En los ojos de la luna

Capítulo 30

Cloe se apresuró a introducirnos en el lugar. Los gritos me crisparon; Nos quedamos atentos intentando encontrar su origen. Uno más. provenía del almacén, nos apresuramos atravesando con prisa los estantes y exhibidores. Ella había adoptado su forma etérea, moviéndose como una serpiente oscura entre las paredes.

Al traspasar la puerta, vimos a Amelia —la compañera que me había atendido— tendida entre cajas y prendas desperdigadas. Su rostro era un espectáculo de horror: sangre y moretones marcando su piel. El labio inferior, partido e hinchado, desfiguraba su expresión. Todo entre una sinfonía horripilante de alaridos, gruñidos, y súplicas. Su playera estaba rasgada, dejando entrever partes íntimas de su cuerpo. Forcejeaba contra un hombre que intentaba someterla, decidido a consumar el acto.

—¡Cast, mira! —señaló Cloe, haciéndose visible para mí.
Seguí la dirección de su dedo: la sombra del hombre proyectaba una figura distinta, se movía de forma inusual... un oscuro.

Concentré mi luz, incrementando mi aura para llamar su atención. El hombre detuvo su ataque hacia Amelia y miró desconcertado a su alrededor. No podía vernos, pero el oscuro sí sentía la energía, atraído por ella con fuerza. Amelia aprovechó la oportunidad, a pesar del temblor de su cuerpo, pudo arrastrarse pataleando lejos de él.

Regresé mi atención al objetivo. Estaba funcionando. La entidad no tardaría en materializarse frente a nosotros.

El hombre emitió un grito de dolor y desesperación, golpeando su cabeza contra el suelo.

—¡Cloe, detenlo! —grité.

Ella se apresuró a fusionar su sombra con la de él, frenando su frenesí. Amelia salió despavorida sin perder un segundo, lo que nos facilitó el trabajo. Cloe pudo materializarse y tomar al hombre por el rostro, clavando los ojos en los de él mientras comenzaba a controlar su mente.

Escuché sus quejidos y balbuceos sin sentido; su cuerpo convulsionó hasta que la oscuridad se hizo visible a su alrededor.

—¡Ahora, Cast!

Apresuré mis filamentos de luz, atrapando la bruma oscura. Mis ojos comenzaron a brillar con intensidad, emanando rayos plateados. Cloe seguía controlando la mente del hombre para expulsar al parásito, mientras yo lo absorbía, sintiendo un calor inusual recorrerme por completo... luz y oscuridad mezclándose dentro de mí.

Al cabo de unos segundos, el oscuro ya formaba parte de mí. Me quedé inmóvil, respirando con fuerza mientras mi alma asimilaba al inquilino. El hombre cayó desmayado. Afuera sonaban las sirenas de la policía; ya no teníamos nada que hacer ahí.

Continuamos hasta que el cielo comenzó a clarear. Cloe insistió en que solo transmutara almas blancas el resto de la noche.

—Será mejor que volvamos al bosque ahora. Debo depurarme antes de que la luna se esconda. —Aún sentía el calor incómodo; me masajeé el cuello sin entender por qué me sentía así.

—¿Sabes, cariño? Estuve pensando y... quizá esta vez deberías dejar la energía del oscuro en tu cuerpo. —Tenía una mirada calculadora, como si tramara algo.

—¿Qué? ¿Estás loca? Has visto lo que pasa cuando no limpio mi energía, Cloe. No me gustaría perder el control de nuevo.

—Bueno... —me rodeó con los brazos levitando tan ligera como el mismo viento—, eso pasa cuando absorbes más de dos o tres por noche. Hoy solo ha sido uno. Hagamos este experimento, cariño. —Besó mi mejilla; una corriente fría recorrió mi piel, sustituyendo la incomodidad que sentía—. Deja que tu energía lo asimile completamente. Tardará un día, a lo mucho dos, y si no puedes con ello simplemente siéntate en tu trono de madera y la luna se encargará de todo.

—¿Por qué querrías eso? —Giré el rostro para verla; me encontré con esos pozos sin fondo brillando con astucia.

—Solo quiero saber qué efecto tendría en ti. Tu padre usaba a los oscuros para volverse más fuerte. Tú también lo has sentido, y aunque te depures, te quedas con parte de esa fuerza. Pero... si no lo hicieras, si dejaras que se combinaran con tu esencia, sería aún mayor. Quizá tanto como para destruir a ese bastardo del rojo.

Me aparté, pensativo, ella volvió sus pies al piso con ligereza.

—¿Y si no logro controlarme? ¿Estás segura de que podría limpiarme aunque mi energía se haya fusionado con la de ese parásito?

—Sí, sí, por supuesto que sí. —Afiló su sonrisa.

Cloe nunca me había mentido, aunque algo en mí me incitaba a desconfiar. La miré: sonriente, despreocupada. La última vez que dudé de ella me arrepentí, no lo haría de nuevo.

Volvimos al bosque. Recuperé mi cuerpo y me aparté del tronco antes de que comenzara la depuración. Al levantarme, estiré el cuello del blazer, abochornado. Cloe soltó una risita y pasó su dedo por mi espalda, rodeándome felinamente, el calor aumentó junto a un cosquilleo en partes de mi cuerpo que me hicieron sonrojar.

—Relájate, cariño. Te acostumbrarás. Ahora ve a dormir un poco.




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