En los cielos

Capítulo 17.5: Un paseo entre celdas

Aisha se encontraba en una de esas prisiones que antiguamente utilizaban para los humanos que habían cometido atrocidades. Era irónico que ahora esos maleantes estuvieran fuera de ellas y los inocentes sufriendo por sus manos.

La habían interrogado por primera vez hacia unas horas y sentía un calor en su interior que le preocupaba que por su daño físico. Pero lo había mantenido a raya. Por ahora.

La celda era blanca, con cristaleras tan limpias que suponía que eran los primeros en llegar a aquellas instalaciones.

En primer lugar, ¿por qué había cárceles en esa zona?

En las celdas de al lado se encontraban Elya, el Teniente y Fendrik. Elya era el único que aún no tenía magulladuras, pero que seguramente de un momento a otro lo arrastrarían para su interrogatorio.

Los Nard se mantenían fijos en sus puestos sin hablar con los prisioneros y solo hablaban entre ellos pronunciando una única palabra para cuando era el cambio de turno.

Aisha se sentó en la esquina de su pequeño espacio y se llevó las rodillas al pecho. Después de tanto tiempo atrapada por su propia voluntad… ahora lo estaba en contra de ella.

Suspiró para sí misma.

No sentía miedo, pero la desesperación de un futuro incierto la ponía nerviosa. Le gustaba tener todo bajo control, pero sabía que aquella vida que había elegido —o que, al menos en gran parte, había elegido por su propia mano— no sería fácil de dirigir.

No supo cuánto tiempo permaneció en aquella posición, inmóvil, atrapada entre el dolor y el desconcierto. Pero, por el rabillo del ojo, alcanzó a ver cómo se llevaban a Elya. Él no forcejeó ni pronunció palabra alguna. Sabía, como todos los demás, que resistirse solo traería consecuencias nefastas. Con tantos guardias rodeándolos, los miembros de La Unidad guardaban un silencio absoluto, tan sumisos como el de los propios Oscuros frente al mismísimo El Har.

El Supremo…

Lo había visto en los Tándem, y después, cuando su vida fue elegida por aquellos Nard, aunque en circunstancias completamente distintas a esta. Aun así, tenía que admitirlo: el tiempo parecía no tocarlo. Aquel chico… hombre… ¿divinidad? Ya ni siquiera sabía cómo definirlo.

Monstruo, se corrigió en silencio. Es un monstruo.

Elya regresó tiempo después con el rostro cubierto de sangre seca y una mirada que no dejaba espacio a dudas: la venganza se había tatuado en sus ojos. Lo encerraron sin miramientos, y él se quedó allí, inmóvil, con la vista perdida en un punto inexistente.

Aisha recorrió la sala con la mirada. El Teniente no cesaba de observar los patrones de movimiento de los Nard, y era evidente que en su mente ya se entretejían decenas, si no cientos, de planes de escape.

Llevaba apenas dos años y medio en La Unidad, pero le bastaba para saber que aquel hombre no descansaba ni en sueños. Por algo era el Teniente de los rebeldes.

Luego estaba Fendrik, uno de los pocos que había estado presente en la creación de La Unidad junto con el Teniente. Aisha desvió la vista hacia él, intentando encontrar alguna grieta en su expresión imperturbable. Aquel hombre, ya centenario, permanecía sereno en su celda, como si verse encerrado fuera apenas una rutina más.

Conocía bien a Sera. Había sido una chica aplicada, comprometida, siempre esforzándose más allá de lo esperado en los entrenamientos y en todo lo que hacía. Por eso, incluso para ella, su traición había sido un golpe inesperado, como un disparo por la espalda.

¿Qué la había llevado a hacerlo?

Aisha no tenía respuestas, solo una certeza: no guardaba rencor a Fendrik por haberla eliminado sin titubear. A veces, la lealtad exigía decisiones que pesaban más que cualquier culpa.

Porque ella habría hecho lo mismo.

Aunque habían sido compañeras, compartiendo un mismo objetivo, la traición siempre te ponía al nivel de los enemigos. No importaba cuál fuera la razón detrás de ello.

Aisha se repetía esto en su mente, una regla no escrita que le había servido como salvavidas en tantas ocasiones. Sin embargo, no estaba tan segura de si esa misma certeza aplicaba en el caso de Nora, la chica nueva con quien apenas había hablado, pero cuya cercanía con Sera parecía evidente. Por lo que Aisha había observado, parecía que ellas habían sido mejores amigas, lo que solo hacía la situación más complicada.

La mirada de Nora era aún fresca, llena de dudas, como la de alguien que nunca había tenido que enfrentarse a la dureza de un mundo lleno de imperfecciones y verdades dolorosas. Pero Aisha podía ver algo más en sus ojos, una chispa que empezaba a forjarse, un reflejo de la madurez que inevitablemente llegaría. Lo sabía bien, porque ella había tenido esa misma mirada, años atrás, cuando su vida se rompió en pedazos irreparables.

Por las horas que habían transcurrido, intuía que ya debía ser de noche, aunque saber la hora exacta era un lujo que había dejado de tener desde que les emboscaron. Si se atrevía a echar un vistazo a su HoloCom, el Nard de guardia lo vería enseguida: el resplandor del holograma resaltaría en la penumbra, y probablemente le costaría uno o varios dedos… o algo aún peor.

Cansada de estar sentada, con las extremidades entumecidas por la inactividad, se levantó y comenzó a pasearse por la estrecha celda. Observó a los dos Nard apostados fuera. Dependiendo de quién tocara, podían estar tan aburridos como los prisioneros, sentados en una silla con la mirada perdida, o rígidos como estatuas, de pie sin mover ni un músculo. Esta vez, tenía ambas situaciones frente a ella.




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