En los cielos

Capítulo 17: Así eran. Así éramos

Día 18 del 1er Éter al día 1 del 2ndo Éter.

Al principio, Nora no estaba segura de sí encajaría en aquel lugar.

Nunca antes le había pasado algo así, pero esta era la nueva realidad que debía enfrentar si realmente quería dejar el pasado atrás.

Si de verdad quería empezar de nuevo.

La Unidad no se parecía en nada a lo que había conocido fuera: allí no existía la perfección impecable, la monotonía calculada ni la falsa sensación de seguridad.

Era caos, sí, pero también verdad. Y, quizás, un atisbo de libertad.

Allí, aunque era cierto que no la habían tratado mal, Nora comenzó a ver lo que antes le habían ocultado: que los humanos cometen errores, que sienten de formas distintas según las reglas del juego que les impone la vida, y que esta no es un paseo tranquilo, sino un campo lleno de obstáculos. Obstáculos que ella creía superados hacía tiempo.

Porque sí, la vida —la real— siempre había sido hostil. Podías construir un mundo de estructuras perfectas, de sistemas calculados al milímetro... pero los humanos seguirían ahí, torciendo su rumbo con sus emociones, con su imprevisibilidad.

Durante esos casi siete meses, Nora había aprendido que la comodidad no era una opción. Que lo que verdaderamente te hacía sentirte vivo era luchar. Esforzarte. Caer y volver a levantarte. Porque solo así podías alcanzar aquello que de verdad deseabas. Ese sentimiento —el del logro, el de la lucha— se lo habían arrebatado a las personas de CoNexus.

Pero ahora… ahora no solo era la pérdida de su madre lo que le había enseñado que el peligro podía estar acechando a cada paso. También había aprendido que el enemigo podía convertirse en aliado. Y lo peor: que un aliado podía volverse enemigo sin que te dieras cuenta.

Ahora entendía lo que era la traición. El nudo en el pecho al preguntarse si una persona amada que te ha clavado un puñal merecía perdón solo por haber sido querida. Si era justo salvar su vida cuando la suya podría significar la eliminación de muchos otros.

Si podías, llegado el momento, eliminar a alguien a quien aún amas... por un bien mayor.

—¡Seraaaaaa! —gritó Nora, rompiendo el aire con un alarido cargado de desesperación, intentando correr hacia el cuerpo inerte de su amiga, igual que lo había hecho con su madre.

Pero esta vez fue solo Elya quien la detuvo. Sus brazos aferrándola con fuerza, compartiendo el mismo dolor. Ese simple detalle hizo que el paralelismo doliera aún más. Otra pérdida. Otra vez sin poder hacer nada.

Los demás también dieron un paso, instintivo, como si quisieran correr a su lado, pero se detuvieron. El miedo, el shock o la conciencia de que cualquier movimiento podría costarles la vida los clavó al suelo.

Fendrik, aún en el extremo opuesto de la estancia, permanecía inmóvil. Su rostro no era de orgulloso, sino el de alguien roto. Como si él mismo no pudiera creer lo que acababa de hacer. Esa vacilación, esa debilidad, fue todo lo que necesitaron los Nard para abalanzarse sobre él. En segundos, estaba reducido, desarmado, y convertido en un preso más.

El Har, junto con Los Hansa —que ni siquiera se habían inmutado— observaban con la misma frialdad clínica de siempre. Probablemente ya sabían que la bala no iba dirigida al Supremo.

Pero una cosa quedaba clara: si antes la ejecución de La Unidad parecía inminente y rápida, ahora todo indicaba que iban a ponerse creativos. Que buscarían algo más que una simple eliminación.

—Llevadlos a las celdas —ordenó El Har, con una impasibilidad que helaba la sangre.

Los Nard obedecieron sin vacilar. Uno a uno, los miembros de La Unidad fueron apartados y empujados hacia su destino, como piezas rotas de una revolución que aún se negaba a morir.

Nora fue obligada a levantarse, arrastrada por los Nard. Sus piernas no respondían. Sentía que pesaban toneladas, como si su cuerpo entero se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir.

Su mirada seguía clavada entre dos puntos: el cuerpo sin vida de Sera, tendido en el suelo como si el alma se le hubiera escapado de golpe… y Fendrik, que también era conducido por los soldados hacia el mismo destino que ellos.

Él no dijo nada. No luchó. Caminaba con la cabeza gacha, los hombros hundidos, la expresión neutra. Pero Nora podía ver la tormenta en su interior, un fuego ahogado por la culpa. Era como si estuviera atrapado entre el deber cumplido y el horror por lo que había hecho. Como si, dentro de él, dos voces se gritaran sin parar… y ninguna ganara.

En el instante en que todo ocurrió, la ira la había consumido. El deseo de venganza ardía en su pecho, incluso contra él. Pero pronto comprendió la verdad amarga: había sido ella… o todos los demás.

Y ahora, ya no quedaba nada más que hacer.

De nuevo los pasillos interminables se volvieron el nuevo paisaje entre sus ojos. E Har y los Hansa se habían quedado atrás, seguramente volviendo a sus labores de siempre y dejando aquel trabajo sucio para aquellos Nard que los sujetaban con fuerza como antiguos presos con infinidad de criminalidades a sus espaldas dirigiéndose a su inevitable destino.

Llegaron a una zona con tanta seguridad que daba escalofríos. Habían Oscuros armados apostados a ambos lados del corredor, inmóviles como estatuas, pero con una mirada que atravesaba la piel.




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