En los cielos

Capítulo 20: Aisha Khanna

Año 530 DLS.

¿Por qué tenían que inyectarse ese líquido azulado todos los días?

¿Acaso sabían realmente qué sustancias contenía?

¿Y si alguien decidía dejar de hacerlo... cómo podían asegurar que se volvería demente, si nadie conocía con certeza sus efectos?

Aisha Khanna observaba los datos oficiales sobre el Flux en su HoloCom.

Pero no los entendía.

Se suponía que debía asentir y pensar “es verdad, el Flux lo es todo”, como hacían los demás. Sin embargo, no podía evitar encontrar cuestionables aquellos textos que, aunque parecían ofrecer toda la información necesaria, carecían por completo de una fuente clara. Como si estuviera escrita... pero flotando en el vacío.

A sus diecisiete años, Aisha siempre se había sentido fascinada tanto por el pasado de la humanidad como por el presente y la tecnología que lo sostenía. Le maravillaba cómo habían llegado al punto en el que una simple pulsera controlaba cada aspecto de la vida cotidiana. Pero había algo que no lograba comprender: esa misma tecnología no se aplicaba de la misma manera a los habitantes del palacio.

¿Era acaso una especie de aristocracia encubierta, como en los tiempos antiguos? ¿Por qué ellos disponían de NCT ilimitados mientras el resto debía racionarlos cuidadosamente para no quedarse sin recursos antes de que terminara el año?

Y lo más inquietante de todo… era que nadie parecía cuestionarlo.

Ya nadie parecía sentirse a disgusto con su vida. ¿Y cómo podrían, si no les faltaba nada? Por el rabillo del ojo, Aisha vio a algunos de sus compañeros de clase entrar en la “biblioteca” de la Escuela Superior. Aunque ese espacio aún conservaba su nombre tradicional, hacía tiempo que había dejado de ser un lugar para leer libros físicos o estudiar en silencio.

La mayoría de los que se quedaban allí lo hacían para estar sumidos en sus HoloCom, como ella.

Pero a diferencia del resto, Aisha no estaba viendo las últimas novedades de CoNexus. Ella investigaba.

El Flux.

Las consecuencias de permanecer a gran altura.

El Har.

Ese hombre al que todos veneraban y que nadie parecía atreverse a cuestionar.

Un líder carismático, sí, pero también lo bastante inteligente y hábil para hablar en público con palabras suaves y gestos calculados, capaces de ablandar incluso el corazón más firme.

Pero Aisha se preguntaba: ¿qué había hecho realmente por CoNexus?

¿En qué se basaba su autoridad?

No era más que el heredero de un antiguo El Har que había sido eliminado de forma natural, hacía más de 150 años.

Su padre.

Y así, una tras otra, varias generaciones habían heredado aquel título como si se tratasen de una divinidad.

Hasta llegar al primer El Har, el que había decidido que ese nombre sería algo más que un rango: sería una ideología.

Pero… ¿cómo había conseguido aquel rango tan alto? ¿Qué le había dado el poder para controlar toda una nación?

Esa era la pregunta que el HoloCom, por más que lo intentara, no podía —o no quería— responder.

¿Acaso Antes de la Sombra y desde los comienzos de la humanidad ya existía un El Har?

Tampoco estaba claro.

Según la información que les proporcionaban en la Escuela Superior, el DLS —la sigla que se añadía a los años— marcaba el inicio de una nueva era en CoNexus. Supuestamente, era una forma de dejar atrás los errores del pasado, especialmente aquel accidente con las bombonas de oxígeno: los primeros prototipos de los sistemas anti mal de altura. Aquel fallo, decían, había provocado la eliminación de casi toda la población.

Pero eso no explicaba la obsesión por aquel hombre… Era como si hubieran personificado a los antiguos dioses en una sola figura. Como si todo esto fuera una especie de religión moderna disfraza de las creencias de antaño.

—Ey, blasfema —se burló el chico pecoso con una sonrisa torcida—. ¿Otra vez perdiendo el tiempo?

Aisha no respondió. Como siempre, otorgó su silencio como escudo.

No se movió ni un milímetro, absorta en la pantalla de su HoloCom, como si las palabras del otro fueran aire que simplemente pasaba.

—Te estoy hablando —dijo Barrik, agitando la mano frente a su cara tan cerca que, por un momento, la pantalla holográfica parpadeó y se distorsionó.

Los demás se rieron entre dientes, pero lo suficiente para que Aisha pudiera oírlos.

Ella no solía relacionarse con nadie. Siempre se mantenía al margen, sin molestar ni ser molestada… hasta que llegaban Barrik y su grupo a hacerle la vida aún más incómoda. Porque, sí, el sufrimiento había desaparecido de aquella isla flotante: no había enfermedades, ni accidentes, ni ninguna otra causa lo suficientemente extrema como para hacer que alguien realmente sintiera tristeza, desconsuelo o depresión. Incluso la muerte se había convertido en un destino programado, conocido por todos desde el nacimiento. Haciendo que un sentimiento como lo era el duelo de perder para siempre a las personas que más querías, en una caducidad inamovible, predecible y casi rutinaria.

Pero a pesar de todo, las personas, los seres humanos, seguían siendo egoístas, incapaces de dejar de aprovechar las oportunidades de obtener más cuando ya de por sí lo tenían todo. Y, por supuesto, no dudaban en molestar a aquellos que se salían de la norma, como Aisha.

Algunas cosas no cambiaban con el paso del tiempo, pensaba Aisha mientras permanecía inmóvil, observando su HoloCom.

—Te vas a quedar ciega —comentó el primer chico, sonriendo de manera burlona.

Su cabello oscuro se movía suavemente cuando reía, estirando las pecas de su rostro con cada sonrisa.

—¿Ciega? —preguntó su amigo, con el cabello recogido en un moño.

Tenía los ojos rasgados y tan oscuros que, si alguien se ponía creativo, podría acusarlo de burlarse de los mismísimos Nard.

—Se refiere a la enfermedad visual que antiguamente nos hacía perder la vista… —explicó Aisha sin ganas.




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