En los ojos de la luna

Capítulo 25

Apenas amanecía cuando un movimiento brusco en el colchón me arrancó del sueño. Abrí los ojos sobresaltado. Clara estaba sentada a mi lado, se había lanzado intencionalmente.

—¡Arriba, joven Cast! —canturreó con exagerada energía—. Por todos los cielos, te ves horrible.

—Clara... —gruñí, molesto, frotándome los ojos—. ¿Olvidaste la regla número dos?

—¿Qué? —frunció el ceño, incrédula—. No me digas que todavía sigues con esas tonterías. Dijiste en el bosque que...

—Que olvidaras la primera, no todas las demás —la interrumpí con calma, llevándome una mano a la frente. Presioné mis sienes antes de cubrir mis ojos con mi antebrazo. Cuando volví a mirarla, su expresión se había endurecido; parecía decepcionada.

Entonces reparé en su atuendo. Iba impecable. El maquillaje tenue realzaba sus rasgos, un suave sombreado café en los párpados y unos labios en un tono coral que los hacían ver más carnosos. Llevaba una blusa blanca de seda con detalles de encaje en las mangas y un pantalón negro, que asentuaba la curva de su cintura con un lazo perfectamente hecho, además para mi sorpresa su cabello suelto caía sobre sus hombros con delicadeza. Era totalmente diferente a lo que estaba acostumbrado a ver en ella.

—¿Por qué estás vestida así? —pregunté, mirando por la ventana. El sol apenas despuntaba sobre el patio interior; no podían ser más de las seis de la mañana—. ¿Sales tan temprano?

—En serio, eres un bobo —respondió, esta vez con un tono cortante. Se puso de pie y dio un golpe seco al colchón, mirándome desde arriba—. Hoy es el día de la inscripción en la universidad. Si no te das prisa, llegaremos tarde a entregar los documentos, y no pienso retrasarme por tu culpa.

—Ah... claro, lo había olvidado —murmuré, incorporándome con toda la calma del mundo. Mi mirada se cruzó con la suya, luego sus ojos se desviaron más abajo, abriéndose sorprendidos, fijos en mi torso. Desde hacía años tenía la costumbre de dormir sin playera.

—¿Te importa? — Arqueé la ceja con arrogancia, no pude evitar sonreir al notar el rubor enmarcando sus pecas.

Se giró de inmediato, en un movimiento rígido, casi robótico, y caminó hacia la puerta sin decir palabra.

—Por eso la regla número dos sigue en pie —comenté en voz alta mientras tomaba el gancho con mi ropa y la toalla del perchero.

La única respuesta de Clara fue salir dando un portazo. Reí por lo bajo. Perturbar su calma tan temprano era un placer que no se me otorgaba todos los días.

Bajé al comedor. Mis pasos resonaban en los pasillos largos y vacíos, rompiendo el silencio matinal. Al entrar, encontré a Clara sentada junto a Ester y mi madre, conversando mientras sostenía su taza de té.

—Cast, buen día. ¡Qué guapo te ves hoy! —exclamó Ester, levantándose con entusiasmo.

La saludé con una leve inclinación de cabeza.

—Buen día, Ester.

Luego giré la vista hacia el otro lado. —Madre.

Me acerqué para besar su mejilla. Ella me sonrió cálidamente. —Buen día, hijo... que bien hueles —me detuvo por un momento, tomando el cuello de mi blazer para detenerme. Se giró con suavidad en su asiento para mirarme de frente, y una amplia sonrisa iluminó su rostro—. ¿Acaso van a una cita? Los dos se ven muy guapos hoy.

Sonreí, acomodando la solapa de mi saco con fingida modestia.

—Bueno, Clara fue quien se esmeró. Yo no podía quedarme atrás.

Clara, que hasta entonces parecía contenida, me lanzó una mirada por encima de su taza que sostenía con ambas manos. Entornó los ojos, apuró de un solo trago el resto de su té y se levantó con un movimiento brusco.

—Vámonos, o llegaremos tarde.

—Clara, el joven Cast ni siquiera ha desayunado —protestó Ester, que en ese momento ponía a calentar agua en la tetera.

—No es necesario, gracias, Ester —respondí antes de que Clara pudiera replicar—. Aprovecharé para desayunar fuera después de la inscripción... —sonreí con un gesto apenas perceptible, mirando de reojo a Clara—. De paso le invito un café, a ver si con eso se le pasa el mal humor.

Mis labios se curvaron en una sonrisa maliciosa. Clara se cruzó de brazos y salió del comedor con paso rápido, sin decir palabra, tomando bruscamente las carpetas con nuestros documentos del mueble de la sala contigua.
Me tomé mi tiempo, inclinando apenas la cabeza hacia ambas mujeres a modo de despedida, antes de seguirla sin prisa con mis manos cruzadas detrás de mi cabeza.

Subimos al auto. Clara arrojó las carpetas sobre el tablero y se abrochó el cinturón con un chasquido seco.

—Hoy andas de un humor que no puedo contigo —reprochó, sin mirarme.

Encendí el motor, haciéndolo rugir con intención. No respondí enseguida; preferí concentrarme en salir de la cochera.

—Si de humores hablamos... —murmuré, con el semblante serio. Avancé unos metros y giré la cabeza hacia ella—. Vamos, Clara, relájate un poco. Tú fuiste la que irrumpió en mi habitación sin permiso.

Ella abrió la boca para replicar, pero la interrumpí.

—Además, hoy presiento que será un día especial. No lo arruines tomándote mis bromas tan a pecho. ¿O acaso no eras tú la que se quejaba de mi seriedad y frialdad?




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