—¡Vamos, Cast, apúrate! —decía Clara, haciendo bocina con las manos mientras caminábamos por una de las zonas más exclusivas de la ciudad.
En todos estos años, el lugar había crecido inmensamente, tanto en población como en infraestructura. Las industrias automotrices y textiles se habían instalado en las afueras, impulsando el desarrollo económico. Por supuesto, mi madre —como titular de la compañía Crow— supo cómo adentrarse en ese nuevo mercado y seguir expandiéndose.
Los pequeños comercios que antes daban cierto encanto a las calles ahora eran reemplazados por grandes cadenas de tecnología, moda, entretenimiento. Las fachadas se alzaban limpias, brillantes y modernas, mezclándose con los antiguos edificios de piedra y ladrillo. Era todo un espectáculo visual.
—No te adelantes, Clara. Ni siquiera sabes a dónde vamos —dije con voz calmada.
Mi madre caminaba a mi lado, entrelazando su brazo con el mio. —Déjala, Cast —intervino con una sonrisa mientras observaba a Clara con dulzura—. Hace mucho que no la veo tan radiante.
La miraba como una madre a su hija.
Detrás de nosotros venían Ester y los señores Vera, caminando a un paso más lento. La edad comenzaba a cobrarles factura, volviendo pesados sus pasos. Mi madre, consciente de ello, había decidido aligerar sus responsabilidades en el hogar y hacerse cargo de ellos. Ester, en agradecimiento, se esforzaba aún más por mantener la mansión impecable. Clara la ayudaba siempre que podía, aunque su madre solía negarse, queriendo que aprovechara su tiempo para divertirse y estudiar.
Sin previo aviso, Clara echó a correr hacia un concesionario a unos metros, deteniéndose justo junto a un deportivo convertible de lujo. La pintura negra mate parecía absorber la luz a su alrededor. Las llantas del mismo color, con rines cromados, hacían juego. El interior, visible por el techo abierto, exhibía asientos de cuero rojo al centro y azabache a los costados, con costuras finas y un tablero digital.
Clara giró hacia mí, agitando la mano como una niña emocionada. —¡Cast! ¡Cast! ¡Ven, mira esto! ¡Mira!
Incómodo ante su reacción, giré el rostro hacia un lado con un leve gruñido, fingiendo no haberla escuchado.
—¡Tía Elisa! Dile que se apure —protestó Clara con mueca de fastidio, dando un golpe con su pie al piso.
Mi madre rió por lo bajo y me jaló suavemente del brazo para animarme.
—No seas tan gruñón, Cast. Vamos, te va a gustar.
Intenté disipar mi incomodidad. Miré al cielo y le regalé a mi madre un intento de sonrisa antes de soltarla y adelantarme hasta Clara.
—Bien, ya estoy aquí. ¿Qué querías que viera, Clara?
—¿Estás bromeando, cierto? ¿Esa es tu reacción ante semejante belleza? —dijo, señalando el auto con ambas manos, como si fuera una obra de arte.
En ese momento, un agente salió del concesionario, cuidando de no interrumpirnos. Clara se inclinó sobre el auto con medio cuerpo adentro y medio afuera, elevando los pies del piso, pinchaba el tablero y acariciaba los asientos. La jalé por la cintura, regresándola al piso.
—Baja de ahí, nos meterás en problemas.
Me quedé con las manos alrededor de su cuerpo, sintiendo la tela de su vestido tan ligero que por un momento creí estar tocando su piel con la yema de mis dedos. Me estremecí al darme cuenta del calor que comenzaba a invadirme y la solté como si fuera un animal venenoso. Se giró con un respingo, mirándome con mueca de disgusto.
—Podrías ser más delicado —dijo, llevando su trenza hacia atrás de su hombro—. Además, ¿por qué nos metería en problemas?
—Deja a Clara, Cast —mi madre me tomó del hombro para que volteara a verla, sonreía. Extendió la mano libre. El agente se acercó y le depositó un juego de llaves. —A menos que te moleste que examine tu auto.
Mi semblante cambió por completo a uno de sorpresa. Miré a mi madre, luego a las llaves, y después al auto, con Clara frente a él, intentando no saltar de la emoción.
—¿Mío?
Clara no pudo contenerse. Soltó un chillido de alegría y me jaló del brazo para llevarme al auto. Por la sorpresa, no me resistí y me dejé guiar.
—¡Sí! ¿No es precioso?
—Clara me ayudó a escoger el modelo y el color —intervino mi madre con una sonrisa.
—Dijo que combinaba con el color de tus ojos —bromeó Arturo, que al fin había alcanzado nuestro pequeño grupo.
—¡Abuelo! —protestó Clara, notablemente sonrojada—. Yo no dije eso... dije que combinaría con su estilo... —murmuró entre dientes.
—Bueno, bueno, basta de tonterías. ¿Qué dices, Cast? ¿Te gusta? —mi madre se acercó, ofreciéndome las llaves.
—Madre, es... —me abalancé sobre ella y la abracé con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndola girar en el aire—. Es increíble.
Sorprendida por el gesto, rió. —¡Basta, Cast! ¡Bájame! ¡Bájame! —su risa invadió mis oídos. La deposité con suavidad en el piso; me devolvió el abrazo y me besó en la mejilla antes de separarse con una mueca enternecida.
—Es tu regalo adelantado de graduación e inicio de la universidad. Sé que Ester te ha estado enseñando a manejar a escondidas —agregó, lanzándole una mirada acusatoria a Clara.
Ella solo se encogió de hombros con una sonrisita cómplice.
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Editado: 13.02.2026