En los ojos de la luna

Capítulo 41

El lugar era enorme, un caos de luces de colores que iluminaban los juegos mecánicos. Carpas rojas y blancas cubrían los puestos de comida, y el aire estaba saturado con una mezcla dulce y salada que abría el apetito. Risillas, gritos y música se entremezclaban con el sonido metálico de las montañas rusas y las sillas voladoras.

Lorelei se había aferrado al brazo de Clara desde que bajamos del auto. Parecía empeñada en convertirla en su amiga, y Clara, no se veía nada incómoda. Incluso las había sorprendido un par de veces susurrándose cosas al oído antes de reírse juntas.

Cloe y yo íbamos detrás de ellas. Yo, como de costumbre con las manos en los bolsillos, simplemente viendo a mis dos amigas caminar frente a mí intercambiando palabras como si se conocieran de tiempo atrás; ella, completamente perdida en su propio mundo mientras devoraba lo que bautizó como "nubes de colores" —algodón de azúcar—. Al verla tan emocionada al pedirme que le dejara probarlo, no pude evitar comprarle el más grande que encontré. Me resultaba extrañamente tierno descubrir que la debilidad de esa banshee eran los dulces humanos.

De pronto, Lorelei y Clara se detuvieron. Nos miraron y corrieron hacia nosotros solo para arrastrarnos del brazo hasta una montaña rusa colosal.

—Queremos subir a esa —dijo Clara, señalando la estructura.

Cloe rió con esa oscuridad tan suya, terminando su algodón de un solo bocado.

—Bien, linda, pero yo pido estar en el asiento de enfrente. —dijo limpiando la comisura de sus labios con elegancia.

Ambas avanzaron hacia la fila sin esperar respuesta.

—Vamos, Cast, o no nos tocará juntos —apuró Lorelei, jalándome.

—Mejor suban ustedes... yo las espero aquí —logré decir en cuanto mis palmas empezaron a sudar. Observé el carrito caer a toda velocidad por la pendiente más pronunciada antes de entrar en una espiral que arrancó gritos de sus pasajeros. Tragué en seco.

Lorelei soltó una risa suave, mostrando sus hoyuelos. —No me digas que tienes miedo.

Clara y Cloe voltearon a verme al mismo tiempo, ambas con expresiones entre burlonas y desafiantes.

—¿El gran Cast tiene miedo a un juego? —se mofó Clara con una sonrisita maliciosa.

—Vamos, chiquillo —añadió Cloe—. No me digas que te asusta un armatoste como este. ¿Quieres sentarte a mi lado? Prometo cuidar tu pequeño trasero.

—Cállate, Cloe —sentí el rubor subir hasta mis orejas. Las tres rieron al unísono.

—Vamos, Cast —insistió Lorelei—. No es tan malo como parece.

Y ahí estaba... ese rostro lleno de ternura capaz de desarmarme entero. Me tomó nuevamente del brazo. Suspiré, derrotado, y con una sonrisa forzada seguí a las tres hacia mi inevitable humillación.

Fue peor de lo que pensé, después de tener que aguantar subidas, bajadas, giros y tirones hacia uno y otro juego que a las chicas se les ocurría por fin nos dimos un descanso para comer algo en uno de los restaurantes dentro del lugar, mis piernas se sentían débiles y mi estómago no estaba preparado para consumir alimento alguno, aún así intenté relajarme y pedir lo más ligero que ofrecía la carta.

—¿Cuál será el siguiente? — dijo Cloe que para mi sorpresa se veía llena de adrenalina y diversión.

—Creo que ya es hora de que dejemos elegir al pobre Cast. Mírenlo, parece que se le va a salir el alma —dijo Clara, divertida.

Cloe soltó una risotada, Lorelei cubrió sus labios con ternura, casi compasiva.

Solté un suspiro, curvando una sonrisa mientras me recargaba en el respaldo con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

—No seas tonta, puedo con eso y más.

Clara se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos y apoyando la barbilla sobre ellos.

—¿Ah, sí?

Imité su gesto, nuestros rostros a la misma altura, sonrisas desafiantes chocando entre nosotros.

—Por supuesto que sí.

Cloe y Lorelei intercambiaron miradas. Ambas sonrieron, la primera maliciosa, la segunda llena de emoción contenida esperando la respuesta de Clara.

—Entonces te reto a que subamos a ese —dijo señalando una montaña rusa más pequeña que la primera; con pendientes más inclinadas y el triple de vueltas que te dejaban de cabeza. Mi estómago se revolvió al ver la velocidad con la que el carro bajaba y giraba. —Parece que te quedaste mudo... miedosito.

—¿A quién llamas miedosito? —dije aclarando la garganta. —Hagámoslo.

Intenté sostener la sonrisa. ¿Cómo demonios podía enfrentar oscuros y rojos pero temblaba ante esas aberraciones metálicas?

Al terminar de comer —o al menos, ver mi plato sin poder tragar nada— los cuatro nos dirigimos al reto. Lorelei y Cloe decidieron no acompañarnos; nos esperarían abajo para reposar la comida.

El cinturón metálico se cerró alrededor de mi cintura con un clic que me heló la sangre. Luego bajaron los tubos sobre mis hombros y pecho. Miré hacia un lado: Cloe observaba con diversión sádica.

Me mandó un beso exagerado. —Buen viaje, querido. Siempre te recordaré —gritó antes de reír a carcajadas.




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