En los ojos de la reina

Capítulo 7: Ataque

Mi vida siempre estuvo rodeada de lujos y atenciones. Un palacio entero dedicado a que nada me faltara, ni siquiera lo que no sabía que necesitaba. Desde mi balcón, el sitio que llamé hogar parecía un reino en paz; gente satisfecha, calles ordenadas, un mundo que giraba exactamente como debía. Nadie me enseñó que la paz de Victoria solo llegaba hasta donde alcanzaba mi vista. Jamás toqué nada más áspero que la seda, hasta que mis manos se aferraron a los cimientos de un puente que se destruía como mi ingenuidad.

—¡Hay alguien ahí! —exclamé tan pronto me alejé de la orilla tras ver al hombre.

Mis dos guardias, instruidos a protegerme, no dudaron en dirigirse al sitio que señalé. Me colocaron a sus espaldas en el instante que un estruendoso sonido nos perturbó. Giramos en simultáneo ante la gran parte del puente que estalló en un retumbe que me hizo llevar las manos a los costados de mi cabeza para evitar el sonido desgarrador.

—¡Corra!

Fue la primera vez que los escuché hablar. Sus siguientes palabras, sin embargo, fueron una y otra vez la misma: corra, corra, corra.

No les cuestioné la orden. Mi falda se levantó y con dificultad avancé lo más rápido que pude. Me había alejado demasiado de la entrada del puente como para llegar a unos cuantos pasos. El esfuerzo quemó mis músculos no preparados para un esfuerzo de tal magnitud, incluso con aquel mes de entrenamiento.

Los gritos de Damián y el general retumbando desde la lejanía sin perderme de vista. Estaba tan cerca de la orilla cuando una fila de bombas preparadas de manera rudimentaria cayeron en línea a lo ancho del puente con la exclusiva intención de no atravesar el camino. Las llamas se elevaron con una violencia casi poética desde el suelo del puente hasta nuestros rostros. Uno de mis guardias me cubrió como si fuera una manta sobre mi cuerpo recibiendo el golpe completo de la llamarada.

Ambos caímos tan pronto como la fuerza de la explosión nos arrastró centímetros más allá de la agresión. Aturdida y con los oídos zumbándome, levanté la mirada, y observé que era tarde. Aquel guardia que me envolvió estaba muerto: un par de restos de explosivos se habían clavado en su espalda y nuca.

Aquel hombre del cual ni siquiera me digné a preguntar su nombre había dado su vida para salvarme. No era ajena a la muerte, pero jamás en mi vida vi a alguien perderla, por lo que pasmada, me conservé a su lado en el suelo, mirándolo. No fue hasta que mi otro soldado real me sujetó de la cintura para reincorporarme que reaccioné.

—Vamos, princesa —gritó aterrado.

No lo comprendía. El puente ya debía de haber colapsado debido a las explosiones, sin embargo, no lo estaba. Al acercarnos a la orilla conseguí visualizar la razón. Una parte del puente era sostenido por Damián y otros fuertes que se encontraban colocando toda su fuerza posible en los cimientos para detener el decaimiento de la estructura. Incluso con ello, el puente continuaba inclinando de modo que la subida a aquel lugar seguro se tornó una subida ardua para mi guardia y para mí.

No supe cómo, mas la presencia del seguidor que vi debajo del puente se hizo visible. En su mano hecha puño, una daga, más similar a un hacha, se aferraba hasta convertir en blanco sus nudillos. En un grito enloquecedor, gritó; me habría apuñalado de no ser que mi guardia me lanzó un empujón que me mandó a su espalda para luchar en mi nombre.

—¡Suba ya! —escuché la feroz voz de Damián a lo lejos. La vena de su cien pulsando anunciaba que él y el resto ya no podrían sostener más los extremos del puente. Las piernas me temblaban y los pulsos de mi corazón podía sentirlos en la garganta.

Ya había perdido un escolta y no pensaba enviar a otro a su muerte.

—No —susurré, seguido de regresar con mi guardia. Tomé la daga del real que había perecido por la explosión. Respiré y apunté.

«Lo has hecho miles de veces. Puedes hacerlo»

Contemplé aquel descuidado hombre sonreír con locura sin sus pares de dientes frontales, decidido a apuñalar a mi guardia. Mi daga fue mucho más veloz, y terminó por clavarse en su pecho, cayendo al agua.

El rostro de mi real giró a mirarme por un breve instante. No pensó más en aquel seguidor, y se puso en pie para tomar mi mano y ascender por el puente. Él lo hizo primero para ofrecer su mano en el siguiente nivel. La tomé sin titubeos, mi pie se sostuvo en una varilla para ascender, sin embargo, una onda de fuego cruzado en la otra parte de los cimientos nació. Ello causó que nuestras manos se soltaran y cayera de espalda al suelo con un escozor en la pierna creciendo.

Tan pronto como el aire volvió a mis pulmones, me obligué a descartar el dolor para levantarme e ir a la varilla más cercana que conseguí ver.

—¡Por toda mi fuerza! —maldije en el instante que mi absurdo vestido se atascó entre la estructura metálica. Jalé la tela una y otra vez hasta que esta se desgarró.

El muelle estaba a punto de caer. Fui capaz de escuchar su estructura resquebrajarse cada segundo que avanzaba.

—Ya no puedo —jadeé con mis brazos temblando por el esfuerzo.

La rendición me susurraba al oído como mala consejera, al tiempo que uno a uno mis dedos comenzaron a resbalarse de la viga. Cual acto bondadoso de la vida, una mano se aferró con firmeza a mi antebrazo.

—Te tengo —espetó la voz.

Me hizo ascender hasta caer a suelo seguro y con cansancio tiré mi cuerpo completo con las respiraciones ardiendo en mis pulmones. Contemplé a mi salvador.

—Es bueno... volver a verte, Ron —jadeé en la misma sincronía que mi acompañante.

—Lo mismo digo, Ofi.

Ambos compartimos una sonrisa exhausta hasta que un rostro se acercó. La mitad de la cara de mi guardia seguidor estaba con cortes y cubierta de hollín por las explosiones.

—Perdóneme, Su Alteza —decía una y otra vez para mí—. No quería soltarla —no dejó de disculparse—. Salvó mi vida y yo... yo no pude hacer lo mismo.




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