En los ojos de la luna

Capítulo 35

Por fin, el inicio de nuestra vida universitaria estaba por comenzar. Me encontraba en la sala comedor tomando mi desayuno; Clara aún no bajaba de su habitación. A pesar de que siempre era ella quien insistía en llegar temprano, parecía haberse quedado dormida más de lo debido.

Daba pequeños golpecitos sobre la mesa con el dedo índice mientras pasaba mi mirada del reloj al marco de la entrada y de vuelta al reloj, esperando verla aparecer en cualquier momento. Estuve a punto de levantarme para ir por ella cuando entró. Me quedé atónito, el sonido del tacón de sus botas resonó por todo el lugar.

No pude evitar recorrerla con la mirada de la forma más discreta posible mientras sorbía un poco más de café intentando ocultar mi asombro. Clara avanzaba hacia la mesa con la seguridad de quien sabe que ha cumplido su objetivo.

—¿Irás vestida así? —fue lo primero que salió de mi boca al bajar la taza. Una chispa resonó en mi pecho; tuve que morderme el labio inferior para calmar la extraña molestia mezclada con deseo que sentía.

Llevaba el mismo pantalón que el día en que fuimos a la cafetería de Lorelei, acompañado de un corset de encaje que moldeaba su figura. Podía ver su blanca piel a través de los patrones de orquídeas en flor, y cada peca que se escapaba sobre su escote parecía invitarme a seguir el recorrido de esa enredadera oscura que se cerraba en sus hombros y aprisionaba su cuello.

—Por supuesto. Es el primer día y debo causar una buena impresión, ¿no te gusta? —A pesar de su apariencia, seguía teniendo ese tono infantil y alegre en la voz. Giró, enredando su dedo índice en la punta de su trenza; mostrando con ese pequeño movimiento los botones que resguardaban esa prisión de ligera tela en su cuello.

Sentí nuevamente ese estallido en el pecho, extendiéndose hacia mis manos, la oscuridad recorriendo cada fibra de mi ser mientras las palpitaciones se volvían más y más intensas. Deseé levantarme, tomarla en mis brazos y acorralarla contra la pared detrás de ella; ser el único que pudiera admirar su belleza, el único capaz de recorrer cada pétalo, cada hoja y espiral grabado sobre su piel... tomar esa trenza dorada, tirar de ella y abrirme camino hacia su cuello.

Desvié la mirada, terminé el contenido de mi taza y me levanté, acomodando la solapa de mi chamarra de piel.

—No está mal, pero no va contigo. —Terminé diciendo con voz controlada mientras caminaba hacia la salida. Pasé a su lado y la recorrí esta vez de forma consciente y nada disimulada, de pies a cabeza. Curvé mi labio con una pizca de egocentrismo—. Apúrate o llegaremos tarde a tu gran día de primera impresión. Iré a buscar el auto.

Ella solo me miró frunciendo el ceño; no parecía haber obtenido la reacción que deseaba. Se sentó a la mesa.

—No le hagas caso, Clara —escuché decir a mi madre mientras le ofrecía una taza de té y un plato con su desayuno—. Te ves preciosa, solo está celoso.

No volteé. Solo seguí por el pasillo, sintiendo mi corazón desbocado y la tensión acumulada en mi mandíbula. No era correcto verla de esa manera.

La vi salir de la mansión con el abrigo cubriéndole hasta las rodillas. Me mantuve recargado en el auto hasta que llegó frente a mí, aún con el ceño fruncido. Le abrí la puerta; subió girando el rostro con desdén. Sonreí, dejando escapar el aire en un suspiro.

—¿No crees que es muy temprano para estar de mal humor? —Le toqué el entrecejo. Ella apartó mi dedo de un manotazo.

—Basta, Cast. Déjame.

—Te vas a arrugar muy pronto si sigues así.

—Entonces cargarás con la culpa de cada una de mis arrugas.

—Lo haré con gusto.

Puse en marcha el auto. La miré de reojo; no podía estar molesta por mucho tiempo. Era su forma de ser. En cuestión de segundos ya sonreía, mirando por la ventana e intentando fingir que aún seguía enojada.

—Bueno... ya estamos solos. Puedes decirme la verdad, ¿qué te pareció mi atuendo?
No aparté la vista del camino.

—Te dije la verdad... no está mal, pero no es tu estilo. ¿De dónde sacaste esa blusa? Nunca te la había visto

Se cruzó de brazos.

—Cloe me la regaló. No sé de dónde la sacó, dijo que te gus... que combinaría con mis lentes. —Sacó de su mochila el par que le había obsequiado y se los puso—. Dijiste que llamaría mucho la atención si llegaba a clases con ellos.
Sonreí.

—Sí, eso dije. Pero no creo que sea buena idea cambiar todo tu aspecto solo porque Cloe te lo dijo o... por combinar con los lentes.

—Entonces, ¿te gusto más con mi ropa habitual?

—Digamos que —sentí el calor extenderse por mis manos, el sudor formándose en mis palmas. Apreté el volante hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Me agrada más la verdadera Clara. —Controlé la voz. La miré, y ella solo sonrió antes de bajar el espejo retrovisor para revisar su maquillaje.

Encendí la música. El resto del trayecto transcurrió entre risas y conversaciones ligeras.

Al bajar en el estacionamiento del instituto, Clara desabrochó los botones de su abrigo. La detuve antes de que se lo quitara.

—Quédate con eso puesto.

—¿Qué? —Giró hacia mí con una sonrisa sarcástica—. Cast, me voy a morir de calor. Estás loco si crees que estaré con esto todo el día.




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