Día 2 al 8 del 2ndo Éter.
—¡Cele! ¡Veron! —exclamó uno de los veteranos al salir entre los demás, atrayendo todas las miradas.
Todos bajaron las armas, y la tensión que había impregnado el ambiente se disipó casi al instante al comprobar que eran de los suyos.
—Stuart —respondió el hombre recién llegado con una sonrisa sincera pero con un deje de melancolía—. Cuánto tiempo ha pasado.
Ambos se estrecharon la mano con fuerza antes de fundirse en un abrazo que hablaba más que las palabras. Luego, Stuart también abrazó con afecto a la mujer.
—Por favor, llámame simplemente Alfonnse… después de tantos años, los formalismos sobran —dijo con una sonrisa, mientras estrechaba manos y compartía abrazos.
Nora vio a Kaia y Aksel acercarse a Alfonnse con una sonrisa y abrazarlo también. Parecía que aquel hombre era querido por muchos.
—No te habíamos visto con todo el jaleo —comentó Aksel cuando terminó de abrazarlo.
Mientras aquellos pocos disfrutaban de un reencuentro cargado de nostalgia, el resto, aún doloridos y cubiertos de las heridas recientes de batalla, se limitaban a observar.
Entonces el Teniente también avanzó hacia ellos, seguido de cerca por el Comandante y la General. El trío intercambió saludos breves y algunas palabras en voz baja.
—Infiltrados —comentó Khalima, que se había acercado a Nora para tener mejor vista—. Cele en el Terra, Veron como Nard... y padres de Sera.
Nora lo comprendió todo en un instante.
Se acercó a ellos con paso decidido, aunque sin tener la menor idea de qué decir. ¿Darles el pésame? ¿Contarles que su hija había sido su mejor amiga ahí abajo, en aquel infierno? ¿Acaso lo sabían? ¿Estaban al tanto de la traición... y de la eliminación de su hija?
Al final se quedó a medio camino, lo suficientemente cerca como para notar, con un nudo en la garganta, lo mucho que Sera se parecía a ellos. Y eso le rompió el corazón un poco más.
—Cuando vimos la señal de ayuda en el HoloCom, supimos de inmediato que algo no iba bien —explicó Cele, con la voz cargada de inquietud, mientras recorría con la mirada a todos los presentes, observando las heridas, el agotamiento y el peso de lo vivido reflejados en sus rostros—. Pero que nos traicionara…
Entonces si que estaban al tanto de la situación. Al menos de una parte.
La mujer debía rondar los cincuenta y tantos, al igual que su marido. Pero, como ocurría con muchos de su generación, la edad no se reflejaba en sus facciones. Aun así, el brillo opaco en sus ojos delataba años marcados por el cansancio, la pérdida y una vida de resistencia encubierta dentro de La Unidad.
—Nuestra hija… —dejo en el aire la pregunta, aunque ya sabía de sobra la respuesta al no haberla visto en este rato.
Hubo un silencio incomodo.
—Siento lo de Sera… —dijo la General con voz serena, posando una mano en el hombro de Cele, en un gesto de comprensión y respeto. La mujer no pudo contenerse: los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.
—No entiendo cómo pudo… —su voz se quebró, rota por la confusión y el dolor. Veron la abrazó con fuerza, compartiendo la misma expresión desgarrada.
Nora, un poco apartada, vio a Fendrik pasar en silencio. Aquel viejo amigo, que la había acompañado incluso antes de que formara parte de La Unidad, aún no había alzado la mirada hasta entonces. Como si temiera enfrentarse al juicio inevitable en los ojos de los padres de la chica que él mismo había eliminado.
—Lo siento… —murmuró Fendrik, con la cabeza gacha.
Nora jamás le había visto así: tan indefenso, tan tímido… tan arrepentido.
Cele lo miró de reojo, todavía envuelta en el abrazo de Veron. Su rostro era una mezcla de tristeza y necesidad de entender.
—¿No había otra opción? —preguntó con la voz entrecortada, mientras se secaba las lágrimas con la punta de los dedos, tratando de recuperar algo de compostura.
Fendrik solo pudo negar con la cabeza, lentamente. La culpa lo había atravesado hacía rato, pero ahora se sostenía a duras penas de pie bajo el juicio silencioso de aquellos padres.
—No sé desde cuándo había empezado a trabajar para El Har, pero al parecer el trato era claro: llevarnos a una emboscada... y después conducirlos hasta aquí —dijo Fendrik, con la voz áspera, como si cada palabra le costara un poco más que la anterior.
—No quería hacernos daño —intervino Nora de pronto, sin poder contenerse más.
Todos se giraron hacia ella. Los padres. Los compañeros. Las miradas pesaban. Y Nora sintió cómo el silencio se le clavaba en la garganta antes de poder decir algo más.
La chica, se acercó a ellos.
—Pude verlo en su mirada… —dijo Nora—. Cuando El Har ordenó eliminarnos tras descubrirse su traición, parecía no estar de acuerdo. Intentó detenerlo.
—Pero íbamos a ser eliminados todos, y luego Sera se vería obligada a acatar sus normas igualmente... —intervino Leo, negando con la cabeza, con gesto amargo—. Y cuando ya no les sirviera, también la hubieran eliminado.
—Nunca estuvimos enfadados con vosotros —dijo Veron, con voz serena—. Tampoco contigo, Fendrik.