Me enseñaron que la curiosidad es un atributo que las princesas no deberían permitirse. Sin embargo, nadie me explicó qué hacer con ella cuando la sientes arder. En la voz de una chica que parece ocultar una conspiración. En la vida de un niño que nadie más parece ver. En el pasado de un guardia que apenas conoces; o en una habitación que llevas meses sin abrir. Sí, la curiosidad me llevó a descubrir lo fascinante y peligroso que puede ser ese sentimiento.
—¿Se te perdió algo? —habló uno de los hombres que escoltaba la puerta de ingreso de los rebeldes.
Negué con la cabeza, seguido de retroceder ante la intimidante envergadura del seguidor.
No parecía tener sentido. Estuve segura de que esa chica supo bien quién era yo aquel día en el acantilado. Pudo haberme hecho daño de haberlo querido. A menos claro, que su plan no consistiera en ello. Regresaría con Ron para contarle mis maquinaciones cuando un grito emergió fuera del sitio. Me acerqué a la salida batiente. Un hombre seguidor sujetaba a un niño no mayor de doce ciclos, le golpeó en dos ocasiones el rostro con la mano extendida.
—¡Te atreves a robarme, maldito ladrón! —el niño sostenía una pieza de hogaza de pan que supuse que pertenecía al hombre.
—¡Alto! —sonó como una orden. En ese sitio, no obstante, yo no era nadie—. Deténgase —tomé su muñeca para detener la tercera bofetada, excepto que eso atrajo su atención hacia mí.
Me empujó hasta colisionar con el poste eléctrico de la calle en un acto nada suave. Su agresividad causó que una maniobra enviara su brazo a la espalda. El dolor de ello causó que el hombre soltara al niño para mostrarme una daga. Le solté por instinto dando pasos atrás, coloqué al niño a mi espalda.
—Niña estúpida. Estás con él ¿cierto? —me apuntó con la daga—. Te quitaré lo ladrona a ti también.
—No te atrevas a tocarla.
La presencia de Ron me dio alivio. Lo vi empujar al hombre haciéndolo caer. Al parecer el seguidor conservaba más trucos por mostrar, pues de su bolsillo una navaja pequeña destinada a Ron emergió. Fui más veloz y terminé por lanzarle la primera daga que soltó por caer y clavarla en la palma de su mano. El seguidor emitió un alarido feroz. Llamó la atención de los lugareños. Rolan dirigió una mirada al herido.
—Será mejor que te vayas de aquí, amigo y cures esa herida —la sugerencia de Ron al atacante nació en el segundo que destinó por remover la daga de la mano en un acto doloroso. El hombre asintió con temor en el rostro para salir corriendo lejos de la taberna—. Nosotros también deberíamos hacer lo mismo, Ana —pronunció con mi infiltrado nombre en su boca.
—Estoy de acuerdo —me giré en dirección al niño—. No deberías enfrentarte a alguien que no puedas ganarle.
—Eso fue sorprendente, ¿puedes enseñarme?
—Tal vez, pero ahora debes ir con tu familia.
—No tengo.
—¿Eres huérfano?
—Sí, por eso debo esconderme o me enviarán con los forasteros, y yo no quiero ser vendido.
—¿Por qué te venderían?
—No lo sé, pero todos mis amigos lo fueron. Si un día soy tan bueno como tú, me uniré al Fuego Blanco.
—¿Quiénes son el Fuego Blanco?
—Vámonos ya. La gente empezó a salir —insistió Ron, recordando que esa noche no éramos quienes la gente creía. Sin más remedio, emprendimos marcha con la duda establecida en mi cabeza.
Durante nuestro regreso no pude evitar sentirme poderosa. En Xelu las personas eran como yo en cuanto a fuerza física se trataba. De haber sido un fuerte ese hombre me hubiera destrozado el brazo o incluso matado.
—Vaya que has aprendido mucho en los entrenamientos —expresó Rolan mientras ocultaba la moto dentro del árbol.
—Gracias a Damián.
—Damián, ¿eh?
El color al rostro me cubrió.
—Tú sabes que le llamo señor Damián, estás en cada una de las sesiones en las te hago caer a ti o a Agustín.
Sonrió de manera que me hacía volver a sonrojar.
—Salvaste mi vida esta noche, Ofi.
—Y tú la mía, Ron. Estamos a mano.
—Jamás salvaría tu vida para estar a mano.
—Ni yo.
Con él, los silencios siempre ocultaban algo que no nos atrevíamos a contar y esa ocasión no fue la excepción.
—Sabes algo de los forasteros —cambié el tema con esperanza de que mis aleteos en el estómago se sosegaran.
Comenzó a caminar, lo seguí por el pequeño tramo que nos llevaría a la alcantarilla.
—No mucho, son huérfanos que no tienen un registro de pertenencia en la nación.
—¿Y a dónde son llevados?
—Son concentrados en el gobierno de Lorde para que no formen parte de los desertores. Se supone que deben buscarles una casa de algún fuerte en donde puedan servir e instalarse dentro de la sociedad.
—Eso no suena tan mal ¿Por qué un niño tendría miedo de ello?
—Ofi, ni siquiera tenías idea de la existencia de aquel término, ¿por qué piensas que el resto de la población lo sabe?
—Tú lo haces —espeté en defensa de mi ignorancia.
—He viajado mucho ¿lo recuerdas? te sorprendería lo que he visto en Victoria —su confesión me causó un nudo en la garganta.
—Y... ¿Qué sabes del Fuego Blanco?
—¿Quién?
De eso no sabía nada.
—Nadie, olvídalo —el hedor de la alcantarilla nos anunciaba que era momento de darle fin a nuestra aventura, así como los secretos por igual.
Debimos esperar hasta las cinco, la hora del cambio de guardia, para adentrarnos al palacio. Nos despedimos entre susurros, y Ron desapareció rumbo a los barracones para bañarse antes de que alguien notara el hedor que ambos cargábamos. Yo me refugié en los pasadizos que conocía de memoria desde niña, hasta llegar a la alcoba de mi madre.
Aproveché el baño que nadie había tocado desde su muerte para lavar de mi piel el hedor de la alcantarilla, y al salir, envuelta en una toalla, no pude evitar abrir su armario. Sus vestidos seguían ahí, guardados con el mismo cuidado de siempre, como si ella fuera a regresar por ellos en cualquier momento. Tomé uno de sus camisones, el más sencillo, y me lo puse. Olía todavía, débilmente, a ella. Me senté en el borde de su cama y esperé el amanecer envuelta en esa añoranza, deseando que el olor a jabón y tela vieja pudiera confundirse con el recuerdo de sus brazos.
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Editado: 12.09.2026