Las luces habían desaparecido; la canasta ya no se movía ni un centímetro por cuenta propia. Un nuevo golpe nos sacudió.
—Cast... —chilló Clara, apenas sosteniéndose en su asiento.
—¡Cállate!, por los dioses, niña, escucha —contestó Cloe en mi lugar, notablemente alterada y ansiosa—. Quédate aquí. Cast y yo nos ocuparemos de esto.
Venció la puerta con sus sombras y la abrió, asomándose hacia abajo.
—Ese maldito... ¡Cuidado!
Nos envolvió antes de que otro golpe nos diera de lleno, balanceando la cabina estrepitosamente.
—¡Mueve tu trasero, Cast, o esta cosa no va a resistir!
Volvió a dirigirse a la puerta, llena de determinación. Dudé. Lejos del bosque, lejos del árbol... no podía tomar mi forma astral. Sería débil, un estorbo; ni siquiera podía salir de ahí.
—Tendrás que ingeniártelas, cariño —me respondió Cloe, leyéndome la mente—. Después de todo, eres el hijo de un dios.
Sonrió y me extendió la mano. Asentí y la tomé. No sabía cuál era su plan, pero si no actuábamos rápido, Clara y Lorelei estarían en peligro.
Sin previo aviso, Cloe me jaló. Salimos de la cabina en caída libre. Solo alcancé a ver el rostro preocupado de Clara asomándose por la puerta. Sentí mi grito atorarse en la garganta mientras Cloe nos impulsaba, moviendo nuestros cuerpos hasta quedar abrazada a mí. Su rostro, serio y decidido, me obligó a concentrarme.
—¿Qué es, Cloe?
—El rojo. —Alzó su voz entre el aire que nos golpeaba mientras inclinaba más nuestros cuerpos, acelerando la caída.
Descendimos en picada hasta quedar a pocos metros del suelo; sus sombras se solidificaron, sujetándose de donde podían para frenar y asegurarnos un aterrizaje estable.
Ya en tierra, todo fue silencio. Vacío. Oscuridad.
Nos miramos, atentos a cualquier movimiento. Ella asintió, dándome una orden muda, posó las palmas en el piso extendiendo sus sombras para rastrear cualquier anomalía. La comprendí al instante.
Cerré los ojos y dejé que mis sentidos se agudizaran.
—No siento nada, Cloe... —susurré.
—Concéntrate más, cariño. Está aquí. Lo vi, lo sentimos. —Frunció el ceño.
—Lo sé.
Me concentré hasta que mi cuerpo comenzó a emanar energía. Todo estaba quieto. Extrañamente quieto. Las pocas personas en la noria estaban inconscientes, igual que el operador. Solo Clara permanecía despierta.
—Creo que solo quiso jugar con nosotros —dijo Cloe tras un par de minutos, levantándose y sacudiéndose las palmas—. El muy cobarde huyó.
No respondí. No tenía sentido que atacara para después desaparecer. Algo estaba mal.
Escuché los pasos de Cloe acercándose al panel de control.
—Vamos a arreglar esto y largarnos de aquí.
Movió al operador, que cayó hacia atrás en su asiento con la cabeza colgando como un muñeco de trapo. Revisó el panel, analizando botones y palancas.
—¡Uy! ¡Eureka! —rió, jalando una.
Las luces de la rueda titilaron antes de volver a encenderse y ponerse en movimiento. Un escalofrío me recorrió. Giré justo a tiempo para verlo: el operador abrió los ojos. Uno completamente impregnado de oscuridad.
—Cloe, ¡cuidado!
El hombre abrió la boca de forma antinatural, dejando ver un par de caninos afilados. Lanzó una mordida feroz hacia ella; Cloe la esquivó de inmediato, golpeándolo con una de sus sombras, tirándolo del asiento al instante.
—Con que ahí te escondías... —sonrió, altiva y burlona—. Qué bajo has caído: usar a un humano débil para atacar por la espalda.
El hombre rugió de forma gutural mientras se levantaba con torpeza, balanceando los brazos a los costados. Cloe, sin titubear, transformó sus manos en garras de sombra, dispuesta a luchar cuerpo a cuerpo.
Se lanzaron uno contra el otro. El rojo, dentro del hombre, era torpe. Intentó morderla; Cloe aprovechó para acortar distancia, tomó impulso y lo montó, rodeándole el cuello con las piernas para someterlo. Lo sujetó por las fauces mientras él gruñía, desesperado por liberarse, chocando el cuerpo de ambos contra la valla de contención.
—¡Muévete, Cast! Ayúdame a sacarlo antes de que lo destroce por dentro —gruñó, apretando los dientes. Aunque estaba en un estado semi humano, le costaba contenerlo. Tenía razón: era nuestra oportunidad. Dentro de ese cuerpo, él no podía revelar todo su poder; el mundo físico aún le era incómodo.
Corrí hacia ellos. Lo tomé de los hombros y dejé que mis hilos de energía treparan por su rostro, hacia su ojo, y entrando por su boca. Tenía que conectar con él para expulsarlo.
—Un poco más... —murmuré a Cloe, que seguía forcejeando. Intensifiqué mi luz; mis ojos comenzaron a resplandecer. Sentía la energía de la luna, y aun así no lograba alcanzarlo. No lograba tomarlo.
El hombre embistió la valla con más fuerza. Escuché el quejido de Cloe.
—¡Muévete, niño!
Necesitaba más poder. Poder... oscuridad.
La llamé. La dejé fluir por mis venas, enroscándose con mis patrones de luz. Me quemaba, ardía, dolía... pero la necesitaba. Los surcos oscuros comenzaron a trepar por mi piel, enroscándose en mi cuello y mi rostro.
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Editado: 23.03.2026