Nunca dejes a tus enemigos lo suficientemente vivos para derrotarte. El padre que me enseñó a caminar, bailar y montar me enseñaría una lección algo distinta en esa ocasión: que el amor y el peligro pueden escabullirse bajo el mismo rostro.
—¡Qué filo tan bello posees en mano, mi pequeña! ¿Diamante puro?
—Lo es.
—Te queda bien.
Mi padre y yo nos colocamos en posición. El calmado ritmo en el que desenfunda su espada provoca que empuñe la mía con mayor presión. De pronto, nuestro alrededor se tornó serio y sepulcral. Aquello sería una pelea visual, física y mental. Como buen caballero me dejó comenzar primero.
Cada esquivo e intento de golpe tomaron una cadencia peligrosamente personal y en cierto punto… divertido. Mi objetivo principal, tal como Damián me enseñó consistió en cansarlo, mientras se me ocurría una forma de obtener la victoria.
—Eres rápida —emitió.
—O tú muy lento.
La comisura de mi padre se elevó en una sonrisa que tantas veces le vi ejercer cuando nos enfrentábamos en el tablero de su juego favorito y nuestras piezas comenzaban a moverse.
Las pocas veces que mi espada se cruzaba con la suya, mi brazo luchaba por no romperse a pesar de que tenía la certeza que mi padre usaba un cincuenta por ciento de su fuerza total. Me deslizaba de sus estocadas cada que su espada atacaba. Un resbalo me hizo caer de trasero al suelo, miré la leyenda grabada en mi espada Mente gana Fuerza. Me levanté con ímpetu y sin pensarlo, me dirigí a una cuerda que era sostenida por varios costales que durante mi rutina de entrenamiento eran mis obstáculos.
Sus pasos de combate me arrinconaron hasta tal punto que en un buen juego de espadas logró despojarme de la mía en un astuto ataque de defensa. No me daría por vencida tan pronto y por ello me lancé directo a la cuerda para en ella arriba, ofrecer una patada. Un movimiento que él ya había contemplado. Después de todo, treinta ciclos de entrenamiento no pasan desapercibidos.
—No pensabas que iba a suceder esto o sí, hija —susurró con una ligera sonrisa por evitar esa patada al esternón.
—De hecho, es justo lo que deseaba.
Regresé la sonrisa de la misma forma que mi pie libre pateó la empuñadura de mi espada en su mano. La envió arriba por el suficiente tiempo para apoderarme de ella, cortar la soga y caer al suelo en una voltereta que ensayé por demasiadas ocasiones para contarlas.
El bloque de hierro que era sostenido por el peso de la cuerda del saco de entrenamiento que corté fue directo a los pies de mi padre, cayó de inmediato de espalda. Me puse de pie para avanzar hasta él. Pudiera decir que mi respiración era agitada por aquel momento de exaltación, aunque eso no cesó la adrenalina corriendo por mis venas.
Una expresión similar al orgullo se dibujó en su rostro. Mi mano se extendió para ayudarlo a reincorporarse. Con súbito estrépito, sujetó mi brazo, lo colocó detrás de mi espalda, al tiempo que su otra mano sostuvo mi espada prensada a mi mano todavía, el frío filo abrazo la piel de mi cuello.
—Nunca dejes a tus enemigos lo suficientemente vivos para derrotarte, hija mía —murmuró a mi oído, qué más como consejo sonó como una advertencia.
La vista de ambos se dispuso a la arena: guardias, civiles, seguidores, fuertes. Todos y cada uno que miró la exhibición con los ojos puestos en su presente y futuro combatiendo.
—Podría ser cualquiera —el tono casi paranoico de mi padre me abordó—. Te destruirán si les brindas la oportunidad, Ofelia mía. No lo permitas.
Soltó su amarre, beso mi mano y se inclinó ante mí. Se marchó y no miró atrás.
♕
Me dirigí a mi sala de estudio particular una vez que la tarde llegó después de la exhibición con mi padre. Era el turno de vigilancia de Rolan, así que le pedí que cerrara la puerta de la sala para hablar en privado.
—¿Está todo bien?
Su tono fue de preocupación.
—No, no lo sé. He sentido que me ahogo con este secreto que guardo y eres él único en el pienso que no creerá que he perdido toda la razón.
—No entiendo.
—Puedo controlar personas —resonó mi voz antes de que el valor se me fuera.
—¿Disculpa? —pareció confundido.
—Bueno, sus mentes, de hecho. Y es que por alguna razón que no comprendo las personas hacen lo que les diga. Tal vez esa sea la respuesta del porqué de mi falta de fuerza, no lo sé, pero lo cierto es que lo he estado ignorando. He intentado convencerme de que es una fantasía tonta creada por mi mente, aunque también que quizá sea tiempo de comenzar a aceptarla. De que pudiera que ella me dé la ventaja que necesito para mantenerme a salvo.
—Yo... no estás bromeando ¿cierto?
—No lo hago, Ron —tragué saliva después de un prolongado silencio de su parte—. Me crees ¿verdad?
Mi rostro debió reflejar terror, porque él pensaría que mi juicio estaba en duda o peor aún, que era un monstruo por ello. Por prolongados segundos observé la neutralidad en su rostro. Ocultó todo pensamiento que pudo abordarle. Contempló los hechos hasta que finalmente, elevó la mirada y elevó la esquina de su boca.
—Ofi yo… te creo. Te creo —el alivio volvió a mi cuerpo.
—¿En serio?
—En serio —mordió su labio con algo de ansiedad. Solo un paso nos distanciaba del protocolario. Lo otorgó—. ¿Cómo es que...? —intentó preguntar con algo de escepticismo—. ¿Desde cuándo sabes lo que posees?
—Un par de ciclos.
—¡Ciclos! —sus ojos se abrieron en sorpresa. Giró en su propio eje hasta estar cara a cara—. No comprendo.
—En realidad lo he descubierto hace unos meses atrás. Me sucedieron ciertas cosas y pese que estaba renuente a creerlo —sacudí mis manos con nerviosismo. Extrañé alisar la tela de mi vestido que no portaba como mecanismo de defensa—. Tenía miedo. Aun así, uní las piezas sucedidas en mi pasado y presente, y ahora estoy dispuesta a averiguar la verdad de lo que soy.
—¿Por qué?
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Editado: 12.09.2026