Ambos nos quedamos quietos. Todo a mi alrededor se desvaneció. El mundo se redujo a esos ojos, los mismos que tantas veces había imaginado encontrar de nuevo. Tragué con dificultad, sintiendo el nudo que apresaba mi garganta mientras luchaba por mantener el control y evitar que mis ojos se cristalizaran. Pero la emoción era tal, que de contenerla un poco más, mi corazón estallaría.
Lorelei entreabrió los labios, como si buscara decir algo, y dio un paso titubeante hacia mí. El leve enrojecimiento en sus ojos, el temblor en sus labios y las lágrimas asomando, tercas, hasta vencerla.
—¿Ca... Cast? —su voz se quebró en un hilo tembloroso antes de que la primera lágrima resbalara por su mejilla—. ¿En verdad eres tú?
Asentí, con el corazón oprimido, profundamente enternecido. Era como volver a aquel día en que me esperaba fuera de casa después de que me dieran de alta del hospital. No dejaba de hacer pucheros, intentando contener su emoción.
—Hola, Lorelei... tanto tiempo. —Forcé una sonrisa, luchando por mantener la compostura. Pero apenas terminé la frase, ella, fiel a sí misma, se lanzó contra mí, tirando las bolsas de suministros que llevaba en las manos.
Su abrazo me golpeó con la fuerza de la nostalgia. Hundió el rostro en mi pecho, empapando mi camisa con lágrimas que traspasaban la tela. Cerré los ojos y la estreché con fuerza, temiendo que todo fuera una ilusión. Hundí la cara en su hombro, aspirando el perfume de su cabello y su piel.
Su amiga y la mesera se apresuraron a recoger las latas y paquetes esparcidos por el suelo, sin dejar de mirarnos con la boca abierta.
—¿Quién es esa? —preguntó Clara a Cloe, intentando ver con más detalle.
—Digamos que... —respondió Cloe, ya repuesta de su ataque de tos, mientras nos observaba con descaro y llevaba a su boca otro trozo de bizcocho dulce—, problemas para ti, querida. —Se acomodó recargándose en el ventanal, dando mordiscos lentos.
Clara se levantó de golpe, crispada, pero Cloe le sujetó la muñeca con firmeza, chasqueando la lengua.
—No hagas algo estúpido ahora. No querrás que Cast se moleste contigo, ¿cierto? Siéntate. —Su voz sonó serena, casi divertida.
Clara, visiblemente contrariada, cedió y se dejó caer en el asiento, aunque no apartó sus ojos, llenos de celos, de nosotros.
—Toma, cómete uno de estos, están deliciosos —Cloe agitó un crocante de hojaldre con almendras frente a su cara—. Disfrutemos del espectáculo.
Clara apartó la mano con un manotazo. Cloe se encogió de hombros y, sin inmutarse, devoró el dulce mientras se acomodaba de nuevo en el sofá, lista para seguir mirando.
Yo, por mi parte, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para separarme de Lorelei cuando Charlot se acercó a nosotros, incómoda. Carraspeó.
—Disculpen... señorita Lorelei, ya hemos llevado todo a la cocina. Joven, ¿deseaba ordenar?
Lorelei y yo nos observamos. Ella dejó salir una risita nerviosa; yo no pude evitar sonrojarme y cubrirme el rostro con una mano, consciente de la escena que estábamos dando.
—Ah, muchas gracias, Charlot... —contestó Lorelei con esa voz dulce que no había cambiado, mientras sacaba un pañuelo de tela bordada de su pequeña bolsa.
—Permíteme. —Se lo quité con suavidad y, con él, limpié las lágrimas que aún brillaban en sus mejillas mientras recuperaba mi aire sereno.
—No has dejado de ser sentimental —murmuré.
—Tú lo eres más ahora. —Alargó su mano hacia mi rostro y limpió una lágrima traicionera que resbalaba por mi mejilla. Dejó su mano unos segundos más de lo debido, y yo me deleité con su calor. Cuando la apartó, miré a Charlot, que aún esperaba de pie, impacientándose.
—Será un cappuccino y un croissant de poulet, por favor.
Ella asintió y se retiró a la cocina.
Doblé el pañuelo cuidadosamente antes de devolverlo a su dueña. Al roce de nuestras manos, sus labios se curvaron y los hoyuelos aparecieron, enmarcando su sonrisa y adueñándose de mi corazón.
—Gracias... —susurró.
Quise responder, pero fui interrumpido.
—Así que eres Cast... cómo has crecido. —La acompañante de Lorelei se acercó por fin, mirándome de arriba a abajo—. Soy Constanza, quizá no me recuerdes; íbamos juntos a la primaria.
No lo hacía. Para ser honesto, los únicos que permanecían nítidos en mi memoria de aquella época eran Lorelei y el trío de papanatas, por razones obvias. Pero no iba a ser descortés, menos en ese instante.
—Claro... te sentabas con Lorelei y las otras dos chicas del salón, ¿no? —respondí con ligereza.
Constanza asintió, complacida, como si confirmara algo importante. No era difícil deducirlo: durante nuestra infancia, Lorelei solo se relacionaba con ese grupo de niñas... hasta que yo entré en su vida. Y justo después, se mudó.
—¿Y tú? ¿Cómo has estado? —Volví mi atención a Lorelei—. Me enteré de que te habías mudado y ahora... ¿eres dueña de este lugar?
Constanza se cruzó de brazos, molesta por haber sido desplazada de nuevo. Se dirigió a la cocina refunfuñando.
—No le hagas caso —dijo Lorelei alzando los hombros—. Sí, mis padres se enteraron de los niños que terminaron en el hospital... ni siquiera recuerdo sus nombres. Aquellos con los que te peleaste, ¿recuerdas?
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Editado: 10.03.2026