Al volver a la mesa, vi a Cloe haciendo muecas ridículas: se jalaba los labios mientras sacaba la lengua, luego arrastraba los párpados hacia abajo y ponía los ojos en blanco, todo para llamar la atención de Clara.
Ella, sin embargo, miraba por la ventana, ignorándola por completo.
Me senté a su lado. El peso de mi cuerpo en el sillón la sacó de sus pensamientos, y Cloe se enderezó de inmediato.
—¿Qué tal te fue con tu amiguita, Cast? ¿Conseguiste algo de ella?. Claro que sí —se respondió ella misma con voz astuta, alargando la frase mientras estiraba la mano para tomar la mía. Jaló mi brazo antes de que pudiera reaccionar, dejando a la vista la tinta fresca sobre mi piel.
Retiré el brazo con brusquedad, bajando la manga de inmediato.
—Pensé que te comportarías —le dije, clavándole la mirada.
Ella sonrió con descaro y, sin perder el gesto burlón, guiñó un ojo antes de recargarse en el asiento. —Es mi naturaleza, cariño —murmuró, con ese tono arrogante que solo ella podía usar y sonar dulce al mismo tiempo.
Clara, en cambio, emanaba irritación. Su silencio pesaba. —Estoy cansada, quiero volver a casa —dijo, más fría de lo que esperaba.
Giré el rostro para mirarla. Su mandíbula estaba apretada y sus ojos, vidriosos. No me gustaba verla así... y tampoco podía fingir que no sabía la razón.
—Bien... — me levanté — Iré a pagar, ¿de acuerdo? Mientras tanto, pueden adelantarse al auto.
—Oh, no, no, nada de eso, cariño —Cloe deslizó una sombra bajo la mesa, sujetándome del tobillo para evitar que me moviera. Se levantó con toda la calma del mundo, metió el último panecillo de un bocado y frotó su estómago con deleite.
Palmeó mi pecho. —Iré yo a pagar, ustedes adelántense.
Sacó mi cartera de mi bolsillo con la destreza de quien ha hecho eso mil veces. Antes de marcharse, hizo un gesto con la cabeza hacia Clara. Ella seguía mirando por la ventana; una lágrima se deslizó por su mejilla antes de que la limpiara disimuladamente.
—Clara... —comencé; Me detuvo con una mirada fría que me desarmó.
—¿Vamos? —pregunté al final.
Se levantó sin mirarme y caminó hacia la salida con la frente en alto. La puerta se cerró tras ella con un golpe seco. Cloe me observó, encogiéndose de hombros, mientras Charlot disimulaba su incomodidad tras la barra.
—Clara, detente —alcé la voz al salir a la calle.
Ella no respondió. Caminaba rápido hacia el auto. Corrí para alcanzarla sujetándola por la muñeca. Con un brusco movimiento, se soltó.
—Solo déjame en paz.
—Clara, debemos hablar, no me gusta verte así.
—¿Por qué, Cast? —habló en un hilo, tragando con dificultad al intentar contener sus sentimientos—. ¿Por qué de repente llega una desconocida y parece que tu mundo gira alrededor de ella?
—No es una desconocida, Lorelei es...
—¡Es una extraña! —gritó, rompiendo el control que había mantenido—. En todos estos años nunca escuché su nombre, nunca la mencionaste... ¡nunca la viste!
—Sí lo hice. —Desvié la mirada justo cuando Cloe llegaba sosteniendo una bolsa llena de bizcochos dulces, deteniéndose al comprender lo que estaba por confesar—. La visitaba todas las tardes...
—¿Qué? —Clara frunció el ceño, confundida—. ¿Cómo? Si tú... entrenabas con Cloe.
Buscó una explicación —que ya comenzaba a recorrer sus pensamientos— en el rostro de ella, que solo le respondió con una sonrisa incómoda devolviendo uno de los panes a la bolsa. —¿Saben, niños? Será mejor que vuelva al templo. Hay mucho que hacer. —Y se desvaneció, dejándonos solos.
—Clara... —di un paso hacia ella.
—Llévame a casa —dijo, dándome la espalda.
Durante el trayecto el silencio pesaba a nuestro alrededor, Clara veía a través de su ventana a nada en especial, yo conducía con una mezcla agridulce de emociones dentro de mí; por un lado la dicha del reencuentro con mi querida Lorelei y por otro la culpabilidad de ser el causante de tal amargura en mi amiga.
Al llegar al sendero de tierra que conducía a la mansión, detuve el auto.
—Lo siento —dije, apenas un susurro.
Clara me miró con más tristeza que enojo. —Me usaste, Cast. Durante todos estos años. Fui tu escudo... para que pudieras escaparte de tu cuerpo y verla.
—Lo sé. Debí decírtelo, debí...
—Ser sincero conmigo —su voz se quebró.
Tomé su mano con delicadeza. —Déjame explicarte todo, por favor.
Ella dudó un instante, viendo nuestras manos unidas, y al final asintió. Sus dedos se entrelazaron con los míos sin que yo opusiera resistencia.
Le hablé de cómo conocí a Lorelei, de los días de lectura a su lado, del infortunado encuentro con Bas, y de mis visitas clandestinas en forma astral. Me escuchó con atención, sin interrumpirme.
—Entonces... ¿es tu amiga de la infancia? —preguntó cuando yo terminé.
—Sí, y...
—¿Y solo convivieron unas semanas antes de dejar de verse tantos años?
#8150 en Novela romántica
#3281 en Fantasía
magia amor misterio demonios y dioses, magia amor fantasia, romance +16
Editado: 10.03.2026