Conocía cada rincón del palacio mejor que nadie. Mis hermanos y yo solíamos jugar a escondernos por horas. Memoricé cada atajo, cada puerta falsa, cada sombra donde un niño pequeño podía desaparecer sin ser encontrado. Tal ventaja pareció servirme en esa ocasión no para esconderme, sino para perseguir a Damián.
Debí recorrer varios pasillos para seguir el rastro de mi guardia fuerte. Fue escurridizo; sin embargo, ese fue mi hogar: conocía cada atajo mejor que él. Me escabullí por las cocinas laterales en vez de los corredores convencionales que solía usar, decidida a alcanzarlo antes de que se percatara de que lo acechaba.
—Esperen aquí —pedí a mis guardias. Me concedieron cierta distancia antes de ocultarse detrás de un muro.
Una vez en el ala oeste con la vista al jardín y el hangar frente a mí, me acerqué a la silueta del hombre con el que mi guardia fuerte entablaba una natural plática no vista con anterioridad.
—¡Pero qué le ha sucedido a tu cabeza! —oí que la sorna hacia Damián Marven, mientras llevó su mano al renovado corte.
—Mi nuevo puesto lo exige.
—Casi podrías pasar por un caballero.
—Tú mismo lo dijiste "casi".
Una risita involuntaria emergió de mi garganta ante lo escuchado.
—Me parece que ya no estamos solos —exclamó la otra voz al tiempo que su vista cambió de Damián a mí. Descubierta y sin remedio alguno, salí del muro—. Su Alteza Ofelia, muy buenos días.
Damián giró de inmediato.
—Pero cómo es que dejas a nuestra futura y hermosa reina detrás de ti. Permítame presentarme, soy Iriden Marven. Y por lo que se ha dado cuenta, soy el hermano mayor de este mal educado. Padre estaría disgustado ahora por tus modales —ambos compartieron una sonrisa de complicidad que solo un par de hermanos comparten—. Obviamente ahora eres más valioso que yo, hermano mío.
—Me devolvería mi mano, señor Iriden.
—Por supuesto, lo siento Su Alteza —se disculpó mientras la besaba.
No cabía duda de su semejanza física, pues sus facciones, cabello oscuro y corpulencia delgada los delataban. Iriden era un tanto más bajo que Damián, al igual que el color de sus ojos eran ligeramente menos rojos.
—Bueno, permítame hacerle saber Su Alteza que puede que mi hermano no sea el hombre más cortés, educado y sonriente que conozca, pero le aseguro que estará a salvo a su lado. Él es un hombre de palabra y luchará hasta el final por usted.
Sus palabras evocaron un silencio. Nos observamos los unos a los otros cuando por fortuna, la presencia de Mikaela Farfán nos alivió.
—Ofelia, linda. Qué bueno es verte, pero por supuesto, este es tu palacio.
Me otorgó un abrazo corto. La última vez que la vislumbré fue el día del accidente. Me encontró al final de los pasillos desconsolada por la noticia, ofreciéndome un consuelo del que siempre le estaré agradecida.
—Es un placer volver a verte, Mika.
—Mi padre ha venido a reunirse con el tuyo. Le pedí si podía llevarme para visitarte. Espero no te moleste. Iriden insistió en venir también. Veo que ya conoces a mis apuestos primos.
—Algo así.
—Bueno, debes saber que además de apuestos, son fuertes y habilidosos en el arte del combate y si no me crees, que lo demuestren.
—Por supuesto, mírenos en batalla y sabrá porque su padre, el rey, lo eligió para protegerla.
—No hermano, ahora no —suplicó Damián.
—Si no es ahora entonces cuando —supo tan bien regresarle la frase que me otorgó el día anterior en la sala de entrenamiento. Damián me miró, sabiendo la malicia de mis palabras.
—Sí la princesa Tamos lo pide —respondió en un tono de resignación—. Que así sea.
Ambos se colocaron al centro de la explanada de la arena de combate, reservado para el entrenamiento de los soldados residentes en el palacio. Se despojaron de sus sacos y arremangaron la manga de sus camisas hasta los codos. Comenzaron dando pasos en círculos. Uno al otro se miraba con cierta risa nerviosa o expectación, esperando el momento justo para atacar. El primero en avanzar fue Iriden, prosiguió Damián, quien sujetó el brazo de su hermano. Éste logró deshacerse del amarre para después, conseguir ejecutar un sorprendente giro. En aquel movimiento por poco hace caer a Damián, excepto que los movimientos de su contrincante eran prácticamente imposibles de seguir, pues el hermano mayor cayó en la arena. La reacción de reincorporación de Iriden fue inmediata, pues usó las piernas para tirar a Damián.
—Vamos hermanito —incitó Iriden—. ¿Es todo lo que tienes? Yo sé que posees mucho más que esto —ambos hermanos sonrieron tras la broma interna que solo aquel par conocía.
La exhibición prosiguió y pese que Iriden demostraba más experiencia que su hermano menor, Damián era en demasía veloz como habilidoso. Esquivaba cada golpe que su hermano mayor intentaba proporcionarle, giró en espectaculares acrobacias que habría supuesto que alguien pudiera llevar a cabo.
Fue un duelo extraordinario. Semejante a ver a dioses combatir, incluso si en nuestro vocabulario aquella palabra ya no se usara desde hace casi ochocientos ciclos. Dejamos de creer en ello debido a que fue justo las diferencias como creencias nos dividieron, convirtiéndose en uno de los tantos factores que nos llevó a una devastadora guerra la era pasada.
Los hermanos Marven fueron criados en la milicia y por lo tanto, constaron de un arduo entrenamiento en el combate. Sus tácticas eran más que visibles, y aunque los golpes podían parecer dolorosos, jamás se quejaron. No del todo al menos. Mikaela y yo solo lanzábamos grititos entre cada azote emitido por los hermanos, aun si entre ellos una risa acorde con cada caída les invadía. Limpiaban el sudor que corría de su frente con disfrute. Tal como mis hermanos lo hacían. Por un instante conseguí imaginar que eran ellos a quienes vislumbraba.
—No es emocionante mirarlos —Mikaela habló.
—Lo es. Ambos son extraordinarios. Sin duda toda tu familia es talentosa —ella se sonrojó, deduciendo que también la incluía en mis palabras.
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Editado: 19.10.2026