En los ojos de la luna

Capítulo 34

—Cast... Cast... responde, por favor. —Esa voz... apenas un susurro lleno de preocupación, me llamaba. Todo era oscuridad a mi alrededor. Sentía mi cuerpo húmedo sobre una superficie suave y cálida. Una mano fría recorría mi frente y acariciaba mi cabello.

—Cast, abre los ojos, por favor.

Obedecí la voz, abriendo los ojos lentamente. Sentía la cabeza a punto de estallar, de no ser por esa caricia que me apaciguaba. Cuando mi vista se acostumbró a la penumbra, lo primero que vi fue el rostro de Clara. Sus ojos enrojecidos e hinchados delataban que había estado llorando; su trenza, enmarañada brillaba ligeramente por la luz de la luna que se colaba por la ventana.

—Dioses, por fin despertaste. —Apoyó su frente contra la mía. Cerré los ojos, sintiendo la frescura de su piel. Una lágrima cayó sobre mi mejilla. La aparté con delicadeza, secando con mi pulgar las nuevas lágrimas que brotaban de sus ojos.

—¿Qué hago aquí? ¿Dónde está Cloe? ¿Qué hora es? —Miré hacia la ventana, al firmamento oscuro. Intenté incorporarme, pero mi cuerpo se sentía débil y dolorido.

—Son casi las tres de la mañana. Cloe vino por mí hace unas horas. —dijo mientras me ayudaba a acomodarme—. Estuviste a punto de sufrir un colapso energético, o algo así. No entendí del todo lo que me decía, pero sonaba muy preocupada. Cuando fui al bosque con ella te encontré tumbado sobre la tierra, sudando frío y más pálido que de costumbre. Ella me ayudó a llevarte hasta la división del bosque, luego te traje aquí.

—¿Cómo... tú sola?

—Claro que yo sola, enano. ¿Querías que despertara a tu madre o a la mía para que me ayudaran a cargarte?

Sonreí. Su sarcasmo, cargado de nerviosismo y preocupación, me resultaba hasta cierto punto tierno.

—Gracias. Debió ser todo un suplicio.

Negó con la cabeza. —No tanto como pensar que no despertarías... —Se acomodó sobre mi pecho; no la detuve, al contrario, la rodeé con un brazo.

—Estuviste haciendo gestos de dolor todo este tiempo, tienes fiebre... no sabía qué hacer. ¿Qué hicieron Cloe y tú para que terminaras así?

Hundió más su rostro en mi pecho. Clara siempre se había preocupado de esa manera; desde que nos conocimos, sabía que su mundo giraba alrededor de mí, y realmente le afectaba cualquier cosa que me pasara. Acaricié su cabeza suavemente, intentando consolarla a pesar del cansancio y el dolor que recorrían mi cuerpo.

—No fue nada, sólo me excedí un poco al usar mi magia.

Se enderezó de golpe, mirándome con molestia. —¿No fue nada? Hubieras visto a Cloe, casi se muere del susto, y yo... —su voz tembló— yo no sé qué habría hecho si no despertabas. No he podido dormir, sólo esperaba.

Guardé silencio. Luego la atraje de nuevo hacia mí; No objetó.

—Tienes razón... lo lamento. Será mejor que descanses. Te prometo que estaré bien. —Cerré los ojos. Yo también necesitaba descansar; hacía mucho que no me sentía tan agotado.

—¿Qué le diremos a tu madre? —susurró.

—Ya se te ocurrirá algo, siempre has sido buena para cubrirme.

Alzó el rostro. Entreabrí los ojos y la vi fruncir el ceño; ese gesto de molestia me resultaba divertido. Llevó su mano a mi frente y me dio un golpecito suave. Reí por lo bajo.

—No creas que he olvidado para qué usabas mi poder de convencimiento.
Sostuve su mano. —Pensé que ya me habías disculpado por eso. —La llevé a mi rostro; su frialdad era un bálsamo delicioso contra mi piel ardiente.

—Sí... lo hice. —Sus dedos largos y delicados recorrieron mi rostro. Cerré los ojos nuevamente, sin notar en qué momento volví a caer en un sueño profundo.

Durante los siguientes tres días mi fiebre no cesó. Clara se había mantenido a mi lado cuidándome, al igual que mi madre. Para mi sorpresa —y diversión—, me enteré de que Clara había culpado a Lorelei por mi condición, alegando que yo había regresado hasta altas horas de la noche sin abrigo, pues se lo había dejado a mi amiga y seguro me había resfriado por ello. Después me confesaría que tenía mi blazer guardado en su alcoba.

Para la mañana del cuarto día ya me encontraba recuperado, aunque aún sentía rezagos de mi enfermedad. Sabía cómo podía sanar por completo, así que Clara y yo emprendimos nuestro camino hacia el bosque.

El viento helado levantó hojas y tierra a mi alrededor justo en el momento en que pisé el claro. Del torbellino de viento y sombras salió Cloe, abrazándome con fuerza.

—Estás bien.

La aparté, sintiendo escalofríos como punzadas en mi cuerpo. —No del todo aún. —Me dirigí sin tardanza a mi punto de recuperación; sentí el cálido alivio recorrerme y mis fuerzas renovarse casi al instante.

Cloe sostenía a Clara por el brazo. Le murmuró algo al oído que hizo reír a la primera y sonrojar a la segunda.

—No la molestes, Cloe.

Sonrió con esa expresión filosa suya. —No podría, cariño. Después de todo, esta niña salvó a mi querido chico lunar. Deberías agradecerle como se debe, ¿no crees?

La insinuación en su voz me hizo estremecer, aunque Clara lo tomó a juego, conociendo bien la personalidad de la banshee.




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