En los ojos de la luna

Capítulo 37

—Cast Crow, a la dirección. —Fue lo primero que dijo la profesora al entrar al aula, sin molestarse siquiera en mirarme. Su voz cargaba la misma apatía que su mirada clavada en las notas.

Clara sostuvo mi mano, pidiéndome disculpas con la mirada. Le di un par de palmaditas en la cabeza antes de salir del aula.

Sentado en aquella silla de madera y cuero, clavé mi mirada en el cristal a un costado mientras el director nos interrogaba a mí y a los tres imbéciles sobre la pelea.

—¡Ese sujeto es un animal! —gritó Leonel, el chico al que había dejado en el suelo. Sostenía su rostro hinchado con una mano y me señalaba con la otra—. ¡Nos atacó sin razón! Solo le pedíamos unas notas a una compañera, ¿verdad, muchachos?

Los otros dos asintieron al unísono. Sonreí con sarcasmo, entrelazando las manos sobre el regazo. Cobardes.

Deseaba darles otra golpiza en ese mismo instante. Suspiré, entornando los ojos, y fijé mi atención en Leonel. Al notar mi mirada, se crispó, hundiéndose en el respaldo.

—¿Así que pedir notas ahora significa intentar desnudar a tus compañeras? Bonito método.

El director se inclinó hacia mí, con los ojos bien abiertos. —¿Cómo dijo, joven Crow?

—Dije la verdad, señor. Estos tres estaban acosando a una compañera. Si no me cree, mandela llamar también.

—Por supuesto que no —replicó Leonel con descaro—. Seguro esos dos se pusieron de acuerdo para culparnos. Créame, nosotros no haríamos algo así.

Los otros dos guardaron silencio, obedientes, como perros falderos.

Miré al director. No sabía por qué, pero parecía decidido a mantenerse al margen con ese trío... otro trío de papanatas. Irónico, pensé.

El director suspiró, acomodándose los lentes. —Señor Crow, me temo que si no tiene más testigos que la compañera a la que se refiere, no podría...

—¿Más testigos? —interrumpí, furioso—. Toda la clase estaba ahí, mirando como idiotas sin mover un dedo.

—¡Modere su vocabulario, señor Crow! —me reprendió con severidad—. Ya hablé con varios jóvenes, y todos coinciden en que usted golpeó a sus compañeros antes de huir de la escena.

Apreté el puño, conteniéndome. Leonel me observaba con una sonrisa triunfante. Había silenciado a todos sus cómplices. ¿Por qué le obedecían? Estuve a punto de levantarme para romperle la cara otra vez cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Señor director! Cast es inocente.

La voz de Lorelei atravesó la sala como un rayo de luz. Me giré. Ella estaba de pie frente a todos, respirando con dificultad; el cabello pegado a su frente sudada.

—Yo vi todo —continuó—. Esos tres muchachos estaban acosando a una amiga mía. Querían hacerle quién sabe qué barbaridad frente a todos. Cast la defendió, fue el único que se atrevió.

El director fulminó a los tres con la mirada.

—¿Y esa pulga quién es? Ni siquiera es de este edificio —gruñó Leonel con veneno en la voz.

—¡Señores Spencer, señor Baker! —tronó el director—. Quedan suspendidos una semana. Además, harán trabajo de limpieza el resto del mes. Más les vale disculparse con su compañera al regreso de su castigo y no volver a acercarse a ella. No es posible que en su primer día ya estén causando problemas de esa magnitud.

—Pero señor, nosotros no...

—¡Silencio! Retírense, ya mismo.

Los tres salieron refunfuñando, confundidos, igual que yo por el cambio tan súbito del director. Lorelei se hizo a un lado para dejarlos pasar, sin apartarles la mirada.

—Usted también puede retirarse, señor Crow. Regrese a su salón. Lorelei, tu también vuelve a tu edificio, no deberías estar aquí.

Ella sonrió con dulzura. —Sí, señor. Gracias. Vamos, Cast.

Me incliné antes de salir con ella de la oficina.

—¿Qué fue todo eso? —pregunté frunciendo el ceño, mientras entrelazaba sus dedos con los míos. Caminaba con el rostro alzado, victoriosa.

—¿Sorprendido? —Su mirada se suavizó—. El director es mi tío. Cuando supe que te había mandado llamar, vine de inmediato. Era obvio que me creería a mí. Además, ese chico cometió un error al llamarme... ¿cómo fue que me dijo?

—Pulga —contesté con diversión.

—Sí, eso. —Bajó la vista, pensativa. Detuve nuestro paso y le aparté con cuidado los mechones que caían sobre su frente.

—Sí que fue una sorpresa, pero... ¿cómo supiste que estaba en la dirección? Eso me intriga más.

—Eres más famoso de lo que crees, Cast. Hasta el edificio de preparatoria se enteró de la pelea y de que te habían mandado llamar. También... —alzando los ojos hacia mí, brillantes—, ¿es cierto que Clara es tu novia?

Su pregunta me golpeó con fuerza. Sentí un vacío en el estómago, una punzada que no supe cómo disimular. Parpadeé, incómodo.

—¿Clara, mi novia? ¿De dónde sacaste eso? —logré decir.

Lorelei me observó con la misma intensidad de cuando éramos niños, buscando leer la verdad entre mis palabras. Una media sonrisa se dibujó en su rostro, volviendo su escrutinio aún más incómodo.




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