Todos y cada uno de los mundos eran distintos, no sólo por las criaturas que lo habitaban, sino por la forma en que habían decidido sostener —o soportar— su propia existencia.
Y, sin embargo, Khalima siempre regresaba a la misma pregunta: ¿cuál de todos aquellos caminos era el correcto?
¿El mundo que, aun con sus imperfecciones, resiste y forja a su gente convirtiéndolos en una mejor versión de sí misma?
¿El que presume una perfección tan pulida que ya no necesita del dolor para justificar su armonía?
¿O aquel que avanza hacia su propio camino, condenado por los errores que se niega a reconocer?
Khalima comprendió entonces que la respuesta no estaba en elegir un modelo único.
La respuesta era sencilla: ninguna era correcta y al mismo tiempo todas lo eran.
CoNexus no era distinta.
Khalima sabía muchas cosas… pero el origen de aquella isla, y cómo había llegado a convertirse en lo que era ahora, seguía siendo un misterio incluso para él.
Observaba. Siempre había observado. Le fascinaba —y a la vez le perturbaba— contemplar los comportamientos casi inhumanos de quienes habitaban aquel lugar: individuos educados bajo una conducta que para ellos era incuestionablemente correcta… pero que en cualquier otro habría sido juzgado sin vacilación como errónea.
De esa contradicción nacía la pregunta inevitable:
¿Qué era realmente el bien y qué era el mal?
¿Evitar dañar o lastimar?
¿Y si no existía intención de hacerlo?
¿Y si el daño era apenas la consecuencia de algo más amplio, más profundo… más incontrolable?
Demasiados matices.
Demasiadas líneas difusas entre un blanco y un negro que, en CoNexus, parecían haber olvidado que alguna vez existieron.
Por eso, aunque a él lo hubieran adiestrado para eliminar en CoNexus, jamás había arrebatado una vida con sus propias manos. No porque careciera de habilidad, sino porque comprendía que cada existencia —fuera Nard, Gard o alguien del Distrito— poseía un valor que no merecía ese final.
Todos eran personas. Humanos.
Seres que habían vivido, elegido, sufrido y amado; seres que, por decisiones propias o por fuerzas que jamás pudieron controlar, habían sido arrastrados hasta aquel instante.
Algunos habían trazado su propio camino con determinación. Otros simplemente habían sido empujados. Pero, al final, comprendía que era el destino quien movía los hilos con una precisión silenciosa, moldeando a unos para convertirse en ejemplos de virtud, y a otros para transformarse en presencias que ni siquiera quienes los querían eran capaces de soportar.
Así lo veía él: No como verdugos ni víctimas, sino como piezas inevitables de un orden incomprensible.
No iba a criticar los métodos que empleaba La Unidad. Sabía que, si hubieran seguido el mismo sendero que él, probablemente habrían sido eliminados mucho antes.
Era su camino, su forma de pensar… el destino que estaban decididos a tejer para alcanzar una paz auténtica en medio de tanta falsedad.
Una forma curiosa e, irónicamente, hipócrita de lograrlo.
Eliminar como venganza a quienes ya habían sido eliminados.
Clamar contra el dolor mientras lo infligían con las mismas manos… aunque lo justificaran con rabia, con heridas antiguas, con un rencor que parecía no tener fin.
Hipocresía.
Hipocresía.
Hipocresía.
Pero así eran los humanos.
Así era Khalima.
¿Así era Khalima?