libros comenzaron a digitalizarse hasta que los hologramas se volvieron parte de la vida cotidiana. Ya nadie utilizaba aquel material físico que podía romperse, mojarse, arrugarse o en el que podías pasar la página al terminar de leer una cara. Incluso era fácil confundirse de sección si ibas demasiado rápido.

Las bibliotecas también cambiaron. Ya no se usaban como en la antigüedad, o al menos no de la misma manera. Ahora eran lugares donde la gente pasaba el rato con sus amigos, viendo información proyectada en los HoloCom. Eran espacios tranquilos, pero no silenciosos. Sin embargo, todo esto no dejaba de ser una especulación, una versión de la historia que se enseñaba en las Escuelas cada año.

Elya sabía que la información podía cambiar, al igual que la teoría sobre el origen de los humanos. Después de todo, nadie estuvo allí para presenciarlo, por lo que aquella información no podía ser cien por cien verdadera.

Al igual que los sucesos de La Sombra, nadie de los que habitaban el presente había sido testigo de aquel fatídico acontecimiento que marcó un antes y un después en el uso y la administración del flux.

Miró la hora en su HoloCom. Había estado viendo un holograma por un buen rato, pero con solo fijarse en la esquina superior derecha de la interfaz se dio cuenta de que el toque de queda estaba más cerca de lo que pensaba. Se levantó de un salto y bajó las escaleras con paso rápido hasta la calle.

Solía quedarse en la biblioteca con sus amigos para pasar el tiempo o ver los pocos videos que la pulsera podía transmitir. La mayoría eran educativos sobre la era de La Sombra. Los otros pocos que quedaban eran de personas experimentando con una herramienta que apenas estuvo disponible unas semanas, antes de que eliminaran la opción de grabar vídeos con el HoloCom.

Según dijo El Har, esa función había sido creada para conectar a las personas, pero luego decidió eliminarla para evitar que los humanos se dañaran entre sí, como en la antigüedad. Elya le había creído, sin duda, pero algo en su interior le decía que la vida sería mucho más divertida si esa opción volviera.

Se había quedado absorto viendo uno de esos pocos videos que aún quedaban en la base de datos. No quería verlo en casa, porque su madre le diría que dejara de perder el tiempo con esas chorradas que no aportaban nada a sus estudios.

Ella siempre insistía en que trabajara en el Free Essence, una de las tiendas de ropa cerca del río Haul. Había muchas tiendas como esa repartidas por la isla. Pero a Elya no le hacía ninguna ilusión pasar allí dos, tres o incluso cuatro horas esperando a que las personas compraran con sus NCT. Aquel trabajo de “dependiente” seguía existiendo solo porque querían mantener el contacto humano y sugerir estilos de ropa entre las opciones limitadas.

Ni siquiera tenía claro qué Escuela de Maestría escoger, así que se metió en la primera que vio: Los Fürr.

Era una especialización curiosa. Su labor consistía en incinerar a las personas que habían sido eliminadas naturalmente a los 150 años y otorgarles descanso y libertad vertiendo sus cenizas al cielo infinito. No es que le apasionara aquella tarea, pero era mejor que quedarse sin hacer nada y aburrirse sin un trabajo.

Aunque, a decir verdad, sí que le interesaba cierto “trabajo”. El combate.

Pero esa especialización y su entrenamiento meticuloso solo eran posibles si te seleccionaban para ir al palacio y si tenías suerte de ser elegido como Nard y no como Gard. Estos últimos solo realizaban marchas rítmicas o se quedaban inmóviles en todo el Tándem.

No estaba seguro de si podría decirle a Rylis, uno de los Hansa, que lo eligiera como Nard, ya que le llamaba más la idea. Quizás también estaba prohibido opinar sobre tus propios gustos una vez fueras seleccionado.

Elya siempre suspiraba para sus adentros cuando pensaba en aquello.

Si alguna vez lo seleccionaban, solo le quedaba la esperanza de convertirse en un Nard y poder aprender aquella arte de la lucha.

Si su madre se enterara de aquel gusto tan raro, se llevaría las manos a la cabeza y pediría a un Har invisible y omnipresente de ser bendecido por sus ideales para que dejase de pensar en ello. Aunque el entrenamiento físico era un deber de los Nard como señal de poder, el simple deseo de entrenarse por voluntad propia estaba mal visto, incluso considerado una falta de respeto.

Por eso existía la selección. Era una forma de consentimiento indirecto por parte de El Har, una manera de otorgarte el derecho a entrenarte en la lucha sin ser juzgado.

Cuando llegó a la calle, se dirigió hacia su casa, aunque aún tenía que atravesar buena parte de la zona comercial. Pensó en correr, pero entonces su HoloCom comenzó a parpadear y emitir un pequeño pitido.

Era hora de suministrarse el flux.

Se palpó uno de los bolsillos donde siempre llevaba una jeringuilla, pero no estaba allí.

Buscó en el otro bolsillo. Vacío.

—Mierda, mierda, mierda… —murmuró.

La demencia, fue el primer pensamiento que tuvo.

Miró a su alrededor en busca de una estación de flux. Siempre debía haber una cerca, precisamente para evitar situaciones como esta.




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