En los ojos de la luna

Capítulo 24

Durante los siguientes dos meses que precedieron al incidente, salimos en busca del rojo sin éxito. No podía sentir su presencia en ninguna parte.

—Si no lo habíamos visto en ocho años, era de esperarse que resultara difícil encontrarlo. No te desanimes, cariño —dijo Cloe, levantándose tras pasar horas intentando rastrearlo por medio de sus sombras. Se limpió las palmas con un gesto cansado—. Si tan solo tu padre despertara, lo encontraríamos en un instante... y él se encargaría de exterminarlo.

Terminé de absorber el alma de un oscuro, la tercera de la noche. Empezaba a sentir los efectos en mí: las marcas de oscuridad tejiéndose entre mis filamentos y en mi piel; una furia creciente que me quemaba por dentro, acompañada de un incremento de fuerza que me hacía desear arrasar con todo. Me contuve respirando hondo hasta que mi pulso volvió a la normalidad y las marcas menguaron.

—Cloe... ¿por qué mi padre entró en letargo? ¿No puedes simplemente despertarlo y ya está?

—¡Ah, cariño! Si fuera tan fácil lo habría hecho. Los dioses son muy caprichosos, ¿sabes? Tu padre eligió tomarse un descanso. Claro que, al tenerme a mí, no supuso que las cosas se saldrían de control. Pero cada vez había más y más almas errantes... y otras que debían ser guiadas. Con la energía que tu padre dejó para cien años, no podía...

—Espera... ¿acabas de decir cien años?

Cloe soltó una risa burlona al ver mi expresión.
—¿Y qué esperabas? Una siesta de un siglo no es nada para un ser inmortal.

—¿Quieres decir que mi padre, un dios, puede dejarte encargada a ti de su trabajo durante tanto tiempo, pero no sabe calcular la energía que necesitarás?

Un ardor subió por mi interior, imposible de contener. Las marcas volvieron a emerger de mis brazos y mi cuello. Me parecía una burla que un dios fuera tan descuidado. La sangre me hervía, mi corazón latía con fuerza, y sentía cómo la oscuridad crecía desde mi pecho, expandiéndose lentamente por mi cuerpo.

Cloe ensanchó su sonrisa y apoyó su mano en mi pecho dándome unos golpecitos. —Será mejor que volvamos, niño. No es bueno para ti seguir aquí, hay que renovar tu...

Aparté su mano con un manotazo —¡No! No me toques. ¿Cómo un dios puede ser tan imbécil?

Antes de que pudiera reaccionar, una bofetada me estalló en el rostro.

—No vuelvas... —su voz heló el aire— ...a hablar así de Alignak.

Me fulminaba con la mirada, las sombras tras de ella agitándose como serpientes dispuestas a atacar. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Sostuve mi mejilla ardiente con una mano y apreté el puño con la otra, contemplándola: tan firme, tan autoritaria, tan herida por mis palabras.

—Lo lamento... —susurré al fin, sintiéndome como un niño malcriado. Bajé la mirada, conteniendo la ira.

Ella enderezó la espalda, relajó poco a poco el semblante y ocultó sus sombras. —Volvamos. Ahora.

No hablé más. Me dejé envolver por ella y, en silencio, regresamos al bosque.

Sin mirarla, caminé de regreso a mi cuerpo. Apenas estuve dentro de él, sentí que algo iba mal: mi pecho se oprimía, el aire me faltaba, la energía lunar me quemaba por dentro, como si quisiera desgarrarme. Comencé a dar bocanadas desesperadas; el ardor no cesaba.

Cloe se acercó y posó su mano helada en mi hombro. Sentí el frío atravesar la tela de mi abrigo. —¿Qué pasa, cariño? ¿Duele? —susurró con una sonrisa malévola, divertida por mi suplicio.

La miré suplicante y asentí.

—Bien, eso te enseñará a controlar tus emociones y no dejarte consumir por los oscuros —dijo, apartando la mano—. Respira profundo, niño... lentamente. Pronto pasará. ¿Recuerdas la primera vez que te ocurrió?

Inspiré profundamente sin apartar mis ojos de los suyos, oscuros como la noche. Una, dos, tres, cuatro veces... mi pulso comenzó a calmarse; la opresión en el pecho se desvanecía gradualmente, aunque todavía me costaba respirar.

—Más profundo... con calma. Inhala —Cloe me guiaba ahora con una voz suave, firme, casi maternal.

Obedecí. Una fuerza invisible jaló mi rostro hacia arriba; la oscuridad salió de mi boca junto a un grito de dolor, hasta que por fin el alivio me invadió.

—¿Qué demonios? —logré decir, entrecortado—. ¿Por qué volvió a pasar? Cloe, los oscuros ya no eran...

Cloe sonrió levemente y se arrodilló frente a mí. —¿Ya no eran problema? Parece que no pudiste canalizar la energía que absorbiste. Y todo empeora cuando te enojas. Deberías controlar tu temperamento... que, por cierto, te quita lo lindo cuando te alteras así.

—Lo lamento, Cloe, no debí hablar así de mi padre. Es solo que...

—Relájate, niño, está bien —dijo poniéndose de pie, dándome la espalda—. Solo para cerrar el tema: te advertí que los dioses son caprichosos. Tal vez tu padre no calculó bien la energía que necesitaría en su ausencia... o quizá simplemente quiso orillarme a buscar ayuda en alguien con un poder similar al suyo. —Guardó silencio unos segundos—. Piénsalo.

Sin decir más, desapareció. Dejándome solo en la oscuridad del bosque.

Me recosté en la cama mirando el techo. Las palabras de Cloe seguían girando en mi mente como ecos lejanos. Intenté imaginar cómo se habría sentido mi padre durante todos esos años de letargo. Quizá no amó a mi madre, y tal vez tampoco a mí. Pero nuestra conexión era imposible negarla. Debió de sentir la necesidad de conocerme, de que yo comprendiera mi origen antes de encontrarnos frente a frente... aunque para eso aún faltara más de medio siglo.




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