En los ojos de la reina

Capítulo 5: Su nombre es Damián

Los rumores son como la hierba. A simple vista parecen inofensivas. Un decorativo necesario incluso, pero que si le permites crecer lo suficiente es capaz de devorarlo todo. Sí, los rumores de la muerte de mi familia crecieron cuál peligrosa hierba que poco a poco se volvieron verdad.

—¿Seguirán cada paso que des? —Magnolia habló mientras dábamos un paseo en el jardín.

Su vista se destinó a los dos guardias seguidores que desde ese momento en adelante me seguirían cual sombras por orden de mi padre.

—Desde que salgo de la alcoba hasta que vuelvo a ella, sí.

Ambos guardias se mantenían a una distancia prudente, sin embargo, eso no restaba que mi privacidad se sintiera invadida.

—Los extraño tanto, sabes. Como nunca lo hubiera pensado alguna vez —le espeté. Magnolia me envolvió en un gesto consolador que apremiaba mi mano.

Durante ciclos mis hermanos vivieron alejados de ese sitio. El saber que se reunirían conmigo en sus descansos lo cambiaba todo. Recuerdos, era a lo que mi vida se había reducido.

Nuestro paseo fue interrumpido debido a que un par de visitas nos desvió al recibidor principal del salón. Mi presencia se requirió por parte de un coronel de alto rango por la cantidad de medallas en su oscuro uniforme. Lo reconocí de aquel terrible día de El Celeste. Su nombre: Roberto Marven Asen, el cuñado de René Farfán, gobernador de Teya.

—Buenos días, princesa.

—Buenos días, coronel. Es un placer recibir su visita —mentí.

—Su padre me envió a usted.

—¿Mi padre? —cuestioné, pues pensé que me había olvidado dentro de la penumbra de su botella.

—Así es. Su Majestad me encomendó su resguardo. Sé que tiene a su servicio escolta azul, aunque requiere de alguien que la resguarde realmente. Alguien fuerte.

—¿Y usted lo hará? —la duda menguó, ya que debía ser mayor que mi padre.

—No, Su Alteza. Permítame presentarle a mi hijo, el teniente Damián Marven Farfán. Él la resguardará.

Mis ojos se desviaron al joven que se presentaba en una leve reverencia.

—Será un honor servirle, princesa Tamos.

—El honor será todo mío, teniente Marven.

Su roja mirada se encontró con la mía.

—Excelente —aplaudió el coronel, desvaneciendo el contacto visual entre su hijo y yo—. Se hará un recorrido por la zona y mañana por la mañana mi hijo se encontrará en su totalidad a su servicio —sonreí con cortesía, pese a que el único pensamiento en mi mente fuera tener otro guardia más vigilando mis pasos.

Un movimiento del joven Marven bastó para que mis ojos le prestaran la suficiente atención para recordar los rasgos de su rostro. Y es que Damián había sido el muchacho que sujetó mi brazo cuando la noticia del jet donde venía mi familia llegó a mis oídos.

En aquella ocasión no tuve la oportunidad de mirarlo con detenimiento debido a las circunstancias más que obvias. Fue en ese instante que me percaté de su peculiar aspecto. Alto, de constitución delgada, aunque atlética por el entrenamiento que debió llevar. Su cabello se situaba por debajo de su cuello amarrado en una pequeña coleta. Aquello llamó mi atención, ya que los hombres en servicio no solían portarlo de tal manera. Un rasgo de rebeldía familiar que encontré por igual en su prima, Mikaela Farfán, quien poseía el cabello por debajo apenas de los hombros.

En contraste a su oscuro cabello, la tez de la piel de Marven era blanca que bien podría atribuirse por el poco sol que radica en Santiago. Sus pobladas cejas conseguían que su mirada fuera severa e inquisitiva. Todo de él se desvaneció en cuanto mis ojos se clavaron en aquella pulsera roja que rodeaba su muñeca izquierda, siendo que una idéntica se instalaba en mi tobillo.

Mis hermanos me la habían obsequiado tras su regreso ese mismo invierno. Me pareció inusual su regalo, considerando que aquel estaba fabricado de una manera artesanal anudada a una perla de color púrpura encontradas en ríos y riachuelos en el gobierno de Palma.

—Me parece adecuado, coronel. Sea bienvenido a este palacio señor Damián. Espero encuentre en este sitio, un lugar al cual pertenecer. Y si eso es todo, me retiro.

Pudiera que mis modales fueran algo abruptos, y por ello Magnolia me lanzara un sutil codazo que pasó desapercibido tras nuestro retiro.

Me despedí de Magnolia en el piso de su estancia con la promesa de verla por la tarde para mis lecciones de economía para que me dejara partir a mi alcoba. En cuanto los primeros pasos cedieron una voz que añoraba oír resonó.

—Es lindo volver a verte, Ofi.

—Es lindo volver a verte, Ron.

Como cada inicio de mes, los reales (soldados seguidores) se reportaban en el palacio y esa no fue la excepción. Rolan era cambiado constantemente dentro y fuera del palacio, así como a los alrededores de La Capital. No tuve la oportunidad de volver a verlo desde aquel día del funeral.

El cuestionar como consiguió ingresar a mi habitación sin ser visto era algo que no me atrevería a discutir. No con los pocos minutos que teníamos y no pensaba desperdiciar.

—¿Te gustó?

—Delicioso —comentó Ron, al tiempo que otorgaba otro bocado al pastelillo de frutos rojos que eligió.

Pese a la convivencia que tuvimos en toda nuestra infancia, la comida del palacio era lo único de mi conocimiento que a él le gustaba lo bastante para considerarlo un obsequio por su festejo dieciocho. Ya habían transcurrido dos meses de ello, aunque presentí que en su vida de soldado aquellos bocadillos no eran algo de lo que pudiera disfrutar constantemente.

—No debiste —protestó.

—Quería hacerlo. Además, tu recordaste mi cumpleaños. Es lo menos, un pequeño gesto apenas.

«Uno que no es suficiente por la vida que está nación te obliga a vivir»

—Pues lo agradezco y… te lo has acabado todo, Ofi. Comes muy rápido. Lo había olvidado.

Mis mejillas se tiñeron de rojo al ritmo que miré mi plato vacío con las migas de pastel de chocolate que devoré como si no hubiera un mañana.




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