En los ojos de la reina

Capítulo 2: No soy su princesa

Es difícil asegurar mi posición, considerando el sitio actual en el que me encuentro. Todos estos ciclos de mi vida fui nombrada Princesa Ofelia Tamos Jacobi, o por lo menos eso dicta mi acta de registro. Muchos dudaron de mi origen desde mi nacimiento y admito en ocasiones, yo misma me lo he cuestionado, incluso si heredé los mismos rizos y el dorado cabello de mi padre.

El tiempo apaciguó la legitimidad de mi descendencia, pero la manera en la que se me juzgaba no. Jamás presenté signo de fuerza extraordinaria, velocidad en sanación o cambio de pigmentación de mis ojos a rojos que me convirtiera en una Fuerte, como somos llamados. Nada, excepto esa mirada azul que el espejo me hacía recordar cada mañana lo que no era.

—Princesa Ofelia.

Una grave voz me hizo retirar la mano de aquel dilema en el que me encontraba: si elegir un bizcocho oscuro o un mantecado blanco como souvenir para entretener a mi estómago antes del banquete principal.

La celebración había dado comienzo y, como en cada uno de nuestros festejos, el gran salón del palacio relucía en elegancia y sofisticación. Todo lucía correr adecuadamente dentro de los estándares sometidos para deleitar a los invitados. Mis bien refinados modales se encontraban siendo aprobados por la señorita Magnolia. Creí que me reprendiría por mi actitud anterior en los jardines, pero no lo hizo.

—Permítame exclamar con el respeto que merece, lo exquisita que luce esta noche.

—Sus palabras son sumamente apreciadas, señor Crampo.

La perfecta reverencia del noble fue atendida por mi parte.

—Su festejo también está próximo a llevarse ¿cierto?

—A tres días del término de cada ciclo, sí.

Recuerdo haberme empequeñecido por aquella fecha que todos, excepto mi familia, parecían olvidar, opacada por las fastuosas fiestas que cada final e inicio de ciclo traía consigo. Durante muchos ciclos de mi infancia, mis celebraciones no llenaban ni siquiera el recibidor secundario, de un octavo del tamaño del principal. Jamás he sido exactamente lo que algunos llamarían la Tamos más estimada de la nobleza.

—Parece imposible que cumpla diecisiete tan pronto y se convierta ante Victoria en toda una adulta —sonreí con cortesía y reserva por su inesperada atención—. Permítame presentarle a mi hijo, Tadeo Crampo.

Mi sonrisa disminuyó al comprender que toda aquella cortesía tenía como finalidad conocer a su hijo. Pudiera que mi pasivo temperamento me otorgara una imagen de ingenuidad y torpeza, pero no lo era; al menos no lo suficiente para no adivinar el objetivo de querer emparentar a nuestras familias. Después de todo, anormal o no, era la hija del rey de Victoria. Un apellido y una posición eran las únicas dos cosas que poseía lo bastante aceptables para afianzar lazos y crear alianzas.

—A su servicio, Alteza.

El joven de múltiples pecas y rizos apretados se inclinó en una reverencia semejante a la de su padre. Mis nervios comenzaron a traicionarme y, como era mi costumbre, torcí mis dedos en un gesto que unía mis manos. El par de fuertes observaron aquella manía adquirida a través de los ciclos.

«Torpe. Se han percatado de lo torpe que eres y se irán» me reprendí de inmediato.

—Le gustaría bailar conmigo la siguiente pieza y así, sacarme de aquel triste asiento de allá, mi princesa —dijo con presteza Tadeo, alentado por su padre.

—M-me gustaría, sí.

Yo no era su princesa, pero al menos fingió ignorar mi tartamudeo. Su comentario y rostro cómico de sufrimiento exagerado me hizo esbozar una sonrisa, con la suficiente confianza como para olvidar aquellos bocadillos que me consolarían de una larga velada. Tendí la mano con entusiasmo para dirigirnos a la pista de baile, con la esperanza de que no fuera otra cruel broma de las que los jóvenes nobles solían hacerme.

La melodía comenzó a tocarse por aquella amplia sinfonía de los músicos. La mano de mi acompañante se colocó en mi cintura y me produjo una sensación extraña. Jamás bailaba con alguien que no fuera mi padre o mis hermanos: en el pasado tuve unas cuantas decepciones, pues mi condición era vista como una falla repulsiva que mi reflejo debía recordarme todos los días. Poseer la mirada de seguidor no era precisamente un halago, así que mi autoestima nunca fue muy saludable.

—No suele bailar con caballeros como yo ¿cierto? —exclamó Tadeo tras notar mis nervios.

—¿Qué le hace creer eso?

—Instinto. Simple instinto y porque si hago esto —su cuerpo se aproximó al mío, tan cerca que podía sentir su aliento a alcohol dulce en mi nariz—. Sé que se sonrojará, mi princesa.

«Fue una mala idea haberle aceptado, Ofelia»

—No soy su princesa —espeté disgustada.

—¿Segura?

Poco le importó mi reprimenda. Me estrujó de nuevo, pero esta vez su mano se deslizó por mi espalda baja. Su indecente acto me enfureció aún más; por mucho que hubiera deseado bailar con alguien, no merecía tal trato. Quise zafarme de su amarre, pero era el fuerte que es, y lo débil que yo soy, y me fue imposible incluso forcejeando.

—Quíteme sus asquerosas manos de encima y vaya a ponerse hielo debajo del pantalón, señor Tadeo —gruñí en voz baja con el color de la rabia hirviéndome la sangre.

Creí que su mano se destinaría aún más abajo. En cambio, tan pronto como lo exclamé, su cuerpo se tensó y dejamos de bailar. La mirada que segundos atrás reflejaba diversión y poder se transformó en algo vacío y preocupante.

—¿Señor Tadeo? —dejé a un lado mi enfado, temiendo que estuviera en medio de un colapso nervioso o físico, aunque no tuviera sentido. El rojo en su rostro anunciaba una contención de oxígeno en sus pulmones.

Estaba a punto de pedir auxilio cuando emitió una profunda exhalación que evocaba alivio y dio media vuelta. Me dejó en la pista de baile sin decir una sola palabra. La vergüenza de ser abandonada me hizo seguirlo, pero al verlo detenerse en la fuente de bebidas sin importarle si empujaba a algún noble en el proceso me paré en seco. Lo vi tomar un par de hielos de la vasija sin importarle arruinar su atuendo y colocarlos justo donde le había indicado. Nada. Se conservó inmóvil, con la vista en los ventanales.




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