En los ojos de la luna

Capítulo 22

En el momento en que volvimos al bosque, mi visión era apenas un borrón; sentía el mundo girar a mi alrededor.
—Vamos, cariño —Cloe me sostuvo, ayudándome a mantenerme en pie. Sentí una pequeña mano jalarme del dedo índice: el goblin intentaba ayudarme también.
Mi alma comenzaba a colapsar por la falta de energía; el aire me faltaba.

—Tranquilízate, por favor... no cierres los ojos —la voz de Cloe se volvió un eco lejano. Alcancé a vislumbrar mi cuerpo, a solo unos centímetros de mí. Entré en él con desesperación.

Al volver, di una bocanada de aire. Tosí, sintiendo mis pulmones arder. Mi cabeza punzaba como si cientos de agujas se clavaran en ella, y mis extremidades estaban heladas, entumecidas, hormigueantes.
Cloe se dejó caer a mi lado, enterrando el rostro entre sus manos.
—Apúrate a recuperarte, cielo. Necesito que me des energía... ¡ya! —dijo, sonriéndome de reojo a través del hueco de sus dedos.

El goblin trepó por la corteza del árbol hasta llegar al regazo de ella, donde se sentó para observarme con ese rostro horrendo y desproporcionado. Al notar mis ojos sobre él, sonrió, dejando al descubierto su encía rosada en los huecos donde faltaban dientes. Apenas pude devolverle una sonrisa antes de alzar la vista al cielo.

Los rayos de luna me acariciaron. Cerré los ojos, dejándome envolver por esa calidez plateada que me llenaba el pecho.

Cuando el dolor de cabeza se disipó lo suficiente y recuperé algo de fuerza, tomé a Cloe por los brazos y la hice recostarse sobre mi hombro. Ella se dejó llevar.
Comencé a sanarla.

Cuando terminé, se incorporó lentamente, estirando las piernas y los brazos con un suspiro que se antojaba de tanta despreocupación que emitía.

—¿Qué te dijo esa cosa? —pregunté, clavando la vista en el goblin.
El hombrecillo trepó con agilidad por el vestido de Cloe, jalándolo sin cuidado en su ascenso hasta llegar a su hombro, donde le susurró algo al oído.

Ella lo apartó dándole un papirotazo en la frente, con una mueca de repulsión.
—No te permití tanta cercanía, criaturilla —espetó con desdén, antes de incorporarse e inclinarse hacia mí, mostrando esa sonrisa blanca y peligrosa.

—Escúchame bien, Cast —dijo, abriendo los ojos con intensidad mientras su sonrisa se ensanchaba. Las sombras que los rayos de luna proyectaban sobre su piel de porcelana la volvían aún más perturbadora. Se inclinó un poco más, con movimientos lentos, marcados, como una cazadora disfrutando el miedo de su presa. Alzó las manos imitando garras.

—Ese al que tú llamas rojo bebió de mi sangre aquella vez —esa en la que te salvé la vida, por cierto—. De alguna forma, así como las almas de los suicidas se funden a su cuerpo y le otorgan poder a través del sufrimiento que tuvieron en vida... también una parte diminuta de mi esencia lo hizo. Eso lo ha hecho más fuerte... y material.

—¿Material? —pregunté, notando que se había acercado tanto que el aroma a romero y canela subía por mi nariz. Ese perfume oscuro y cálido siempre me relajaba. Desde niño me encantaba; me hacía sentir a salvo, incluso ahora. Aunque me sentía agotado mentalmente por tanto ajetreo, y la sobreactuación de Cloe no me resultaba divertida en este momento.

Ella, al leer mis pensamientos, suspiró y dio media vuelta. Se dejó caer con todo su peso sobre mi regazo.

—¡Agh! Cloe, no hagas eso —gruñí, pero ella ignoró mi protesta y apoyó la cabeza en mi pecho, exhalando con dramatismo.

—¿Ves a esta alma? —preguntó, tomando al goblin entre sus dedos y alzándolo frente a su rostro. Él me miró y agitó su manita en un saludo torpe mientras Cloe lo hacía girar con un gesto distraído, como un juguete entre sus manos.

—Sí.

—Entonces notarás que no es un suicida. Su aura es blanca y los rojos...

—...solo se alimentan de suicidas —fruncí el ceño—. ¿Entonces qué hacía persiguiéndolo?

Cloe me sonrió con satisfacción ante mi deducción. —Normalmente, los rojos no pueden matar directamente a sus presas en estado físico. Solo se adhieren a ellas y... bueno, las consumen. Se alimentan de su pena y las inducen a lo que ya sabemos. Pero este rojo es diferente. Cuando bebió de mi sangre, supongo que adquirió algo más que fuerza: la habilidad de acabar con seres sin necesidad de que tengan instintos suicidas.

Esa cosa cazó a este goblin mientras buscaba tesoros en aquel local. Según me contó el hombrecillo, solo sintió que algo helado comenzó a colarse en su cuerpo; un miedo extraño lo paralizó y cayó desmayado. Cuando despertó, se vio a sí mismo tirado en el suelo... y al rojo frente a él. Entonces comprendió que su cuerpo ya no tenía vida. Verás, Cast... los goblins no pueden morir de forma natural. Toman energía vital de la tierra, y de esa manera son casi inmortales. Sin embargo, son criaturas débiles. Aun así, nadie los caza; son tan amistosos que nadie pensaría en dañarlos... hasta ahora. El rojo quiso devorar su alma, seguramente con la intención de obtener también parte de esa conexión terrenal. El enano logró huir y fue justo ahí cuando lo encontramos.

Me quedé en silencio un largo rato, observando cómo las ramas de los árboles se mecían con el viento. —¿Cómo pudo hacerlo? —pregunté al fin—. ¿Cómo pudo matarlo sin necesidad de poseerlo y llevarlo al...?

—Bueno, cariño —se adelantó Cloe con un deje travieso en la voz—, estoy tan confundida como tú. Solo puedo pensar en una posibilidad. Verás... normalmente puedo manejar mis sombras a voluntad, hacerlas tangibles o intangibles, como ya has notado. Lo mismo con mi cuerpo. Tú sabes que, en el plano astral, puedo ir y venir sin necesidad de desprender mi alma y que, cuando es necesario, puedo volverme volátil. Es una habilidad de mi clan. Los estúpidos rojos, obviamente, no tienen ese poder. Son torpes y... asquerosos, con tantas caras y ojos y... —Hizo una mueca exagerada, sacando la lengua con repulsión.




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