Los años transcurrieron sin que lo notáramos.
Clara se había convertido en una joven de dieciocho años, atractiva y segura; seguía siendo tan enérgica como cuando éramos niños. A pesar de los miles de intentos de Cloe por influir en su forma de vestir y actuar a un modo más sombrío y serio; ella se mantenía fiel a su estilo fresco y salvaje. Ahora usaba maquillaje que resaltaba el brillo cálido de sus ojos miel, y la mayoría del tiempo llevaba su largo cabello castaño recogido en una trenza de espiga que, con cada año, se hacía más larga.
Ese modo tan femenino y libre llamaba sobremanera la atención de nuestros profesores y compañeros. Me resultaba curioso ver cómo todos a su alrededor buscaban su aprobación: la adulaban, se esforzaban por llamar su atención. La pequeña niña rechazada se había convertido en una joven admirada, a quien ya no le importaba destacar ni hacer nuevos amigos; se mantenía siempre a mi lado, rechazando a quien se acercara con una sonrisa amable.
Habíamos regresado a las escuelas poco después de cumplir los trece, cuando fue inevitable reintegrarnos al sistema para iniciar la educación media. Aunque yo era un año menor, logré certificarme para ingresar al mismo tiempo que Clara. Le insistí a mi madre que nos dejara estudiar en el Instituto Nightfell; después de todo, seguía siendo el colegio más reconocido de la región y yo ya no era aquel niño al que podían molestar.
En todos esos años, también había cambiado.
Gracias a Cloe, no solo me había vuelto más fuerte a nivel energético, sino también físicamente. Una vez que fui capaz de canalizar toda mi magia y alcanzar mis límites, ella comenzó a entrenarme en combate cuerpo a cuerpo. Según sus propias palabras, mi cuerpo debía estar en equilibrio con mi alma si quería seguir desarrollándome y superándome a mí mismo.
Me volví más alto. Ahora medía un metro ochenta y nueve, más de una cabeza por encima de Clara, aunque aún me llamaba enano cuando estábamos a solas, como un guiño a los años pasados. Cloe había reducido gradualmente la ilusión de la cicatriz en mi nariz; ya no necesitaba seguir fingiendo, pues ante la vista de todos parecía haberse curado de forma natural.
Clara y yo nos habíamos vuelto inseparables, como hermanos y allá donde iba yo ella me seguía.
—¿Iremos hoy al bosque? Hace mucho que no veo a Cloe —dijo Clara, acomodándose la mochila mientras caminábamos hacia la salida del instituto.
—No lo creo. Se acercan los exámenes finales y la ceremonia de graduación. Sabes que madre ha estado insistente con llevarnos de compras para tu vestido y mi traje.
—Lo sé... pero podríamos hacerlo mañana, es fin de semana y tendremos tiempo para ir al centro de la ciudad. Amabas ir al bosque por las tardes, ahora sólo lo haces por la noche y yo ya no puedo acompañarte. ¡Vamos!, ¿Qué dices? ¡Por favor! ¡Por favor, Cast!—Se interpuso en mi camino, como siempre hacía cuando deseaba convencerme de algo. Juntó las palmas de las manos y comenzó a frotarlas en gesto suplicante. Los demás estudiantes nos miraban: a ella con ternura y diversión; a mí, con miedo y celos por ser el único capaz de tener su atención.
—Basta —murmuré entre dientes—. Estás haciendo un espectáculo.
Eso solo hizo que elevara el tono de su voz.
—¡Cast! ¡Te lo suplico! ¡Sal conmigo!
Sentí el calor subir por mi cuello. Mis manos comenzaron a sudar; la tomé de las muñecas, deteniendo su movimiento, y la jalé hacia mí hasta que las puntas de sus pies chocaron con las mías. Me incliné para que nadie pudiera escucharnos. Sentí en mis labios el calor que emanaba de ella; lancé una mirada fugaz a los suyos antes de fijarme en sus ojos.
—Bien, bien... iremos al bosque después de la comida. Pero baja la voz, la gente puede malinterpretar.
—Que lo hagan —dijo con una sonrisa nerviosa. Se retorció para soltarse de mi agarre; disminuí la presión para permitirle hacerlo. Me dio la espalda y comenzó a caminar—. Después de todo... no me molestaría que lo hicieran.
Bajó la voz hasta casi un susurro. Observé cómo las puntas de sus orejas se teñían de rojo. Mis labios se curvaron, ligera y juguetonamente. Avancé detrás de ella, con los brazos cruzados.
Apenas dimos el primer paso fuera, corrió hacia el auto donde Ester nos esperaba. Subimos los dos al asiento trasero y, mientras el vehículo se ponía en marcha, miré por la ventana la fachada imponente del instituto.
Mi sonrisa se desvaneció al instante, al recordar la primera vez que salí de ahí tomado de la mano de Lorelei.
Lorelei...
Desde que comenzamos a asistir al colegio, mi tiempo libre había empezado a reducirse. Entre las clases, el trayecto de ida y vuelta, mis deberes en casa y las responsabilidades heredadas como hijo del dios de la Luna, las visitas a su hogar se fueron volviendo escasas. Una parte de mí comenzaba a resignarse. Habían pasado casi nueve años desde nuestra separación, y era probable que ella ni siquiera se acordara de mí.
Incluso antes de que empezara a cancelar mis citas vespertinas con Cloe por decisión propia, ya notaba que Lorelei pasaba menos tiempo en casa. Muchas veces mi energía se agotaba esperándola; ella nunca aparecía.
—Deberías olvidarte de ella, cariño —me había sugerido Cloe una tarde, durante una de nuestras visitas diurnas a casa de Lorelei—. Pronto entrarás a esa cosa de la que tanto hablas... ¿universidad? Sí, eso. Y no tendrás tiempo para estas tonterías.
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Editado: 13.02.2026