—Muy bien, cariño. —Cloe tomó mi mano y me jaló para avanzar por el bosque, balanceando nuestros brazos de forma juguetona, aunque con su habitual sonrisa macabra. Yo caminaba a su lado con calma, intentando disimular el cansancio mental que sentía a pesar de haber recargado mi fuerza en el tronco.
—Ahora que estamos solos... —dijo con un brillo curioso en los ojos—, ¿puedes explicarme qué fue eso que hiciste con el rojo?
—¿Qué exactamente? No pude hacer mucho.
—¿No pudiste hacer mucho? —levantó la voz con incredulidad, una parvada de aves que dormía en las ramas de los árboles sobre nosotros revolotearon —. ¡Ah no sean tan delicadas! —dijo levantando la vista antes de volver a mí— En fin, no digas tonterías cariño. Nunca te había visto usar tu luz como arma de esa manera. De no haber sido por ti, seguramente me habría metido en un gran lío contra ese bastardo.
Sonreí apenas. Me alegraba escuchar que le había ayudado aunque yo sabía que no era así, a pesar de mis esfuerzos actué demasiado tarde y una vez más resultó lastimada.
—Te dije que quería experimentar algo.— intenté quitar el mal pensamiento de mi mente. — No esperaba que fuera de esa forma, pero... había estado teniendo sueños donde materializaba así mi poder. Eran sueños muy vívidos y cada vez más recurrentes, así que comencé a practicar en mi habitación cada noche al regresar, aunque sin mucho éxito. —Levanté la vista al cielo. La luna aún resplandecía, pero el horizonte comenzaba a abrirse paso entre la oscuridad; en pocas horas amanecería. —De alguna forma pensé que quizá lo que necesitaba era estar en mi forma astral... —dije con una ligera sonrisa—. Me alegra que haya funcionado.
—Has madurado mucho, Cast. —Su voz sonó casi orgullosa, aunque sus labios aún guardaban ese filo travieso—. Cada vez eres más poderoso sin mi ayuda... eso es bueno, muy bueno.
El sendero nos llevó hasta la orilla del bosque. El aire ahí olía a tierra húmeda y un leve rocío nos acariciaba.
—Bueno, niño, aquí te dejo marchar. —Su mirada se volvió más oscura—. Tengo asuntos que atender... ya sabes a qué me refiero.
Soltó mi mano y unió las suyas como si rezara, inclinando la cabeza y apoyandola sobre ellas con un gesto fingido de inocencia y santidad. Luego dejó escapar una risa baja.
Le devolví una media sonrisa.
—Nos vemos mañana, Cloe, ve a descansar, lo necesitas.
No me respondió, se inclinó apenas, sin apartar sus ojos azabache de los míos. Entonces las sombras comenzaron a treparle por los pies, enroscándose como serpientes, abrazándola hasta cubrirla por completo. En un suspiro desapareció. Sabía que iría al templo de mi padre, donde aguardaban las almas que ella guiaría hacia su próximo destino.
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Editado: 10.03.2026