En los ojos de la luna

Capítulo 43

Sentí su sabor putrefacto invadir mi lengua hasta la garganta. Intentaba romper la conexión inútilmente.

—No. Toques. A. ¡Cast! —escuché gritar a Cloe antes de enterrar sus garras en los ojos del hombre.

Dos gritos estallaron en el aire: el del humano atrapado y el de la bestia. Aproveché el instante para arrancarlo de mí, jalando con mis manos la masa oscura y partiéndola en dos.

Caí al piso, tosiendo, deseando devolver el estómago. Los restos regresaron a su huésped, que chillaba y se retorcía con furia intentando liberarse del agarre de Cloe.

El rojo tomó control: destrozó las manos del joven que poseía, dejando sus propias garras al descubierto. Con una de ellas sujetó la pierna de Cloe y la jaló con tal fuerza que la hizo perder el equilibrio. La arrojó contra la estructura metálica de la rueda; de sus cuencas sangraban fluidos mezclados con un plasma negro de olor aberrante. Cloe, aún así, usó sus sombras para amortiguar el impacto.

—¡Cloe! —escuché.
El grito venía de arriba: Clara miraba todo, aterrorizada, mientras su cabina descendía lentamente.

El rojo se apresuró a liberar sus patas traseras, deformando aún más el cuerpo en esa grotesca mezcla de humano y bestia. Tomó impulso y comenzó a trepar por los barrotes de metal, guiado por el olfato y el sonido, directo hacia Clara.

—¡Cast, no hay que dejar que llegue a ella! —gritó Cloe, enviando sus sombras como látigos hacia el monstruo.

Me incorporé justo para verlo avanzar. Clara gritaba, retrocediendo en la canastilla. Invocando mis patrones, intenté solidificarlos de nuevo: luz y oscuridad unidas. Sentí mi piel arder; quería gritar, pero el dolor quedó eclipsado por un ruido seco: una de las sombras de Cloe había sido destruida por la garra del rojo, que ya metía el rostro en la canastilla, olfateando.

El grito de Clara —desesperado, miedo puro— me atravesó. Me encendió un instinto protector.

Lancé un látigo de energía que se enroscó en su pierna. Escuché los gritos de las caras deformes cuando lo jalé con todas mis fuerzas; quería destruirlo. Las garras raspaban el metal, chirriantes. Cloe se unió a mí, atrapando su segunda pierna con sus sombras. Entre los dos logramos hacerlo caer.

Todo pasó en segundos, aunque para mí el tiempo se alargó.
El crujir de los huesos al chocar contra la base metálica.
Los aullidos al unísono.
La piel del humano desgarrándose al liberar al rojo en forma totalmente física. Oscuridad salió de su cuerpo, atrapando las sombras de Cloe. Ella tiró, intentó zafarse; al ver que no podría, corrió hacia él gritando de rabia, sus manos convertidas otra vez en garras oscuras, listas para destrozarlo.

Yo corrí con ella, lanzando esferas de energía que chocaban contra la criatura. Gritos. Alaridos. Caos.

Y de pronto, nada. La garra de Cloe quedó clavada en el metal. El rojo había vuelto a hacerse etéreo.

Intenté seguir su energía, sentirlo. Estaba débil. No sería difícil encontrarlo y terminar con él. Pero el peso de mi propia energía empezó a cobrar factura.

Los espirales de oscuridad se expandían por mi rostro, mis brazos, mis piernas... quemaban en una lucha feroz contra mi luz por tomar el control. Caí de rodillas, sosteniéndome con las manos. No podía respirar.

—¡Cast! —Cloe corrió hacia mí.

Clara brincó de la cabina antes de que llegara al punto seguro y se lanzó a mi lado. Mi respiración era un sonido áspero, quebrado; sentía mis ojos a punto de explotar, y mi cuerpo temblaba con espasmos convulsivos.

—Debemos irnos ahora. Llevarlo al bosque —escuché decir a Cloe mientras se incorporaba para ir por Lorelei, aún desmayada. La cargó en su espalda con facilidad y la bajó de la cabina.

—Cast... ¿Puedes moverte? —preguntó Clara, tratando de sostenerme sobre su hombro.

Intenté responderle, pero mi cuerpo no obedecía. Nada. Solo oscuridad presionando desde dentro.

—Vamos... por favor, Cast —su voz se quebró.

Cloe me tomó por el otro brazo.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

Era sorprendente cómo a pesar de su figura delgada, Cloe cargaba a Lorelei en su espalda mientras ayudaba a Clara a sostener mi peso sin esfuerzo. Entre las dos me arrastraron hasta el auto. Me dejaron caer en el asiento del copiloto; Clara pasó el cinturón alrededor de mí con manos rápidas pero temblorosas. Luego, sin pensarlo, tomó las llaves de la bolsa de mi pantalón.

—¿Estás segura de que sabes manejar esto, chiquilla? —preguntó Cloe desde el asiento trasero con su sonrisa torcida, moviendo el pie ansiosamente, con Lorelei tumbada a su lado.

Clara asintió, tragando saliva, y arrancó el motor.

—Bien —gruñó Cloe—. Entonces muévete. No tenemos tiempo que perder.




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