La venganza y la verdad no siempre llegan como uno lo planea. A veces son obstinadas e inciertas y otras más, certeras y disfrazadas en cortesía. A lo largo del tiempo, aprendí a sonreír sin sentirlo mucho antes que a bailar sin tropezar. En esa ocasión, ambas habilidades me servirían para obtener las dos con la llegada del 775 aniversario del nacimiento del reinado de los fuertes.
El palacio se envolvió dentro de un vaivén de guardias, sirvientes y cocineros invadían cada recoveco de la propiedad. En lo que respectaba a mí, me encontré segura de lo que haría —o intentaría— aquel día: averiguar cualquier posible involucrado en aquel fatídico ataque que llevó a la muerte a mi familia.
—Dime la verdad, Ana ¿No crees que es demasiado? ¿No me veo ridícula? —mi doncella negó con la cabeza mientras me contemplaba por el espejo.
Un complicado y recogido moño trenzado con un par de rizos sueltos, acompañaba la tiara de rubíes que elegí colocar en mi cabeza. Acorde a ello mi ceñido y satinado vestido color carmín me cubría. Miré lo descubierto de los hombros y las mangas acampanadas de mi atuendo por un segundo más en busca de satisfacción. No la encontré.
—Por supuesto que no, princesa. Luce preciosa —aseguró con voz temblorosa. Ella no solía hablar a menos que yo le cuestionara alguna cosa. Con aquel ataque donde pasé una semana postrada bajo sus cuidados nuestra cercanía había crecido exponencialmente.
—Cuántos ciclos tienes, Ana —la miré por el espejo—. ¿Dieciocho?
—Sí —dijo con inmediatez, aunque la duda le invadió su rostro—. Bueno, diecinueve —sonreí con levedad, descendiente del pedestal para mirarla de frente.
—¿Es acaso que has olvidado tu día de festejo?
—No, Su Alteza. Es solo que los cumpliré muy pronto —su vista se mantuvo en el suelo. Aquel par de ojos castaños muy bellos que combinaban en perfección con su cabello que debido a los protocolos de los trabajadores en el palacio, lo conservaba amarrado.
—¿Muy pronto? ¿Es mañana acaso? —el sarcasmo floreció en mi voz solo para terminar de notar que ella se había sonrojado—. Oh, Ana ¿es mañana? pero que descortés he sido contigo creí...
—No, no princesa. Usted no debía porque saberlo.
—¡Por supuesto que debería! —me reprendí por ni siquiera dignarme a averiguar cosas sobre ella durante estos cuatro ciclos de servicio.
«¿Cómo es que pretendes conocer a tu pueblo cuando las personas más cercanas como Francio o Ana, no les dedicas el suficiente tiempo para saber cosas tan simples como esas, Ofelia?», el castigo en mi mente nació.
—Deberías pasar el día con tu familia.
—No puedo.
—Sí puedes. Yo estaré perfecta sin ti.
—No, en realidad no puedo. Solo se me permite dos días de descanso al ciclo y esos ya sucedieron. Además, no tengo remplazo.
—¿Y tus hermanos?
—Que hay con ellos, princesa.
—¿Cómo son sus vidas? me gustaría saber que sucede fuera de estas paredes. Ayúdame a cambiar las cosas ¿puedes?
Parecía desconcertada por mi repentino interés. Bueno, supuse que ya éramos dos.
—Pues no hay nada particular en mi familia, princesa. Le comenté que yo era la tercera de cinco hermanos. La mayor huyó de casa, así que la suplí en este trabajo. Miguel el que le sigue, trabaja en los sembradíos entre Pixon y Los Balcones de Lorde con papá, al igual que Rita y Mateo supongo, aunque el más pequeño es muy listo, Su Alteza. Él escribe las cartas que leo cada mes, pese a que tenga trece. Quizás él pueda, no lo sé, ser aprendiz de algún fuerte y sea algo más que el resto de nosotros.
Fui testigo de cómo sus ojos se iluminaron en cuanto habló de cada uno de ellos. Por un instante me recordó a mí cuando solía hablar de los míos.
«Esto no debería ser así», me aferré internamente a ello.
—Te prometo que verás a tu familia Ana, pero por lo pronto, déjame darte un obsequio —me dirigí hacia la comoda donde tomé un pequeño prendedor con forma de flores multicolores. Ella lo rechazó tantas veces como lo ofrecí hasta que hice presente mi poder de cuna—. ¿Le dirás que no a tu princesa?
Ana cedió ante mi mando, lanzándome una pequeña sonrisa.
Para cuando volví a mirarme al espejo satisfecha de haber hecho un bien, escuché la voz de Damián después del toque de la puerta. Su boca se abrió para espetar palabras solo que ninguna emergió. Su vista se conservó en observarme de pies a cabeza.
—¿Sucede algo? —me dirigí a Damián, tras creer que los elogios que Ana me concedió fueron meramente cortesía.
—S-su M-majestad —comenzó a tartamudear y sonreí—. Él le espera en las escaleras principales. En cuanto a los guardias de ambos, permanecerán cerca de ambos, pero no lo suficiente para ser una molestia. Estarán aposados en cada puerta del palacio para su comodidad y resguardo —se aceleró a decir. Como guardia bien entrenado, enfocó su mirada a algo que no fuera yo.
—Entiendo y ya estoy lista, señor Damián.
—Excelente, sus reales no están muy lejos por si necesitara ayuda para salir de su habitación —se mofó apuntando a mi vestido. No esperó una respuesta de mi parte, pues seguido de su comentario, ofreció media vuelta y se alejó de mi alcoba.
Para ser sincera, yo también dudé en salir de la puerta sin ayuda. Al llegar con mi padre y abuela, mis preocupaciones aumentaron una vez que somos anunciados y este me proclama como la heredera al trono. La gente en el salón enmudeció, contemplándonos. Aquel fue el primer evento público desde aquel fatídico día.
Avanzamos hasta colocarnos en la zona de tronos para que mi padre ofreciera algunas palabras inspiradoras antes de dar inicio al festejo. Dentro de él, me pregunté qué sucedía con el resto que no era un fuerte ¿Acaso ellos lo festejan o lo maldecían? Probablemente lo segundo, me respondí, considerando que con el paso del tiempo los olvidamos.
Las reverencias y halagos no pudieron faltar durante la celebración. Mis sonrisas cortesanas se extendieron hasta dolerme las mejillas por la ejecución, incluso si nadie en este sitio las sentía.
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Editado: 19.10.2026