Desde ese día, Clara se convirtió en una gran ayuda para mí. Dos o tres veces por semana salíamos juntos hacia las profundidades del bosque.
Con su insaciable insistencia, lograba convencer a mi madre de que nos dejara ir solos.
Las historias que Clara contaba al regresar —sobre cómo pasábamos las tardes jugando, explorando y recogiendo flores silvestres junto al río— parecían menguar la preocupación de mi madre, hasta que llegó el día en que ya no hubo negativa alguna, y podíamos salir libremente, siempre volviendo antes de la cena.
Cloe, por su parte, se divertía usando sus sombras para fastidiarla; se burlaba de ella como, años atrás, lo había hecho con mi madre.
A diferencia de esta, Clara soportaba cualquier maldad que le hiciera, incluso bromeaba con ella. Cloe terminó por acostumbrarse a su presencia después de las primeras semanas y, aunque con reservas, comenzaron a volverse cercanas; Cloe jamás lo admitiría. Por mi parte, deseaba que todo siguiera igual. Gracias a Clara, ahora podía visitar a Lorelei por las tardes, observarla y deleitarme con su delicada belleza.
Clara era la acompañante perfecta: obediente y leal.
Mientras yo viajaba durante horas con Cloe para visitar a mi querida amiga, ella permanecía en el claro sin moverse, paciente, a la espera de mi regreso.
—¿No crees que eres un poquito cruel con aquella chiquilla, Cast? Y mira que te lo digo yo —me dijo Cloe una de esas tardes, mientras yo contemplaba a Lorelei leyendo el libro que le había narrado durante nuestro primer regreso a casa juntos—. La dejas sola todo el día para venir a ver a esta... —en su rostro apareció una chispa de desprecio, tan minúscula que bien podría haberla imaginado—, a tu amiguita que ni siquiera sabe que estás aquí.
—Le basta estar a mi lado —contesté sin mucho interés. Lo único que deseaba era grabarme cada detalle de Lorelei: su rostro, su cuerpo. Cada vez que la visitaba, la veía más resplandeciente, más hermosa. Se estiró sobre la cama antes de pasar la página y continuar leyendo. Sus movimientos, por más minúsculos que fueran, me parecían un hechizo del cual no podía —ni quería— escapar.
—O más bien, junto a tu cuerpo sin alma, sentado en ese tronco viejo —farfulló, cruzándose de brazos. Pero no la escuché. Se inclinó hacia mí, acercando los labios a mi oído, y agregó con deleite—: Esa mocosa está enamorada de ti, Cast.
Pensando que hablaba de Lorelei, me sonrojé y miré con más atención cómo giraba otra página mientras suspiraba.
—¿Lo crees? Ha pasado más de un año desde la última vez que nos vimos —mi voz salió dulce, cálida.
—No hablo de ella, niño tonto. —Se irguió, y una sonrisilla maliciosa curvó sus labios antes de continuar—. Hablo de la conejita asustadiza... Clara, la chiquilla que, en este preciso momento, te espera sola en el bosque.
Sus palabras me sacaron de mi contemplación. Sacudí la cabeza y la miré con la nariz fruncida.
—¿De qué hablas? ¿Clara? ¡Nunca! —La sola idea me resultaba desagradable. La curva en sus labios se volvió más amplia, sus dientes resplandecieron haciéndome sentir una incomodidad creciente que se instalaba en mi estómago.
—Sé de qué te hablo, niño. He visto esa misma forma en la que ella te observa antes y... bueno, ¡mírate ahora!, estás aquí.
Sabía exactamente a qué se refería. La vi, lanzándole una mirada de advertencia para que guardara silencio.
Aunque era consciente de que Clara buscaba desesperadamente ser aceptada —al punto de pasar horas sola en el bosque cuidando lo que no era más que un cuerpo inerte—, me resistía a creer que sus sentimientos fueran tan profundos.
Y, de serlo, no podía corresponderlos. Me negaba a alimentarlos. No quería repetir lo que mi padre había hecho con mi madre.
—No seas ridícula. —Me levanté del buró donde estaba sentado; no podía ensuciar la imagen de Lorelei con una conversación tan irritante. — Volvamos a casa.
Cloe soltó una carcajada llena de ponzoña.
—Bien, si así lo deseas... despídete de tu a-ma-da —pronunció cada sílaba, divertida por el visible estremecimiento que provocaba en mí.
Al regresar al bosque, Cloe nos hizo aparecer unos metros alejados del claro, donde se encontraba mi cuerpo.
—¿Qué? Cloe, te equivocaste de...
Me interrumpió poniendo su mano sobre mi boca mientras negaba con su dedo índice. Su mirada era felina, llena de intención.
—Ven acá, cariño —me susurró, jalándome hacia atrás de una enorme roca.
Se asomó por un costado de ella haciéndome un gesto con la mano para que hiciera lo mismo. Desde ahí podíamos ver, ocultos, el lugar donde se hallaba mi cuerpo. Clara no nos había notado.
Normalmente, el frío y las sombras de Cloe anunciaban nuestro regreso, y ella se preparaba para recibirme de forma amistosa, aunque siempre con cierta reserva; mantenía una distancia prudente.
Pero ahora la veía a lo lejos, quieta, con los codos apoyados en las piernas y la cara reposando en sus manos. Parecía absorta en la contemplación de mi ser. Sus ojos brillaban de una forma que me erizó la piel: su mirada era tan intensa que parecía acariciar físicamente mi cuerpo. Sus mejillas, teñidas de un delicado rosa, revelaban lo que trataba de ocultar.
Cloe me observaba con una sonrisa burlona.
—¿Ves a lo que me refiero?
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Editado: 13.02.2026