En los ojos de la luna

Capítulo 39

Cloe no quiso explicarme qué era lo que buscaba mientras se deslizaba entre los árboles; sólo me había dicho que debía mantenerme en mi forma astral para poder ver y evitar ser descubierto. Pronto sus palabras cobraron sentido.

—¡Ajá! Las encontré. Cast, mira, ¡por aquí! —se materializó unos metros más adelante, apresurándome con un gesto de mano.

Corrí hacia donde estaba. No entendía lo que estaba frente a mí: rastros energéticos de huellas que estaban a punto de desvanecerse. Eran distintas entre sí: algunas con forma humana, otras de bestia, y otras más parecían arañazos que se aferraban a la energía de los árboles, donde sus filamentos estaban rotos, comenzando a cicatrizar.

La mayoría eran de energía oscura; entonces me percaté. Aquellas otras, marcadas con garras, irradiaban algo más. Un brillo carmesí mezclado con la oscuridad que me hizo erizar por completo.

—Cloe... ¿Qué significa esto? —seguí con la mirada el rastro. Las huellas de sombra se desvanecían a pocos metros, pero las carmesí continuaban, marcando un sendero con dirección hacia la mansión.

—Quiere decir, cariño, que ese maldito ha estado jugando con nosotros y tu amada familia está en peligro.

Esas palabras me estremecieron. Corrí desesperado siguiendo las huellas; miles de preguntas se agolpaban en mi cabeza, nublando mi juicio. Cloe me seguía de cerca.

—¡Cast, por los dioses! —me gritó—. No seas tan impulsivo.

Me detuve al llegar al borde de pinos del flanco izquierdo de la mansión, donde las huellas desaparecían.

—¿Dónde está? ¿Por qué no me lo dijiste antes? —recriminé, con el corazón desbocado. Ella me miró con desgano unos segundos y luego sonrió, despreocupada como siempre.

—¿Crees que lo sé, niño? —respondió—. He estado cazando a esa cosa y buscándola por todos los puntos donde pensé que estaría. Ese bastardo tiene una guerra directa conmigo. —Señaló su ojo—. Tengo tantos deseos de acabar con él como tu; apenas ayer sentí su presencia aquí pero cuando llegué era demasiado tarde, ¡puf! había desaparecido dejando sólo pistas.

Se acercó y me jaló de la chaqueta hasta quedar a la altura de su rostro; empujó mi frente con el índice tres veces, provocándome una vena de molestia.

—Piensa con la cabeza, Cast. ¿Qué te he enseñado en todos estos años? ¡por los dioses! —farfulló entre dientes antes de soltarme—. Ahora dime, ¿qué fue lo que viste allá atrás?

La fulminé con la mirada; odiaba su calma, pero en algo tenía razón: el impulso no me dejaba pensar con claridad. Me apoyé en un árbol intentando ordenar la mente, apreté los ojos con los dedos anular y pulgar, traje la escena a mi memoria. —¿Qué vi? —exhalé al fin—. Huellas. Huellas de oscuros y huellas del rojo mezcladas con sombras. Aquel día con el goblin también había una mezcla de energía oscura en él... ¡oscuros! ¿Los absorbe? ¿Absorbe su esencia, como hizo con la tuya?

—Bien, llegamos a la misma conclusión. —Cloe se desvaneció y apareció a centímetros de mí, sus ojos fijos en los míos. —¿Qué más, cariño? Estás cerca.

Abrí los ojos y me encontré con su rostro, tan cerca que podía sentir su aliento. —¿Qué más...? —repetí, apenas en un susurro.

Ella solo asintió, su sonrisa creciendo a cada segundo mientras esperaba mi respuesta. Se inclinó más, su rostro tan próximo que la oscuridad de sus ojos me envolvía. Oscuridad total. Oscuros. Todo se resumía a ellos.

—Los oscuros nunca habían merodeado por aquí —dije al fin—. Siempre los cazamos en la ciudad o en otras regiones.

—¡Ding, ding, ding! —rió burlona, agitando una campana imaginaria sobre su cabeza—. ¿Ves? Si te concentras, puedes llegar a ser muy listo.

—¿Pero por qué estaban aquí? —pregunté—. ¿El rojo los cazaba?

—Bueno, no tengo las respuestas a todas tus preguntas, pero puedo deducir algo, cielo. —Sus atención se desvió hacia la mansión, que dormía en calma, ajena al peligro que la rodeaba. Yo seguí su mirada.

—Alguien ahí dentro está sufriendo, odiando o cayendo en desesperación —continuó con preocupación apenas disimulada en su voz—. Eso atrae a los oscuros, que buscan corromper su alma. Y también al rojo. No sé si por venganza o por hambre de poder, pero debes cuidar a aquellos a los que llamas familia, Cast.

Guardó silencio unos segundos antes de concluir: —No sé qué tan fuerte sea ya esa bestia, pero si se ha mezclado con mi poder y con los oscuros seguramente pueda entrar en el cuerpo de quien esté sufriendo allí. Y eso sería peligroso, tanto para su huésped como para nosotros.

—Sufriendo, odiando o cayendo en desesperación... —murmuré pensativo.
Nada había cambiado. No había peleas ni reproches entre los que habitábamos esa casa. ¿O eso era lo que yo creía?, ¿No éramos felices juntos?, ¿No llevábamos una relación de familia?, ¿No nos apoyábamos?.

—No te atormentes con pensamientos y reproches ahora, cariño. —La voz de Cloe cortó mi espiral de dudas.

La miré; su puño apretado, el ceño fruncido y esa sonrisa... macabra. Una mezcla de ira contenida y deleite oscuro. —Esa bestia no se atreverá a poner ni un pie en tu casa —dijo con voz baja, tan afilada como una promesa—. De eso me encargo yo. Tú, en cambio... averigua quién y por qué está llamando a esos oscuros. Y arréglalo.




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