En los ojos de la reina

Capítulo 4: Una pérdida real

Parece extraño cómo cambia la vida en un parpadeo. Despiertas con el conocimiento de tenerlo todo y al otro, te encuentras descendiendo de un jet, sola y con el corazón destrozado. Unos brazos. Solo unos me reciben al arribar al palacio. Magnolia, quien jamás mostró una pizca de ternura, me ofreció su hombro para llorar mi pérdida.

—Mi niña —rodeó sus brazos a mi cuerpo.

Sus ojos anunciaban que por igual habían llorado. Sé de primera mano que quiso demasiado a mi madre. Se ganó su cariño desde que la instruyó para convertirla en princesa una vez que ganó la batalla de las contendientes y se mudó al palacio.

—Le pedí a mi padre que me llevara con él, pero no quiso —entre sollozos comenté—. Dijo que debía ir solo.

—Él solo quería protegerte, mi niña —sus manos tomaron mi rostro para asegurarse de no guardarle ningún tipo de rencor a mi padre—. Nadie debería ver algo así.

Mi institutriz me llevó hasta mi habitación donde conseguí aferrarme a la cama como si pudiera olvidarme de todo. Magnolia comprendió mi desdicha y cuidó de mí en silencio hasta que inevitablemente dormí.

Al amanecer, todo el reino de Victoria junto con sus cinco gobiernos se encontraban en luto por la noticia suscitada. El funeral se llevó a cabo aquella mañana. Mi cabello fue sujetado en una coleta atada a un listón grisáceo en tono a mi vestido como símbolo de nuestro duelo. Dejé mi rostro sin ningún arreglo y me coloqué sin falta, el collar que mi madre tan orgullosa y casi al borde del llanto me obsequió el ciclo pasado cuando cumplí dieciséis.

«Tu primera joya familiar» me había dicho, y desde entonces, juré no quitármela.

La gargantilla no constaba nada más que de siete diminutas perlas blancas distribuidas a lo largo del cuello. Las toqué una y otra vez antes de que fuera hora de ir a un funeral en el que solo existirían tres ataúdes vacíos, ya que no quedó nada de ellos. Ni cenizas siquiera. Ni de ellos, los guardias o del General Paolo que los acompañaba.

Mi padre se comportó como el rey que era. Nadie, excepto yo reconocía que sus ojos reflejaban una tristeza pura. De aquella que emerge de hasta los huesos. Cuando cruzamos miradas, me concedió el tiempo suficiente para besar mi frente en un gesto que me hizo sentir que pese a todo, estaba conmigo. Mi abuela, la reina madre, permaneció al otro costado de mi padre aposada en su brazo. Mi tía abuela Gladiola prefirió permanecer al frente de la congregación junto con los nobles que asistieron al evento.

El primo de mi madre y actual gobernador de Lorde, Orlando Mendeval, también nos acompañó junto con su esposa e hijo Alaric. Ambas familias compartimos muchos momentos personales y gratos debido a que mi madre y su primo crecieron como hermanos al grado que Ben, Dan y yo le llamábamos tío a Orlando y abuelo al padre de este.

—Las pérdidas jamás pueden recuperarse u olvidarse —comenzó mi padre con su discurso—. La contundencia con la que nos enfrentamos a los daños es la determinación por la que nuestra nación se ha levantado y mantenido a lo largo de sus siglos de creación.

Pude deducir que el consejero de Victoria lo ejecutó. Mi padre jamás fue bueno en ello y por esa razón era que mi madre los ejecutaba para él. Siempre fue buena con las palabras. Tenía una voz encantadora que cuando cantaba daba alivio a cualquier espíritu.

Hastiada de las múltiples condolencias de los asistentes fueran reales o no, me alejé del bullicio para vivir por un instante mi duelo en soledad. Corredor tras corredor, me refugié hasta llegar a la sala de música. Una de las habitaciones favoritas de mi madre. Acaricié con mis dedos las teclas del piano que bellamente tocaba para mis hermanos y padre.

Me encontré a punto de volver a derramar las lágrimas que creía agotadas cuando un ruido proveniente de la habitación que conectaba a la siguiente me distrajo. Con asombro, descubrí que alguien me observaba.

—¡Rolan! —posé la mirada en su presencia.

—Hola.

—P-pero... ¿Qué haces aquí?

Posé la mirada en la puerta cerrada.

—Lo siento, no era mi deseo asustarte —espetó con vergüenza—. Sé que no es correcto estar aquí.

—Exacto, no lo es. Si te encuentran a solas conmigo, estaremos en problemas.

—Lo sé. Es solo que yo… de verdad lo siento. No sabes cuánto lamento tu pérdida. Fui tan grosero ese día que nos vimos. Debí estar para ti en esos momentos, en cambio solo fui egoísta y me alejé.

—No sabías lo que iba a suceder —avancé por la sala en dirección a él—. Nadie lo sabía de hecho. No es tu culpa, Ron.

Me destiné a mirar aquel chico que dos días atrás había sido tan descortés conmigo. Sus esquivos ojos se rehusaron a mirarme. Como si tratara de decirme algo del cual no encontraba las palabras aún.

—Creo que debería irme.

—¡No! —objeté de inmediato—. Yo… no quiero estar sola. Vine a refugiarme a este sitio fuera de todos, pero no quiero estar sola ¿Podrías… quedarte?

Conmovido, Ron asintió.

—Me quedaré, Ofi.

Una triste sonrisa cubierta de pesar y añoranza me invadió.

—Me había cuestionado quién me llamaría de esa forma ahora, sabes.

—¿Te molesta? Porque podría...

—No, tu presencia me reconforta, incluso si hemos vuelto a vernos siento como si no te hubieras ido —confesé dándome cuenta de lo cercano que estábamos el uno al otro.

Su aspecto y color de piel había mejorado sin duda comparado con la última ocasión que nos vimos. Era como si la vida me diera algo después de arrebatármelo todo.

—Debes volver con tu padre —rompió la tensión entre ambos.

—Por supuesto, sí. Debe de necesitarme, aunque por el momento dudo poder ser un buen consuelo para él.

Una lágrima se escapó por mi mejilla.

—Si tan solo pudiera hacer algo para aliviar tu dolor créeme que lo haría —exclamó, siguiendo con la vista el camino de mi llanto—. Nadie debería pasar su cumpleaños de esta forma.

No fue hasta su mención que recordé que ese día se cumplía mi festejo número diecisiete. Yo jamás olvidaba algo, sin embargo, mi pérdida lo consiguió.




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