En los ojos de la luna

Capítulo 36

La primera hora pasó lenta entre presentaciones y pláticas del profesor con los alumnos. Salí del aula con dolor de cabeza, sujetando el tabique de la nariz entre el índice y el pulgar. Realmente me irritaba no poder controlar mis pensamientos. ¿Desde cuándo me resultaba tan difícil estar solo?. Me preguntaba cómo habría pasado Clara su primera clase; iría por ella antes de que se metiera en problemas. Las siguientes dos horas las pasaría con ella; eso haría mi día más llevadero.

—¡Ahí estás! —Me sorprendió ver a Lorelei correr hacia mí por el pasillo.

—Lorelei, ¿qué haces aquí? Perderás tu clase.

—¡Ay, Cast! No te preocupes, tengo treinta minutos de descanso antes de la siguiente lección. Quería ver dónde estudiaban tú y Clara. —Miró alrededor; sus ojos brillaban con asombro al recorrer la estructura del edificio y esos hoyuelos aliviaban cualquiera de mis penas. Entrelazó su mano con la mía—. Hablando de Clara, ¿dónde está? ¿No van juntos?

—Justo me dirigía a buscarla. La primera clase la tomamos en aulas separadas.

—Bien, vamos entonces. —Me dio un jaloncito invitándome a caminar.

Durante el trayecto no podía dejar de mirarla. Mi corazón latía sereno, lleno de calidez y paz; a diferencia del torbellino que sentía en presencia de Clara, Lorelei era mi lugar de luz, de tranquilidad.

—¿Por qué tienes tanto interés en Clara? —pregunté mientras girábamos en el pasillo. Noté las miradas furtivas de varios chicos admirando la belleza inocente de mi compañera; no les di importancia. Lorelei parecía no notarlos.

—Bueno, es tu amiga, entonces yo también quiero ser su amiga. Recuerdo cómo eras de niño. No hablabas con nadie, siempre encerrado en tus libros y murallas sociales. Ahora que nos reencontramos, me doy cuenta de que has cambiado mucho: eres más abierto con tus sentimientos, más amable. Supongo que todo es gracias a ella y a tu prima. Aquel día que los vi a los tres juntos parecían tan unidos; se complementaban con miradas y gestos. Además, noté su preocupación por ti.

—¿Su preocupación? —no creía que fuera eso lo que Clara sintiera aquel día.

—Sí. Se preocupó porque alguien más entrara en tu vida. —Alzó su rostro hacia mí—. Estoy segura de que te quiere y no desearía que alguien te lastimara; por eso quiero que esté segura de que yo nunca me atrevería a hacerte daño.

Sus palabras me recorrieron como una caricia. Sin previo aviso, el ruido de una multitud nos quebró la armonía: venía del salón de Clara. Nos apresuramos. Intenté asomarme y lo que vi me hizo hervir la sangre: Clara, en el centro de un círculo, rodeada por tres alumnos.

—Se los advierto, imbéciles, no se metan conmigo. —Adoptó la postura defensiva que Cloe nos había enseñado durante el entrenamiento físico. Llevaba mi chamarra con el cierre roto; mechones se escapaban de su trenza. Los tres chicos se burlaron.

—Anda, preciosa; por algo te arreglaste así. Déjanos ver un poquito más. —dijo el que estaba frente a ella, dando un paso adelante y alargando la mano con la intención de abrir más mi chaqueta. Clara esquivó su agarre y le acertó un puñetazo en la nariz.

—¡Perra! —bramó él, sosteniéndose la nariz; un hilo de sangre comenzó a salir—. ¡Agárrenla! Ya fue suficiente. —Ordenó a los otros dos, que se abalanzaron sobre ella tomándola de los brazos. Clara forcejeó intentando soltarse, pero la superaban en fuerza. Uno de ellos arrancó la chaqueta de un golpe, dejando su torso descubierto bajo el corset. La furia más pura ardió dentro de mí al verlo tomarla del cuello y acercar su cara a la de ella.

—Sabes que esto es lo que deseas, preciosa —fue lo último que pudo decir antes de que yo me abriera paso entre la multitud a empujones. Dejé a Lorelei fuera del círculo. Sentí la oscuridad como un volcán a punto de estallar dentro de mí; la dejé poseerme, que recorriera mis venas y me llenara.

Tiré del cuello del primero, alejando su sucia cara de la de Clara, y lo golpeé con todas mis fuerzas. Cayó de espaldas. —¡Alejen sus asquerosas manos de ella, hijos de perra! —grité con voz ronca—. La aparté de ellos con un tirón, resguardándola detrás de mí.

Sus compañeros ayudaron al caído a incorporarse antes de intentar atacarme. Uno se lanzó para taclearme; lo detuve en seco, sintiéndome como una bestia consumida por furia. Lo lancé por los aires; cayó sobre la multitud. El tercero huyó empujando a todos, dejando solo al imbécil que se atrevió a tocar a Clara. Me lancé sobre él, tumbándolo y cayendo encima, golpeándolo sin piedad.

—¿Te gusta? ¿Te gusta poner tus asquerosas manos en mi Clara? —grité, la rabia fulminándome.

—¡Cast! ¡Cast, basta! —Clara intentó alejarme del muchacho; mi odio era tan grande que sus palabras apenas me alcanzaban. El hombre gemía, pidiendo ayuda o clemencia; no lo entendía. Alcé el puño, cargado de todo mi coraje, listo para rematarlo, cuando dos brazos se colgaron del mio, reteniéndome.

—Cast... es suficiente. —La voz de Lorelei me hizo volver a mí. Parpadeé. Me levanté con ayuda de ambas respirando pesadamente; vi al joven tirado, con la cara hecha un revoltijo de sangre y manchas verduzcas que pronto se volverían violetas. Un golpe de culpabilidad me obligó a retroceder.

—Vámonos. —Lorelei me jaló; ambas me arrastraron por el pasillo, los ojos aterrados de los compañeros nos seguían mientras sonaba un silbato: el prefecto venía corriendo hacia la multitud, y a su lado aparecía el chico que había huido. Los tres salimos corriendo.




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