Me encontraba sentado en una roca frente al río. El agua, cristalina, reflejaba un hermoso resplandor azul verdoso bajo la luz del sol. Hundido en mis pensamientos, no noté el momento en que Clara se acercó a la orilla... hasta que me lanzó agua, empapándome las piernas y parte del torso.
—¡Tierra a Cast! ¡Tierra a Cast! —dijo, visiblemente molesta—. Está bien que seas el hijo del dios de la Luna, pero no vivas en ella. ¡Por los dioses!, siempre debo decirte lo mismo. Se suponía que esta era nuestra tarde libre juntos, y desde que salimos de la tienda esa, has estado perdido en tu mundo.
Me sacudí el agua con fastidio, gruñendo. Luego la miré. Sus ojos reflejaban decepción y molestia... y cariño. Inspiré hondo, solté el aire en un largo suspiro y me puse de pie sobre la roca. Tenía razón. Había prometido a Cloe —y a mí mismo— que dejaría de aferrarme a mis fantasías y empezaría a valorar más lo que tenía delante.
Aunque, a pesar de mis intentos, no lograba ver a Clara como algo más que una amiga —o una hermana—, era innegablemente atractiva; compartíamos buenos momentos y siempre estaba pendiente de mí. Quizá, si lo intentaba un poco más...
Me esforcé por enterrar la imagen de aquella chica —junto con mi anhelo por Lorelei— lo más profundo que pude, y traté de enfocarme en el presente.
—De acuerdo, de acuerdo —dije, resignado—. Me quité la playera, dejando el torso al descubierto. Empujé mis sandalias a un lado y me lancé al agua de un clavado. Salí justo frente a Clara, peinándome el cabello húmedo hacia atrás con una sonrisa desafiante.
Su mirada, notablemente nerviosa, se quedó fija en mí. Sus labios entreabiertos se movieron con lentitud; de pronto, me arrojó agua, esta vez directo a la cara.
—En serio, ¿qué pasa contigo? Eres más engreído de lo normal estos días —dijo, con un temblor en la voz que me hizo sonreír con aire triunfal.
Ella me dio la espalda y nadó hacia el centro del río.
—¿No cree que se está tomando muchas libertades hoy conmigo, señorita? —bromeé, antes de sumergirme y jalarla de la pierna para hundirla conmigo.
Pataleó y volvimos juntos a la superficie.
—¡Estás demente, Cast! —farfulló enfurecida, tomando una gran bocanada de aire; con la mano me lanzó agua sin conseguir tocarme.
Acorté la distancia entre nosotros en dos brazadas, poniéndome serio de una. Intentó alejarse.
—Espera... quédate quieta, tienes...
—¿Qué?, ¡dioses, ¿qué tengo?! —su voz se quebró por los nervios; sus ojos estaban muy abiertos—. ¡Quítamelo!
—shh... quieta. — susurré en su oído su piel se estremeció con el rose de mi aliento, pasé mis manos por detrás de ella sin llegar a abrazarla, con cuidado quité el listón que sostenía su trenza, la recorrí con mis dedos, liberando cada hebra.
—Listo —me alejé con un movimiento rápido. Le lancé una ola de agua directo a su rostro. Su cabello la cubrió como un revoltijo dorado. Lo apartó con las manos; parecía un gato empapado.
Solté una carcajada sincera.
—¡Cast!, eres un bobo.
—Tú empezaste. ¿Qué te hace pensar que puedes arrojarme agua tres veces en un día y salir indemne?
—¡Ya verás!
Comenzamos a arrojarnos olas, a jalarnos y a hundirnos mientras reíamos de verdad, hasta que terminamos exhaustos y decidimos salir del río.
—Te hacía falta un descanso —me dijo sin dejar de sonreír, mientras exprimía suavemente su cabello y me miraba de reojo.
Elevé el labio derecho mientras me alborotaba el cabello con una toalla pequeña. —Supongo... —murmuré, enderezándome y dejando que la vista se perdiera en el río—. En todos estos años no había vuelto a nadar aquí, salvo en los entrenamientos con Cloe, pero...
—Pero eso era más una prueba de supervivencia —respondió con ironía—. Aún recuerdo la primera vez: te arrojó sin piedad, a pesar de que no sabías nadar y era invierno.
Mi sonrisa se ensanchó al recordar aquel momento. Había sido uno o dos años después de comenzar mi entrenamiento. Cloe ya me había advertido que debía fortalecer mi cuerpo al mismo ritmo que mi alma, y la primera gran idea que tuvo fue traerme a este mismo lugar... y lanzarme sin miramientos a las aguas heladas, sin siquiera dejarme quitar el abrigo o las botas.
Lo hizo, según sus palabras, para "poner a prueba mi capacidad de mantener la calma y salir de una situación de riesgo". Y así fue como aprendí a nadar: mi orgullo venció al miedo.
A pesar del entumecimiento, del ardor en la piel por el frío y del peso de mi ropa empapada, logré salir a flote e impulsarme hasta llegar a la orilla. Donde Cloe me esperaba, carcajeándose, como era su costumbre.
—Sí... Nunca he entendido del todo las formas de Cloe.
—Dímelo a mí —bromeó Clara. De pronto se detuvo—. Oye...
Se enderezó y caminó hacia mí con curiosidad. —Nunca había visto eso —dijo, señalando mi cadera.
Bajé la mirada.
—Es una...
Su dedo estuvo a punto de tocarme la piel. Carraspeé exageradamente.
—Es un lunar. ¿Nunca habías visto uno? —Mi voz sonó más sarcástica de lo que pretendía; a ella no pareció molestarle. Al contrario, me dio un fuerte piquete con el dedo antes de apartarse.
#7671 en Novela romántica
#3398 en Fantasía
magia amor misterio demonios y dioses, magia amor fantasia, romance +16
Editado: 13.02.2026