—¿Qué harán hoy, niños? Es su última semana antes de volver a clases como universitarios —dijo mi madre, tomando un pequeño trozo de fruta para llevarlo a su boca.
Esa mañana, a pesar de estar todos reunidos como era costumbre, el ambiente se sentía cargado de incomodidad. No era para menos: Clara seguía evitándome a toda costa. Incluso había cambiado su asiento en la mesa para no tener que verme a la cara. Todos parecían haberse dado cuenta, y mi madre hacía un esfuerzo por romper la tensión.
—Yo saldré esta noche —dije.
—¿Saldrás? ¿A dónde? —Mi madre me miró extrañada. Noté el ligero movimiento de los ojos de Clara, observándome de reojo, atenta a mi respuesta, la tenía.
—Veré a Lorelei, mamá. ¿La recuerdas?
El tenedor cayó de las manos de Clara.
—Di... disculpen —murmuró con una sonrisita nerviosa mientras lo recogía y llevaba un mechón de su cabello detrás de su oreja. Siguió comiendo con la mirada fija en su plato.
—Volvió a la ciudad —continué—. Seguramente ya lo sabías. —Sorbí un poco de café; mi madre se quedó pensativa unos segundos.
—No, en realidad no lo sabía. ¿Por qué lo dices, hijo?
—Porque su madre fue quien compró nuestra antigua casa. ¿Cuándo la vendiste, madre? ¿Por qué no me lo habías comentado?. —Mis preguntas salieron más como reproche haciendo que Clara frunciera el ceño.
Madre entreabrió los labios, sorprendida.
—Bueno... la vendí no hace más de un par de meses, pero no sabía a quién, hijo. Además, no pensé que fuera importante comentarlo. Pero es una sorpresa... ¿cómo sabes que fue su madre quien la compró?
—Porque tu hijo se encontró con ella ayer. —Clara alzó la voz, levantándose con un movimiento brusco que hizo rechinar su silla—. Con su permiso. —Me miró por fin, intentando ocultar su disgusto—. No deberías cuestionar a tu madre por detalles tan insignificantes. Seguro que ella ya ni se acordaba de tu amiguita.
Salió del comedor con paso firme. Sonreí apenas, satisfecho: al menos había logrado que reaccionara y dejara de evitarme. Terminé mi café y me levanté con calma.
La música melancólica del piano me indicó su paradero. Entré en la biblioteca, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Me tomé mi tiempo para observarla: su trenza, acomodada sobre el hombro, dejaba las pecas de su espalda al descubierto; la luz mortecina que se filtraba por el vitral delineaba su figura, y los mechones rebeldes brillaban como espigas de oro.
Cloe tenía razón... me atraía. Sí, Clara era hermosa. Y, sin embargo, no podía pensar en ella de la misma forma que en Lorelei. No lograba aclarar mis sentimientos.
Caminé despacio hasta situarme a su lado, donde tomé asiento. Su espalda se tensó, pero no se inmutó. Alzó la barbilla y continuó la melodía; me uní a ella en dueto. Ambos coordinados, reflejando nuestros sentimientos: la confusión, el deseo, los anhelos, los miedos... todo lo no dicho.
Hablábamos sin palabras, comunicándonos como habíamos aprendido desde niños: a través de la música.
En la nota final nos volteamos a ver, conteniendo el aliento.
—Clara, yo...
Sus labios sellaron los míos antes de que pudiera decir algo más. Sentí su sabor dulce mezclado con la sal de una lágrima que derramó. Cerré los ojos debatiéndome entre continuar o detenerla en ese instante. No pude evitarlo: dentro de mí ardía nuevamente ese calor impropio. La sostuve de la cintura, acercándola más a mí; con la mano libre aprisioné su nuca, intensificando el ritmo de nuestro beso. Mis dedos recorrieron instintivamente su cuello hasta llegar a sus hombros, deleitándome con el tacto de su piel, suave y tibia, mientras mis oídos se llenaban del sonido de su respiración agitada.
La oscuridad me recorría, la sentía fluir por las venas al igual que un deseo exótico, forastero. Esto no estaba bien. Volví a tomarla por el cuello ejerciendo una ligera presión mientras mordía su labio inferior, ella dejó escapar un leve gemido. Si continuaba así, no podría detenerme. No lograría controlarme, deseaba más, de una forma desmedida, ajena a mi. Ella me tomó por la camisa y me atrajo más hacia sí, su lengua abriéndose paso entre mis labios y arrancándome un gruñido de placer que me resultó extraño. Reuniendo todas mis fuerzas, me obligué a separarme, deteniendo sus manos con las mías. La miré fijamente, controlando mi respiración.
—Lo siento, Clara. Esto no debería ser así.
Ella me miró confundida y con la misma agitación.
—¿Por qué no? ¿Acaso no te gustó? ¿No sentiste lo mismo que yo?
Acaricié su mejilla con el pulgar. Sabía que sí lo había sentido, y sin embargo, una parte de mí intuía que esa emoción no era del todo mía; había algo más.
—Sí... pero no es correcto. —Apoyé mi frente en la suya—. Te quiero, y por eso no quiero que resultes herida por mi culpa, ni llenarte de falsas esperanzas. No quiero ser como mi padre.
—No eres como él, Cast. —Besó mis labios de nuevo, esta vez con dulzura, apenas un roce—. Tú no me lastimarías, lo sé.
—Clara, no lo entiendes. Lo que siento por Lorelei es...
—Es diferente. —Su sonrisa temblorosa me atravesó el pecho—. Lo sé. No te pido que me elijas en este momento, solo... —Alzó la mirada; sus ojos brillaban, reflejando deseo y esperanza—. Solo déjame una posibilidad. Ahora sé que no solo te gusto como amiga, y eso me reconforta. Ve con ella, sal y conócela. Si descubres que tus sentimientos están más infundados por una fantasía del pasado y no por lo que realmente es... entonces vuelve a mí.
Mientras tanto, yo me mantendré a tu lado, como hasta ahora. No te presionaré más.
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Editado: 10.03.2026