En los ojos de la luna

Capítulo 32

Después de la cena me preparé para salir. Ni mi madre, ni Ester, ni siquiera los ancianos dijeron nada; solo me observaron cruzar el comedor con Clara siguiéndome de cerca.

—Diviértete —dijo, mientras me veía ajustar el blazer.

Di media vuelta para mirarla. —Gracias. Volveré más tarde, quiero tener tiempo de ir con...

—Lo sé. —Sonrió con timidez—. No tienes que decírmelo.

Se acercó; di un paso atrás por reflejo, lo que provocó una risita suya al notar mi nerviosismo.

—Tranquilo, enano. Solo... —acomodó mi solapa con cuidado—. Listo. Vete, que seguramente tu madre y la mía me harán un interrogatorio en tu ausencia.

Una ligera sonrisa se dibujó en mi rostro. Salí sin decir más.

Ya en el auto, subí la música a todo volumen y aceleré al dejar atrás el camino de tierra. Miles de pensamientos se agolpaban en mi cabeza mientras las sombras de los árboles se deslizaban a los costados de la carretera solitaria.

Recordé el calor de los labios de Clara, el tacto de su piel bajo mis dedos, su mirada llena de intensidad y anhelo. ¿Estaría bien?

Lorelei ocupó ese espacio después: el latido de mi corazón, la sensación de completud al abrazarla. Y entonces, las palabras de Cloe me atravesaron como un cuchillo. ¿Sería solo una ilusión que había mantenido viva desde mi infancia?

Aceleré más, sintiendo cómo la oscuridad volvía a invadirme, ese frenesí incesante que crecía dentro. Cloe había dicho que tardaría uno o dos días en asimilar la energía del oscuro y acostumbrarme, pero me estaba costando demasiado.

Esperaba que eso no arruinara mi encuentro con Lorelei, prometí no dejarme llevar por ella como había ocurrido con Clara.

No sabía qué sentía realmente. Lo único de lo que estaba seguro era que no quería causar dolor a nadie. Clara había sido comprensiva; no exigía una respuesta que aún no estaba listo para dar.

Y, en algo, tanto ella como Cloe tenían razón: debía tomar las cosas con calma.

Así lo haría.

Dejé la carretera atrás, aumentando la velocidad y cantando a todo pulmón para liberar mi mente.

Al llegar a la ciudad, tomé una desviación. No podía presentarme en casa de Lorelei con las manos vacías. Entré en una florería de las más cotizadas; Clara me había insistido más de una vez en entrar con ella ahí. Decía que en ese lugar se encontraban todo tipo de flores, incluso las más exóticas. Su insistencia —al igual que mi renuencia— tenían el mismo motivo: su flor predilecta eran las peonías.

Ahora, sin el amargo sentimiento de añoranza, no había razón para seguir evitándola.

Después de una rápida mirada a todo el lugar, fui atraído por un ramo tan delicado y hermoso como Lorelei. Era sencillo: tulipanes lilas y blancos envueltos en papel color crema y sujetos con un listón de tela a juego. Me acerqué para rozar sus pétalos; era el indicado.

Aparqué frente a mi antiguo hogar —ahora la residencia Sallow— con diez minutos de anticipación.

Me quedé contemplando la fachada desde el auto, mientras mi corazón parecía querer salirse del pecho. Las palmas me sudaban y un cosquilleo me recorría el estómago; me sentía tan distinto a lo que solía ser.

Me di un último vistazo en el espejo retrovisor, asegurándome de que todo estuviera en orden.
Tomé el ramo y bajé del auto.
Inspiré hondo antes de tocar la puerta, conteniendo el aliento mientras esperaba.

La puerta se abrió. Frente a mí estaba la versión adulta de Lorelei: el cabello más corto y claro, pero con los mismos rasgos distintivos. Ahora entendía de quién había heredado aquella mirada fuerte y dulce, y esa sonrisa gentil que la caracterizaba. Era el vivo retrato de su madre.

—Buenas noches, madame —logré decir, inclinando la cabeza—. ¿Se encuentra Lorelei?

—Tú debes ser Cast —su voz era melodiosa y risueña—. Pasa, por favor, no tardará en estar lista.

—Gracias...

Al entrar reconocí cada habitación, cada pared. La decoración era distinta, el ambiente más luminoso y acogedor; parecía que todo en el mundo de Lorelei lo era, tan lleno de virtud y bondad. Me senté en un sillón mientras su madre me ofrecía una taza de té. El aroma a jazmín invadió mi olfato y me envolvió una sensación de paz.

—Me alegra por fin conocerte. Desde niña, Lorelei me ha hablado mucho de ti; parecía hechizada por la forma en que su amigo le contaba esos cuentos.

No pude evitar sonreír y sorber un poco de té.

—Bueno, ambos quedamos hechizados entonces. Su hija fue mi único refugio en la escuela, la única persona con la que logré sentirme en confianza... y la única que se preocupó por mí cuando ocurrió el incidente.

—¿Hablas del ataque a los niños? —se tapó la boca con asombro y preocupación—. Dioses... ¿Tú fuiste uno de los afectados? Dime, ¿qué ocurrió? Mi esposo, al enterarse, decidió que nos fuéramos de este lugar, por más que mi pequeña intentó hacerlo cambiar de opinión.

—Bueno. no podría decirlo con certeza —sonreí nervioso, mordiéndome la lengua. Qué torpe había sido al sacar ese tema—. Yo fui el menos afectado. Ese grupo de niños fue el que me atacó a mí, todo por celos infantiles tontos. Aun así, lo que les pasó después sigue siendo un misterio, incluso para mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.