En los ojos de la luna

Capítulo 20

Salí de mi habitación a medianoche, como era costumbre, subiendo el cierre de mi rompevientos negro. Crucé en silencio el pasillo de las habitaciones. Clara abrió su puerta justo cuando pasaba frente a ella.

—¿Ya te vas? —susurró.

Asentí y me acerqué al marco de su puerta. —Sí, Cloe debe estar esperándome.

—Está bien, espera... llévale esto. —Volvió a su alcoba y tomó los lentes que le había comprado de su mesita de noche—. Dile que van de mi parte.

—Lo más probable es que ya lo sepa.

Clara frunció ligeramente los labios.

—¿Crees que todo el tiempo está bajo tu sombra?, anda, no importa, llévaselos.

Sonreí —Está bien, lo haré. Ahora vuelve a tu habitación antes de que despiertes a alguien.

Tomé los lentes de su mano, pero ella no los soltó de inmediato. Bajé la vista a su rostro: miraba fijamente los lentes.

—¿Puedo ir contigo?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Sabes que no. Volveré hasta muy tarde. Mejor duerme. Mañana podemos volver al río o salir a algún lugar por la tarde.

—¿Por qué ya sólo vas en la noche?, ¿ya no necesitas entrenar como antes? —Su mirada se alzó hacia la mía.

—No... —tragué saliva — ya no es necesario, solo por las noches. —Intenté que mi voz sonara lo más natural posible, aunque sentía una opresión creciente en el pecho. Aún no lograba desprenderme del todo de aquella imagen y menos de la ilusión de volver a estar con ella. —mi fuerza irá incrementando conforme vaya cazando oscuros y sanando a los grises, ahora podremos pasar más tiempo... juntos.

Clara soltó los lentes, me rodeó con sus brazos. Me pregunté cuántas veces se habría contenido por mis constantes negativas al contacto físico. Ahora, en cambio, parecía dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para recuperar cada abrazo reprimido. Su tacto era cálido aunque aún me resultaba extraño; me obligué a no rechazar su muestra de afecto. Alcé una mano y la posé en su cabeza, acariciando suavemente su cabello. Pegó aún más su frente a mi pecho.

Busqué con la mirada alguna excusa para salir de ahí. La aparté con suavidad.

—Debo irme.

—Sí, es verdad... corre, o Cloe podría molestarse —dijo aún con sus manos en mi cintura.

Se alzó de puntas, sentí su aliento mezclarse con el mío, sus labios a punto de tocar los míos; desvió su avance en el último momento besando suavemente mi mejilla. Se apartó, viéndome con esa seguridad tan característica suya, enderezando la espalda como si esperara algo: una palabra, un gesto, cualquier señal de mi parte.

Me quedé observándola por un breve instante. Di media vuelta y salí hacia el hueco de las escaleras.

—Ja, ja, ja, ja —La risa estruendosa de Cloe me perforó los oídos. No habían pasado ni dos segundos desde que había llegado al claro, cuando se desprendió de mi sombra y comenzó a carcajearse sin siquiera saludarme o decir una palabra.

La observé con tedio, cruzando los brazos y recargándome contra el tronco húmedo de un árbol, esperando su sosiego. Cuando por fin su risa cesó, me dirigió una mirada burlona y pícara.

—Esa chica no pierde ni un segundo, ¿no es verdad, cariño?

—Déjame en paz, Cloe. Tú fuiste quien sugirió que le diera una oportunidad.

—Sí, pero no esperaba que ella la aprovechara tan bien —dijo, desvaneciéndose en sombras, apareciendo a mi lado en un instante. Sacó los lentes del bolsillo de mi rompevientos y se los colocó con teatralidad—. Son lindos. Aunque tienes razón: sería una pérdida de tiempo mezclarme entre humanos a plena luz del sol...—volvía a leer mi mente. — aunque, por ver de cerca el avance de Clara, tal vez haría una excepción.

—¡Basta, Cloe! Guarda silencio —sentencié, visiblemente disgustado—. Mejor vámonos ya. Esta noche quiero probar algo.

Me desprendí de mi forma física. Cloe se quitó los lentes e hizo que una de sus sombras los guardara en algún lugar que no pude descifrar. Nos trasladó a uno de los puntos con más almas errantes de Nightfell que habíamos encontrado en los últimos meses: un barrio marginado en los límites de la ciudad.

Las calles estaban desiertas; sólo se veía de vez en cuando algún gato o perro callejero que al notar nuestra presencia, huían o se escondían para observarnos atentos entre cajas y botes de basura. Con el tiempo había notado que los animales tenían ese sexto sentido para percibir a los espíritus y seres extradimensionales... y que no les agradábamos del todo.

Caminamos un buen rato sin éxito en nuestra búsqueda, hasta que una pequeña figura cubierta de energía blanquecina salió disparada desde un hueco en lo que parecía ser un local abandonado, con las puertas metálicas cubiertas de grafitis y rayones. El pequeño ser, al vernos, echó a correr directamente hacia nosotros. Sus brazos eran desproporcionadamente largos, sus manos casi se arrastraban por el suelo, y sus enormes ojos me miraban con desesperación.

Las puertas metálicas comenzaron a sacudirse con golpes fuertes desde el interior.

—Cloe... ¿qué es eso? —pregunté, señalándolo.

—Un goblin... su alma —respondió ella, dubitativa, mientras sus ojos se desviaban instintivamente hacia la puerta metálica por la que había salido la criatura, justo cuando el pequeño se abrazó con fuerza temblorosa a mi pierna.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.