En los ojos de la luna

Capítulo 26

Nos acercamos al establecimiento.
—Sentémonos afuera —sugirió Clara con alegría—. Aquí, junto a las flores. ¿Siguen siendo tus favoritas, no, Cast?

Me sonrió, esperando una respuesta. Solo recorrí con la mirada las mesas y las macetas, el recuerdo oprimiéndome el pecho. No contesté.

—Mejor adentro.— Noté una ligera tensión en la voz de Cloe antes de continuar con un tono burlón —Es que... soy alérgica a las flores y a los colores tan brillantes —hizo un gesto exagerado de arcadas mientras se metía un dedo en la boca.

Clara rió ante la ocurrencia, sin percatarse de nada: ni de mi silencio, ni de la incomodidad oculta en Cloe.

Nos dirigimos al interior. Una campanilla tintineó suavemente al abrir la puerta, y el cálido aroma a mantequilla y café recién molido me envolvió de inmediato. El lugar tenía un encanto particular: mesas de madera distribuidas en el centro, gabinetes junto a los ventanales, y al fondo, una barra con bancos altos al frente y vitrinas llenas de panecillos dorados con cubiertas y rellenos dulces de diferentes variedades a los lados. Sobre la barra, el menú estaba escrito en tiza blanca sobre una pizarra negra, con letras cursivas adornadas por líneas delicadas. Todo parecía recién dispuesto.

Una chica más joven que Clara y yo se acercó con una sonrisa amable.

—Bienvenidos, ¿mesa para tres?

—Sí, por favor. —respondí del mismo modo.

—Mejor en un gabinete, ¿sí? Me gusta estar junto a la ventana. —se adelantó Clara, con tono ligero.

La chica me miró en busca de confirmación, y asentí.

—Por supuesto, acompáñenme.

Nos guio hasta un gabinete frente a la ventana, con vista directa a la terraza llena de flores. Cloe siguió caminando y ocupó el último gabinete, aquel que daba a la calle. Alzó la mano con naturalidad.

—Por aquí.

Me disculpé con la mesera con una ligera inclinación de cabeza; ella no pareció molestarse; simplemente nos acompañó hasta donde Cloe había decidido sentarse. Clara tomó el lugar frente a ella. Yo intenté sentarme a su lado, pero Cloe dejó sus lentes sobre el asiento y me miró con una ligera sonrisita.

—Prefiero todo el espacio para mí, si no te molesta, son esas pequeñas cosas que me dan satisfacción.

No discutí. Me acomodé junto a Clara mientras la chica nos tendía la carta a cada uno.

—aquí tienen, tómense su tiempo para elegir, en un momento regreso para tomar su orden.

—Espera. — la detuvo Cloe antes de que diera un paso—. Quiero uno de cada uno de aquellos hermosos. —Señaló con descaro los panecillos en la vitrina.

—¿Es en serio, Cloe? —pregunté, más con incredulidad que como reproche.

Ella sonrió ladeando la boca, traviesa.

—Claro, después de todo tú pagas... ¿o no, cariño?

La mesera me miró, y yo sólo pude asentir.

—Bien, tráigale a la señorita lo que pide.

—Y un café con leche bien espumoso, con mucha azúcar. —añadió Cloe, complacida.

La chica anotó, con la misma perplejidad que yo sentía reflejada en su rostro.

—¿Algo más?

—Yo quiero un matcha latte y un bollo azucarado por favor. —dijo Clara con dulzura.

La mesera giró hacia mí.

—Yo esperaré un poco más para pedir, gracias.

Ella asintió y se alejó, levantando la portezuela para entrar detrás de la barra. Escuché cómo daba la comanda en la cocina, el sonido de la máquina de espresso, las tazas entrechocando, los platos acomodándose. Volvió enseguida con una canastilla de mimbre repleta de los panes que Cloe había pedido y la dejó sobre la mesa antes de retirarse.
Apenas entró nuevamente en la cocina, un estruendo quebró el murmullo del lugar: el sonido agudo de tazas rompiéndose contra el suelo, seguido de algunas maldiciones en voz baja.

Los tres fingimos ignorarlo; yo seguí leyendo la carta hasta decidirme por un cappuccino y un croissant de poulet. Me levanté y caminé hacia la barra, alejándome de la escena bizarra frente a mí: Cloe devorando los panecillos con una voracidad apenas disimulada —aunque parecía disfrutarlos como si fueran manjares celestiales—, y Clara, fascinada, mirándola comer con una mezcla de asombro y diversión.

Mientras esperaba frente a la barra, mis ojos repasaban el menú escrito en tiza sin prestar atención a mi alrededor. Estaba tan absorto que no noté el instante en que Cloe dejó de comer, casi atragantándose con el último bocado. Tosía, golpeándose el pecho, con la mirada fija hacia la entrada.

No la escuché. Ni siquiera escuché el sonido de la campanilla que anunciaba la llegada de nuevos visitantes.

Apenas noté a la mesera salir de la cocina y pasar por la puertecilla de la barra.

—Jefa, llegaron más temprano.

—Hola, Charlot, sí. Ayúdanos con esto, ¿quieres?

La voz amable en medio del suspiro de aquella mujer me sacó de mi ensimismamiento como un balde de agua fría. Volteé de inmediato.

El cabello castaño, ondulado, caía sobre sus hombros enmarcando aquel rostro fino y delicado, apenas sonrosado en las mejillas. Sus ojos, profundos y amables, se clavaron en los míos con naturalidad. Noté su reconocimiento y la perplejidad que la atravesó en un instante.




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